Los puentes de Madison
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“Hay un placer en los bosques sin senderos y un éxtasis en la costa solitaria. Hay compañía, allí donde nadie se hace presente, al lado del mar profundo, y música en su rugido. No amo menos al hombre, sino más a la Naturaleza, a partir de nuestros encuentros, a los que asisto sigiloso, a partir de todo lo que he visto antes, para fundirme con el universo y sentir lo que nunca puedo expresar aunque me sea imposible ocultar” (Poema de Lord Byron). Hoy cruzamos ‘Los puentes de Madison’.

“Sólo lo diré una vez. No lo había dicho nunca, pero esta clase de certeza sólo se da una vez en la vida” (Robert Kincaid)

Crítica de Los puentes de Madison

Son pocas las veces que, dentro del género del romance, hallamos historias tan grandes como la propia vida. Historias en donde personas reales y tangibles se enamoran a pesar de las circunstancias. Gente adulta debatiéndose entre lo que sienten y lo que deben hacer, a menudo en clara confrontación. Ese tipo de cine “nació” con ‘Memorias de África’ (Sidney Pollack, 1985), protagonizada por Meryl Streep y Robert Redford. En ella podemos encontrar las raíces que luego darían lugar a ‘Los puentes de Madison’.

‘Los puentes de Madison’ debía de ser el reencuentro de Redford en calidad de actor y director con Streep. Pero el intérprete dejó pasar el proyecto. Así fue cómo llegó al despacho de Clint Eastwood en las oficinas de su productora, Malpaso. Se lo remitió el mismísimo Steven Spielberg, quien bajo su sello (la extinta- Amblin) y contando con Kathleen Kennedy como productora (bajo el amparo de la Warner Bros) lograron llevar el film a la gran pantalla. La película se estrenaría en cines USA un 2 de junio de 1995. Sus números se quedaron lejos de ‘Memorias’, pero fueron notables teniendo en cuenta el estilo práctico de rodaje que Eastwood lleva a cabo en sus films: menos de 25 millones de inversión y cuarenta días de rodaje para 182 millones de recaudación.

Lo cierto y tangible es que ‘Los puentes de Madison’ es una película tan grande como la vida misma. Un film que se queda grabado en la memoria del espectador y una película que logra trasmitir toda una serie de sentimientos que traspasan de lleno la pantalla sin importar religión, nacionalidad o estrato social. ‘Los puentes de Madison’ se beneficia, en todo momento, de un autor tan personal, práctico e inteligente como Clint Eastwood. El maestro entrega una auténtica clase de cine en 135 minutos.

No tuve el placer de asistir con la suficiente madurez al estreno hace ya veinticinco años, pero el tremebundo zasca que tuvo que suponer a los críticos anti-Clint debió ser histórico. Y eso que el propio Eastwood ya había avisado que sabía plasmar verazmente las relaciones entre sexos. Como prueba de esto basta con recordar su debut tras las cámaras con ‘Escalofrío en la noche’ (1971) o en ‘Primavera en otoño’ (1973), su primer film como director que no lo tuvo como protagonista. Nadie puede decir que ‘Los puentes de Madison’ perdió con la entrada de Eastwood delante y detrás de las cámaras. Más bien, y pese a quien le pese, ganó y mucho gracias a Clint. El actor y director sentó las bases de su talento y su ojo para las historias humanas.

Eastwood también abrió aquí la puerta a las obras maestras que vendrían posteriormente. Obras rebosantes de una humanidad y amor que pocos autores siquiera podrían soñar con rozar con los dedos. Me refiero a ejemplos tales como la gigantescaMillion Dollar Baby (2004), o el poderoso drama en torno al amor incondicional de una madre ante todas las adversidades posibles en la siempre reivindicable El intercambio (2008).

La historia de este film parte de la novela homónima de Robert James Waller, cuyos derechos fueron comprados para ser llevada al cine por la ínfima cantidad de 25000 dólares antes de que saliera a la venta en 1991. La novela de Waller fue adapta al medio cinematográfico por Richard LaGravenese. Su trabajo fue sacar de la novela lo esencial para que no perdiera su innegable poder. Al mismo tiempo también debía conseguir que fuera apta para el medio audiovisual.

Como parte de la metodología de Eastwood como director, y con total seguridad para ayudar a su interpretación y la química entre él y Streep, la película se rodó en continuidad, algo que no sucede habitualmente. El trabajo en la dirección de Eastwood es irreprochable. Su manera de plasmar la personalidad encerrada de Francesca y sus ansias de volar por un momento de esa especie de prisión impuesta en Iowa son brillantes. Esto prácticamente se resume en el plano de ella cuando acude su familia a la mesa por primera vez y, con un giro de cuello hacia la ventana y la mano en la barbilla, Francesca abandona por unos segundos su cuerpo soñando con escapar de la rutina.

Por cuestiones de pura duración, la cual ya se va más allá de las dos horas, se hace evidente que las vidas adultas de los hijos de Francesca (interpretados por Annie Corley y Victor Slezak) quedan reducidas a diálogos puntuales entre ellos. Diálogos que dejan patente que no pasan por sus mejores momentos en pareja. Esto choca con el juicio a su madre por los hechos que descubren en su testamento. También por la negación sin conocimiento a proceder con su última voluntad.

Lo que cuenta realmente en la cinta es la historia de dos corazones que terminan por ser uno. Así lo describe magníficamente Robert en un diálogo del film, desesperado por no lograr llegar plenamente a convencer a Francesca en su totalidad por la historia que están viviendo. De vivir en cuatro días toda una vida. Una vida que se hace más poderosa por la ilusión que despierta en ambos. Una fuerza que, seguramente, quede vigente por siempre más como un recuerdo que como una historia conjunta por el resto de sus días, por lo menos físicamente unidos.

En las interpretaciones destaca sobremanera la descripción del personaje de ciudadano del mundo que hace Clint Eastwood a través de Robert Kincaid. Su interpretación está repleta de matices sólo al alcance de un actor que conoce la profesión al dedillo. Ojo también al espacio que Eastwood deja, llegado el momento, para que sea Meryl Streep quien se luzca. Clint se enfrenta a ella a base de sentimiento. Así derriba de lleno su ganada fama de tipo duro y mostrando una vulnerabilidad que, literalmente, pasa a los anales de la historia del cine en el inenarrable plano de Robert bajo la lluvia. Posteriormente, en sus movimientos a la hora de colgar la cruz en el retrovisor de su camioneta, nos muestra un detalle ciertamente insuperable, simple, pero lleno de fuerza que resume a la perfección su persona.

“No quiero necesitarte… porque no puedo tenerte” (Robert Kincaid)

En resumidas cuentas.
Termino esta crítica de Los puentes de Madison, pocos largometrajes hacen gala de una veracidad tan latente dentro del género dramático-romántico como este. Estamos ante un film indeleble. El paso del tiempo nunca hará mella en ella, su historia y fuerza es universal. Estamos ante una película capaz de derribar los muros de los corazones más duros. Sin duda una película ganadora.

Tráiler de Los puentes de Madison