La gran mentira
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El director Bill Condon recurre al escritor Nicholas Searle para juntar, por primera vez en cines, a dos grandes. Me refiero a Ian McKellen y Helen Mirren. Entre ambos se establecerá una relación de futuro incierto que terminará por destapar… ‘La gran mentira’.

“Lo que más desprecio en esta vida son las mentiras” (Roy Courtnay)

Crítica de La gran mentira

Después de su éxito con el live-action de La bella y la bestia (2017), el director neoyorquino Bill Condon regresa a la dirección con ‘La gran mentira’. En esta ocasión se basa en la novela ‘The Good Liar’, adaptada al guión por Jeffrey Hatcher. Dos datos son importantes y a tener en cuenta. Por una parte, Hatcher repite colaboración con Condon tras Mr. Holmes (2015). Y, por otra, ‘The Good Liar’ fue la novela que supuso el debut tras los lápices del inglés Nicholas Searle. En el caso de Searle hablamos de un ex funcionario del servicio de inteligencia británico reciclado a escritor. Hasta ahora lleva publicadas tres novelas contando la ya citada ‘The Good Liar’.

Lógicamente, al pasar del medio escrito al cinematográfico hay cambios. Los dos más importantes respecto a la novela, según el propio Condon, son los siguientes: “Dar a Betty el mismo peso que a Roy. El film comienza y termina con esta relación que se desarrolla entre los dos”. “No contar cosas que han sucedido antes y dejar que sea el público el que las vaya descubriendo al mismo tiempo que los personajes”. Estos cambios, lejos de molestar a Searle ¡le entusiasmaron!: “Me encantó el guión. Es diferente, pero está muy cerca del espíritu del libro. Estoy absolutamente de acuerdo con los cambios”.

Respecto a la trama hay que destacar que todo empieza como la típica película de farsantes simpáticos. En este caso se nos presenta a un anciano, Roy Courtnay, metido en chanchullos financieros y que es capaz de estafar a cualquier con la ayuda de Vincent, su socio y amigo. Al mismo tiempo va conquistando a un inocente anciana, Betty, a la que ha engatusado por las webs de citas. Este es el planteamiento inicial. Sin embargo, y poco a poco, vamos descubriendo que detrás de la imagen divertida y encantadora de Courtnay hay algo más. En este sentido, el film nos va abriendo los ojos hacia su verdadera personalidad con escenas trascendentes y con algunos flashbacks al pasado.

Me acabo de referir a las estafas de Roy y a su conquista de Betty. Precisamente, esta madura relación es el verdadero motor de la historia. A lo largo del metraje vemos cómo va evolucionando la relación de manera bastante natural y sin forzar las cosas. También vemos cómo el facineroso de Roy despliega todas sus tretas para engañar y conquistar a la amable Betty. La verdad que todo este romance, con sus correspondientes interpretaciones, está notablemente expuesto.

Retomando los flashbacks, tengo que decir que los veo como lo más artificial de todo. Y los veo así no porque no estén bien filmados ¡al contrario! Los veo de esa manera porque te sacan de la situación actual para llevarte a otro contexto histórico diferente y brutal. Ahora bien, es cierto que estas miradas al pasado completan la historia, enriquecen la trama y justifican el final. Un final en el que presenciaremos un giro que también se ha ido hilando con sutileza gracias a determinadas escenas y algunas referencias cinematográficas a lo largo del metraje (hay una que es casi un “spoiler”). En este caso es muy claro que el clímax eleva el contenido dramático de la película.

La dirección de Bill Condon vuelve a rezumar elegancia en todos y cada uno de sus planos. Es difícil encontrar una película de Condon que no destaque en este aspecto. Aquí nos ofrece un Londres elegante y limpio en sus calles y zonas residenciales. La película se filmó en la gran ciudad inglesa y algunos de los emplazamientos que veremos son un bloque de apartamentos en Belsize Park, la librería Hatchards en el famoso distrito comercial de Piccadilly, los grandes almacenes Fortnum & Mason, o el famoso Lock & Co. Hatters en St. James Street.

También mucha elegancia hay en el vestuario de Keith Madden y en las interpretaciones. Como casi siempre, el realizador se asegura un notable en estos aspectos al trabajar con grandes profesionales. También notable es su labor a la hora de mantenernos entretenidos a lo largo de los 110 minutos que dura la película. Amén de regalarnos un final ciertamente impactante.

“Esta vez va a ser diferente”. Red de mentiras.

El gran protagonismo de la película se lo lleva una veterana pareja que coinciden por primera vez juntos después de abarcar entre ambos cientos de títulos. Me refiero a Ian McKellen y Helen Mirren. Lo cierto es que es un placer verlos interactuar juntos y elevar al film por encima de su status normal. Acompañándolos tenemos a un casting muy corto pero que también sorprende muy positivamente.

Ian McKellen encarna a Roy Courtnay, el anciano estafador que lo mismo se la juega a grandes inversores que a ancianitas desvalidas. El veterano intérprete está en su salsa con este personaje y nos ofrece una performance repleta de varias caras. No llegamos a conocer del todo a Roy hasta los minutos finales en los que McKellen nos dejará perplejos. Por su parte, Helen Mirren es Betty McLeish, una anciana culta, directa y con un toque de ingenuidad convertida en víctima propiciatoria para Roy. En pantalla, Mirren deja constancia de su elegancia y de su grandeza actoral para situarse al mismo nivel interpretativo que McKellen. La veterana actriz le da una réplica perfecta. Respecto a su personaje hay que prestar también mucha atención al final y a pequeños detalles a lo largo de la trama, puesto que puede que no sea tan ingenua como parece.

En el resto del elenco es de justicia resaltar la muy buena labor de Russell Tovey. El actor inglés interpreta a Stephen, el desconfiado y temperamental nieto de Betty. Por lo que más destaca Tovey es por cómo encara y enfila a Roy al que, claramente, no traga. También es obligado destacar a Jim Carter como Vincent, el socio en el fraude de Roy. En este caso, la actuación de Jim es todo lo contraria a la de Tovey, ya que su Vincent es un tipo tranquilo e inalterable. Precisamente estas dos cualidades le ayudan (y mucho) en todas las patrañas y “negocios” que planea y ejecuta con Roy. Finalmente, mención para Jóhannes Haukur Jóhannesson como un gigante que participa en una de las pantomimas de Roy y Vincent.

En conclusión.
Finalizo esta crítica de La gran mentira, una película que te atrapa por su pareja protagonista y por su trama. En un mundo del séptimo arte dominado por los grandes efectos visuales es bueno ver que todavía propuestas “sencillas” como esta pueden llegar a cines y no directas a Netflix. Obligatoriamente recomendada para los fans de McKellen y Mirren y para los amantes de los facinerosos que hacen de la farsa su modo de vida.

Tráiler de La gran mentira