Hasta el último hombre
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Desmond Doss salvó a 75 hombres en la infernal batalla del acantilado de Maeda en Okinawa. 10 años después de muerto hizo un nuevo salvamento. Salvó la carrera de Mel Gibson en Hollywood. Y es que para Desmond Doss siempre importó… ‘Hasta el último hombre’.

“Por favor Dios mío, ayúdame a conseguir uno más. Uno más…”.-Desmond Doss.

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Crítica de Hasta el último hombre

Antes de nada, conviene conocer al Desmond Doss real en el que se basa esta película. Así pues, los que quieran saltar esta parte por considerarla “spoiler”, pueden pasar al siguiente párrafo de debajo de la foto de Desmond Doss.

Desmond Doss (1919-2006) era un adventista inquebrantable y objetor de conciencia que vivía en Virginia. Después del ataque japonés a Pearl Harbor se alistó voluntario en el ejército de los Estados Unidos. Se incorporó no como soldado, sino como médico “no armado”. Su postura chocó con todo el estamento militar, pero perseveró. Desmond era un joven delgado y vegetariano, y que rechazaba hacer instrucción los sábados. Además, se negó a empuñar un arma. Como consecuencia de todo lo anterior, fue objeto de mofas y presiones durante la instrucción. Sin embargo, al final se convirtió en el héroe salvador en el asalto al acantilado de Maeda (Okinawa), una misión suicida. Allí, Desmond salvó la vida de 75 compañeros. El presidente Harry Truman le condecoró con la “Medalla de Honor” en octubre de 1945.

La adaptación cinematográfica de su vida se hizo esperar más de medio siglo. En parte porque Doss quiso llevar una vida tranquila y humilde, alejado de la fama. “Desmond nunca quiso vender los derechos de su vida. Sentía que la fama y la popularidad iban en contra de su forma de entender la vida. Al final comprendió que al compartir su historia con los espectadores se aseguraría de que ésta no se perdiera” (Bill Mechanic, productor del film). Desmond Doss falleció en marzo de 2006 a los 87 años.

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Ahondando ya en el film, cabe decir que Mel Gibson y sus dos no muy conocidos guionistas (Robert Schenkkan y Andrew Knight) presentan una película dividida en tres segmentos muy claros. En el primero se nos cuenta de manera un tanto breve la infancia y juventud de Desmond Doss. El segundo se centra por completo en la instrucción militar en “Fort Jackson”. El último segmento es la tremebunda batalla en el acantilado de Maeda. Un absoluto infierno (literal) intentando tomar una colina de 122 metros.

En estos tres segmentos/partes encontramos claramente luces y sombras. La “primera parte” es una simple toma de contacto con el protagonista y su entorno familiar y social. La “segunda parte”, la instrucción, es algo que ya hemos visto (de una u otra forma) en multitud de películas bélicas, alcanzando su cúspide con el Sargento de Artillería Hartman en La chaqueta metálica (Stanley Kubrick, 1987). Finalmente, la “tercera parte” es la cumbre del film. En ella encontramos un innegable recuerdo de la tremebunda violencia y sin sentido que ya pudimos ver en otros films como ‘La colina de la hamburguesa’ (John Irvin, 1987). Sobre la mesa se ponen cientos y cientos de cadáveres para conquistar un puñado de tierra.

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Con la “disección” anterior, lo que quiero dar a entender es que el libreto de ‘Hasta el último hombre’, si bien expone la vida de Desmond Doss, tampoco es algo que no hayamos visto antes de una u otra manera. Eso sí, la novedad aquí es el emotivo y poderoso mensaje pacifista y religioso del protagonista. Un verdadero objetor en pleno conflicto bélico que no romperá su promesa a Dios por nada ni por nadie. A destacar una frase que lo dice todo o casi todo: “Rezo a Dios y me gusta pensar que me oye”.

A lo largo del conflicto Desmond verá “Los Mandamientos de la Ley de Dios” y la Sagrada Biblia enfrentados a la guerra de los hombres. Un tremendo dilema para un joven creyente que quiere ayudar y no faltar a Dios en su palabra. Algo que bien puedo resumirse con esta otra frase: “Mientras otros estén quitando vidas yo las estaré salvando”.

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Manejando el film la verdad es que Mel Gibson queda muy cerca de la excelencia en casi todos los aspectos. Especialmente en dos. Me refiero a la recreación de la época que deviene casi perfecta y literalmente nos traslada a 1942-1945. Y, sobre todo, destaca en las secuencias bélicas de la toma del acantilado de Maeda. En este apartado (que abarca toda la parte final) Mel Gibson explota y nos entrega la guerra en toda su crudeza.

En pantalla veremos cuerpos que se parten por la mitad por el impacto de las ametralladoras, soldados con las tripas fuera al ser ensartados por las bayonetas, piernas cercenadas a causa de las granadas, degollamientos, inyecciones de morfina y sangre. Litros de sangre por un tubo que dan un broche de gore a una salvaje realidad, la guerra, que nunca debiera ser dulcificada u omitida. Un auténtico infierno sobre la Tierra en el que queda muy claro que sobrevivir es pura cuestión de suerte.

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“En la paz los hijos entierran a sus padres. En la guerra los padres entierran a sus hijos”… El infierno de Maeda.

Entro ahora a referirme a los protagonistas principales de esta épica historia de guerra, religión y compañerismo. Al frente del pelotón tenemos a un entregadísimo Andrew Garfield. El antaño Spidey se echa la película a sus espaldas interpretando a Desmond Doss. A destacar el gran trabajo y sentimiento que demuestra en la parte del conflicto bélico. Muy vivido y totalmente entregado ese tramo por su parte. Ahí es capaz de implicarnos absolutamente con sus avatares en el infernal campo de batalla.

Otros miembros del pelotón que conviene destacar son Vince Vaughn interpretando al sargento Howell. Este es el encargado de la instrucción en “Fort Jackson”. Vaughn no lo hace mal, sobre todo en las secuencias de combate. No obstante, su problema radica en que “su sargento”, y sus firmezas y durezas… nos saben a casi nada. Y nos saben a casi nada porque es inevitable verlo y acordarse de tipos como el ya citado Sargento de Artillería Hartman o el Sargento Highway, dos auténticos mitos monstruosos de la instrucción que son imposibles no ya de superar… sino ni tan siquiera de igualar.

Para Sam Worthington va un papel más calmado y si queremos “analítico”. Interpreta al Capitán Glover, el superior de Howell y el que le diseña la estrategia para hacer mella en Doss. La interpretación de Worthington es correcta y con un innegable toque de madurez que ya le dan los años, pero tampoco le pidamos más. Cerrando la unidad en combate e instrucción cabe hacer una rápida mirada sobre Luke Bracey y Luke Pegler. El primero dando vida a Smitty, el típico recluta de infancia dura que sabe muy bien cómo sobrevivir. El segundo en la piel de “Hollywood” Zane, un modelo cachitas totalmente fuera de lugar y de tiempo.

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Finalmente, en la retaguardia queda Teresa Palmer. La suya es una actuación tremendamente natural y capaz de enamorar a primera vista, tanto a Desmond como a la cámara. Interpreta a la dulce y decidida enfermera Dorothy Schutte, una auténtica joven de los años 40. Ya en casa, y a la espera de noticias, queda un sorprendente, irreconocible y gran Hugo Weaving. Aquí da vida a Tom Doss, el atormentado y tormentoso padre de Desmond Doss. A su lado, y soportándolo, encontramos a Rachel Griffiths. La actriz se pone en los zapatos de Bertha Doss, la sufrida esposa y madre que inculcó los valores religiosos a Desmond y a su hermano Harold. Este último interpretado de manera fugaz por Nathaniel Buzolic.

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En conclusión.
Finalizo esta crítica de Hasta el último hombre. Entre manos tenemos un destacado film que brilla especialmente en su mensaje y al mostrar en toda su crudeza la barbarie de las batallas. Una película que supuso, de una vez por todas, el perdón de Hollywood hacia los pecados de Mel Gibson. No olvidemos que ante las manchas de muchos otros “la Meca del cine” miró y calló asquerosamente.

Tráiler de Hasta el último hombre