El ojo de la aguja
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La persona que recibe el nombre en clave de “La Aguja” se llama en realidad Heinrich Faber. Nació en 1900. Habla inglés correctamente porque su padre fue trasladado a Washington como agregado cultural alemán. En los años veinte, siendo cadete en la Escuela militar de Metz, trabó amistad con Wilhelm Canaris. En 1931, Hitler visitó la propiedad de su familia y le conoció. Dos años después, en 1933, Hitler subió al poder y “La Aguja” fue nombrado capitán y enviado a Berlín para una misión desconocida. En el año 1938, “La Aguja” desapareció… Hoy toca descubrir quién es ‘El ojo de la aguja’.

“Ese hombre no puede llegar a Berlín. Captúrenlo o mátenlo” (Superior)

Crítica de El ojo de la aguja

En 1981 Donald Sutherland se lanzó a protagonizar una de sus películas más recordadas como cabeza de cartel. Me refiero a este thriller de espionaje y suspense titulado como ‘El ojo de la aguja’. La película es una adaptación de la novela de Ken Follett publicada en 1978 y que rápidamente se convirtió en todo un best-seller.

Sutherland encarna a un mítico espía con nombre en clave “La Aguja”. Hablamos de un espía nazi infiltrado en territorio enemigo que surtía de información al ejército alemán durante la segunda guerra mundial. El film va siguiendo sus pasos durante cerca de cuatro años. En ese tiempo vamos viendo sus métodos de infiltración y asesinato en pos de su misión. El punto clave del relato es cuando “La Aguja” o Faber (como es acreditado en el film) llega hasta una isla alejada conocida como La isla de las tormentas. En ese punto su historia acaba por unirse a la de un matrimonio en clara caída libre entre una esposa insatisfecha y su marido, un huraño, inválido y amargado expiloto de aviación.

En su actuación, Sutherland logra momentos auténticamente espeluznantes a base de planos de su rostro o de leves gestos medidos maestramente. Ojo a la escena del tren en donde le veremos de espaldas a un antiguo amigo reclutado para atraparle por ser el único que puede reconocerle. También atención a la memorable secuencia cara a cara con Lucy en la noche. Sin olvidar el espeluznante instante en el que aparece herido en una mano junto al hijo de esta ya en el clímax. Todos esos momentos son de un tremendo impacto gracias a la impresionante labor de Sutherland.

Richard Marquand (1937-1987) fue el hombre detrás de las cámaras. El director firmaría aquí el largometraje por el que sería contratado nada más y nada menos que por George Lucas para que se pusiera tras las cámaras de El retorno del Jedi (1983). Sin duda que ambos films son un importante legado cinematográfico de un realizador que no alcanzaría a tener una carrera prolífica. Esto último fue debido a un derrame cerebral que sesgaría su vida con apenas cuarenta años.

No menos memorable es la iluminación y fotografía de Alan Hume y la música obra de Miklós Rózsa. Quizá se abuse de esta última para recalcar los momentos dramáticos y de estallido de suspense. No obstante, lo cierto es que la partitura capta perfectamente el tono a un nivel que va claramente a la par que la sensacional ambientación que nos sumerge de lleno en la década de los años cuarenta.

Por su parte, Stanley Mann fue el guionista encargado de trasladar lo narrado en el libro de Follett al material cinematográfico. En su libreto se nota que la historia de fondo del matrimonio está recortada en favor de una duración por debajo de las dos horas. Amén de centrarse mayoritariamente en la labor tras las líneas enemigas de Faber/La Aguja, un tipo realmente escurridizo y serpentiniano.

Como ya expuse antes, el auténtico “jefe de patio” del reparto es Donald Sutherland. El mítico actor carga prácticamente con todo el peso del relato. Tan es así que incluso cuando su personaje no aparece directamente en pantalla sí que lo hace indirectamente, ya que es él quien mueve al resto. Todas las peripecias que va viviendo y cómo nos son mostradas recuerdan ciertamente al personaje manipulador con un falso encanto para con los extraños que encarnaría Robert Mitchum en la monumentalLa noche del cazador (Charles Laughton, 1955). Ojo a las habilidades de “La Aguja” para engatusar y al uso del punzón (aguja) que lleva en su bolsillo para cuando se siente acorralado.

Detrás de la aguja anda Godliman, un agente de policía británico que debe de darle caza antes de que salga de las islas con una información vital sobre la operación Overlord (Día D) y el ataque de las fuerzas alidadas. A Godliman le da vida Ian Bannen, un más que interesante actor escocés con destacados films a sus espaldas. Otros nombres importantes que van entrando en el relato son David Hayman (Canter), Philip Martin Brown (Billy), Stephen MacKenna (teniente británico) o un fugaz Bill Nighy.

Quedan para el final los importantes roles del matrimonio en la parte que transcurre en la Isla. Un matrimonio formado por Kate Nelligan (Lucy) y Christopher Cazenove (David) con su pequeño hijo de cuatro años, Jo, interpretado por Jonathan Nicholas Haley.

De todos los citados en el párrafo anterior quien tiene mayores escenas de lucimiento es Nelligan. Llegado el momento ella asume totalmente el co-protagonismo abriendo una película aparte dentro de la que se centraba en la misión de Faber/Aguja. La llegada de este a su vida abre un horizonte melodramático que, si bien a todas luces es el desenlace lógico al encuentro de ambos personajes, sí que puede chocar por como el implacable espía acaba por bajar la guardia en su cometido. Nelligan entrega un personaje altamente complejo que va pasando por todos los estados de ánimo imaginables. Quedan como momentos para el recuerdo el instante en que Lucy descubre a Faber en una mentira al bajar las escaleras, o intentando ella misma usar la radio del faro.

En resumidas cuentas.
Termino esta crítica de El ojo de la aguja, un más que recomendable film de espías auténticos. Una cinta con un espíritu añejo, una buena historia, personajes enfrentados a importantes dilemas y, sobre todo, una hipnótica labor a cargo de un actor gigantesco como Donald Sutherland infiltrado en territorio enemigo.

Tráiler de El ojo de la aguja