El diablo a todas horas
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“Lo más seguro es que la mayoría de la gente no sepa ubicar en el mapa Knockemstiff (Ohio) ni Coal Creek (Virginia Occidental). Pero os garantizo que, pese a todo, ahí están. El cómo podían estar conectadas tantas personas de esos dos míseros puntos del mapa es algo crucial en nuestra historia. Algunos lo achacarán a la suerte. Otros jurarán que fue la voluntad de Dios. Pero a tenor de cómo acabó todo, yo diría que fue un poco de las dos cosas”. Netflix presenta ‘El diablo a todas horas’, una película de Antonio Campos.

“¿Te acuerdas de lo que te dije de los chavales que te pusieron el ojo morado? A esto es a lo que me refiero: tienes que elegir el momento. Esto está lleno de hijos de la grandísima puta” (Willard Russell)

Crítica de El diablo a todas horas

Netflix sigue entregando films con toda la calidad para pasar por cines tanto delante como detrás de las cámaras. Con ‘El diablo a todas horas’ se adentra en un tipo de películas claramente deudoras de la situación mundial actual. Me refiero a una sociedad cada vez más deshumanizada en donde los valores humanos básicos se van diluyendo ante el triunfo del individuo a toda costa. Ahora lo que predomina es el valor único del “yo primero”. Y si es pisando, robando o matando a los demás, así se hará.

Curiosamente, aunque la película toque temas de actualidad, con los que nos podemos cruzar diariamente con solo poner el telediario, no está ambientada hoy en día. ‘El diablo a todas’ transcurre en los años cincuenta. El lugar es una pequeña franja rural profunda de EEUU en donde parece que han ido a parar una ingente cantidad de miserables, depravados sexuales y/o viles asesinos que terminan encontrando “carnaza” en una serie de mujeres desprevenidas. En pantalla tenemos una película y una historia nada amables. Una cinta cuya primera hora literalmente apuesta por destrozar emocionalmente al espectador con todo tipo de sucesos horrorosos. Eventos en donde no existe ni justicia, ni paz para los buenos… y los malvados pueden andar por la tierra con total impunidad.

Estamos ante una apuesta en gran parte arriesgada, adulta y desagradable. El argumento viene desde una novela obra de Donald Ray Pollock, adaptado para la pantalla por Antonio Campos (también director) y Paulo Campos. Antonio Campos es un realizador neoyorquino de ascendencia italiana y brasileña. Gracias a este largometraje ha llevado su nombre a la primera plana después de trabajar como director recurrente en la serie ‘The Sinner’ y en un capítulo de ‘The Punisher’ (2017).

La dirección de Campos es incuestionable pese a ser tan sólo su primer film importante. Su trabajo sólo puede ser calificado de notable, logrando siempre que sobrevuele un tremebundo y sobrecogedor ambiente malsano. Una insana atmósfera en donde el espectador comienza a revolverse en su sillón viendo la ingente cantidad de “hijos de la grandísima puta” que van apareciendo por el film. Decir que la frase está directamente extraída de un personaje clave del relato. Una frase que también otro personaje acabará por citar viendo cómo, a pesar del paso del tiempo, sigue aumentando la vileza a su alrededor.

La fotografía es obra de Lol Crawley viniéndole como anillo al dedo a la película. Ojo al aspecto de celuloide, con grano incluido, que le da al conjunto un aspecto de film de los años setenta. A pesar de ser algunas décadas posteriores a los hechos, uno parece estar viendo una película de hace cincuenta años que podría estar relatando sucesos auténticos. Asistimos pues a algo parecido a lo visto en otra producción magistral de NetflixEmboscada final (John Lee Hancock, 2019).

El elenco sin duda fue uno de los puntos fuertes cuando se anunció la llegada de este film. Ahora bien, conviene aclarar que algunos actores y actrices casi aparecen como un cameo alargado. Sin embargo, otros cargan con el peso de la película a pesar de que tardan casi una hora en hacer acto de aparición. Así las cosas, el protagonista principal es un excelente Tom Holland. Poco me puedo equivocar afirmando que este es el mejor papel en su filmografía. Su personaje es un joven que debe endurecerse a la fuerza con la inhumana ración de acontecimientos que le van cayendo encima… Su personaje (Arvin Russell) tarda más de tres cuartos de hora en dar la cara. Eso sí, el resto del metraje todo va sucediendo con él sobrevolando al resto personajes que, o bien ya fueron presentados antes, o harán acto de aparición en breve.

Uno de los miserables a los que Arvin deberá hacer frente es el predicador Teagardin interpretado por Robert Pattinson. El nuevo Batman recrea, en varias secuencias memorables, a un tipo que se le ve venir de lejos. Presten atención a cuando se apodera de un plato de higadillos o a su impresionante cara a cara con Arvin en la iglesia tirando abajo toda su mascarada.

Otro actor que merece ser alabado es un casi irreconocible Sebastian Stan (Sheriff Bodecker). Este “agente de la ley” carga con su chapa corrupta y con Sandy, una hermana totalmente perdida en la vida a la que interpreta Riley Keough. Junto a Sandy está la sabandija de su marido, Carl, al que encarna Jason Clarke. Ambos son sendos intentos de Bonnie & Clyde que pasan por ser de lo más repudiable del film… aunque, a decir verdad, tienen una durísima competencia.

En el apartado de cameos alargados se lleva la palma una casi fugaz Mia Wasikowska (Helen), Haley Bennett (Charlotte) o un totalmente ido Harry Melling (Roy Lafferty). Muy buenos minutos, aunque se hubiese agradecido fueran más, para el siempre notable Bill Skarsgard (Willard Russell) quien se merecía más metraje por ser de los pocos personajes que tenían algo que enseñar y ciertos valores. A pesar de cómo se va ennegreciendo su alma por los terribles sucesos y el ambiente podrido que le rodea.

Vale la pena traer a colación uno de los diálogos más recordados deSeven (David Fincher, 1995). Una frase que, a su vez, era una cita de Hemingway: “El mundo es buen lugar por el que merece la pena luchar… Sólo estoy de acuerdo con lo segundo”. Esto viene al dedillo para entender la única manera que existe para sobrevivir en el “mundo” que se nos muestra en ‘El diablo a todas horas’.

“Hay personas que solo han nacido para que las entierren” (Bodecker)

En resumidas cuentas.
Termino esta crítica de El diablo a todas horas, un film que recupera un tipo de cine que cada vez abunda menos. Tremendo en todos los terrenos que pisa: drama rural, thriller de carreteras secundarias y agobiante horror criminal. Todo con una galería de personajes haciendo méritos para ser nombrados ganadores a la mayor recreación de la bajeza del ser humano.

Tráiler de El diablo a todas horas