La apariencia de las cosas
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“No estamos solos ¿verdad? Ella no quiere hacerte daño. Sigue aquí por un motivo. Está aquí por ti. Quiere que lo sepas. Déjanos hacer una sesión. Con o sin George. Y averiguaremos algo más sobre tu inquilina…”. Cuidado en quien confías. No pases por alto las señales y ten en cuenta ‘La apariencia de las cosas’.

“Estoy empezando a ver cosas… y me da miedo decírselo a George” (Catherine)

Crítica de La apariencia de las cosas

En ciertas ocasiones se ha discutido si realmente el catálogo de estrenos de Netflix, a nivel largometrajes, puede o no competir en calidad con el cine tal y como lo conocíamos. Cierto es que muchas de sus producciones han sido lanzadas casi en paralelo a salas y directas al streaming. Igualmente, la propia Netflix ha adquirido films para su catálogo procedentes de productoras que no veían nada claro, por unos u otros motivos, recuperar la inversión lanzado a cines dichos films. Así pues, por mucho que demos una opinión formada acerca de todo esto, el debate seguirá estando ahí. Mientras tanto, Neflix (y las demás plataformas) convivirán en más o menos armonía con las grandes salas.

Todo lo anterior viene a cuenta de la cinta que hoy nos ocupa. Un film que, en gran parte, da la razón a los detractores de Netflix. Lo que ocurre con ‘La apariencia de las cosas’ es que casi es un telefilm de sobremesa… por mucho que nos lo quieren vender como algo más. Estamos ante una producción fallida, rematada de forma altamente superficial y hasta incompleta, si se quiere decir, teniendo en cuenta sus 121 minutos de duración.

Estamos ante un film que acaba por caer en la mayor de las rutinas. Por si fuera poco, lo hace con ínfulas y con un aire aleccionador recalcitrante muy en la línea reivindicativo-femenina y barata de nuestros días. Todo esto que vemos aquí se podía y debía haber contado mejor. De traca es lo que hacen con la protagonista. Una chica que, de tan buena que es, acaba por parecer otra cosa… Además, el film ni siquiera se molesta en tapar que el malo lo es en todo su esplendor y con una pátina de gilipollismo extremo.

‘La apariencia de las cosas’ viene firmada por Shari Springer Berman y Robert Pulcini, matrimonio en la vida real desde 1994. El film se basa en la novela de Elizabeth Brundage editada con el mismo título para España por Duomo Editorial. De trasladar el libro al formato de guion de cine se encargaron los propios directores. Con este film afrontaban, seguramente, el mayor reto de su carrera a nivel de medios. Sin embargo, el resultado ha sido continuista con el resto de su filmografía. Así pues, entregan un producto rutinario para ver una vez y ya.

Hay en la película, sobre todo en la fotografía de Larry Smith, ciertos ecos aEl resplandor (Stanley Kubrick, 1980). Especialmente por aquello de la casa y su influencia sobre el padre de familia, y las vistas áreas del camino al nuevo hogar. También podemos apreciar “influencias” dePerros de paja (Sam Peckinpah, 1971). En esta ocasión dando la vuelta a aquella y presentando a la mujer como la víctima y no como la que prende la mecha. También está el entorno rural y los jóvenes, más que menos despreocupados, que atacan el devenir del hogar familiar. Incluso Larry Smith parece querer imitar con sus fotos a los años setenta y ochenta con ecos visuales al universo ‘The Conjuring’. Ahora bien, todo esto muy de pasada.

En el casting sobresale una muy sufridora Amanda Seyfried ya con la mochila cargada de piedras desde el minuto uno. Seyfried da vida a Catherine Clarie, una licenciada en arte y restauradora. Clarie deja su mundo atrás para irse a un caserón que se cae a pedazos en mitad de la nada. Y todo para que su marido de clases en una prestigiosa institución. Seyfried es, sin duda, la más conocida y la que se echa la película encima. El resto pululan de mejor o peor forma a su alrededor.

De todos ellos el que más minutos tiene es James Norton como George Claire, el personaje cuyas acciones digamos que mueven el film. El problema como James no es su interpretación, plegada a George pero carente de ningún tipo de fuerza, sino que lo pintan muy a brocha gorda. Tanto que uno, cuando todo va cayendo a su alrededor, casi que quiere echarse a reír por cómo es posible que durara tanto actuando así. Y mejor no decir nada más, so pena de graves destripes.

En el apartado secundario hallaremos a la mítica Karen Allen y al no menos mítico F. Murray Abraham. La primera da vida a la encargada de la inmobiliaria que vende la casa a los Claire. Puntualmente tiene un par de apariciones más a lo largo del metraje: una de ellas durante una fiesta que resultará clave. Por su parte, Murray Abraham es Floyd DeBeers, un decano aficionado al espiritismo que acoge de forma paternal a George. Buenos minutos para traer de vuelta a un actor secundario mítico de los ochenta y noventa.

También destaca Natalia Dyer como Willis, una especie de Lolita del condado con la que uno ya sabe por dónde va a tirar el asunto: elemento de colisión matrimonial. Personalmente encaja muy poco… y más aún si tu esposa es ¡Amanda Seyfried! Pero en el film nos la intentan colar y debemos tragar con ella. Inclusive, Natalia parece darse cuenta de lo imposible de su interpretación. Finalmente, los chicos que Catherine contrata para labores de jardinería y cuidado puntual de su hija, interpretada por Anna Sophia Heger en su debut cinematográfico, son más de lo mismo que Natalia: elementos de distracción con un fin.

Si acaso, mencionar por último a la entrometida que todo telefilm debe tener para ir desencadenando los actos y las fricciones en un matrimonio que se hunde. Ese rol va a parar a Rhea Sheehorn (Justine). Decir que su odioso personaje es clave sería poco. Al igual que Norton/George tiene un cliché entre manos y lo lleva al extremo.

“Creo que he encontrado la casa perfecta” (George)

En resumidas cuentas.
Finalizo esta crítica de La apariencia de las cosas, poco más que un telefilm con unas pretensiones exageradas. Se tocan muchos palos y no se decide por ninguno, dejando todo a medias. Algunos sustos para contentar y cubrir el cupo pero mucha duración para lo que nos acaba por contar. Tendrá su “virilidad” con fecha de caducidad fijada en cinco-siete días y luego al olvido.

Tráiler de La apariencia de las cosas