El diablo sobre ruedas
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En 1971 un joven y desconocido Steven Spielberg unió fuerzas con el genio creativo de Richard Matheson para dirigir una de las mejores películas que ha dado la televisión. ‘El diablo sobre ruedas’ es un inolvidable duelo en la carretera que ha conservado intacta su frescura a pesar del paso de los años.

«¿Cómo puede ir tan rápido?»

Crítica de El diablo sobre ruedas

Antes de darse a conocer mundialmente con Tiburón(1975), Steven Spielberg firmó con la Universal para realizar cuatro películas para la televisión. Y la primera de ellas sería ‘El diablo sobre ruedas’. Nos referimos a un thriller psicológico basado en un relato corto de Richard Matheson. Dicho relato ya había sido publicado en la famosa revista Playboy. Tras la ficción se ocultaba un suceso real que el propio Matheson había vivido en sus propias carnes. Años atrás, y cuando regresaba en coche de casa de un amigo, fue hostigado por un camionero.

El material de Matheson había sido desestimado por numerosas productoras. Sin embargo, finalmente llegó a Spielberg y el joven director supo ver el enorme potencial que tenía entre manos. Además se ajustaba al modesto presupuesto, unos 400.000 dólares de la época, y le ofrecía la posibilidad de contar algo novedoso. El primerizo Spielberg acertó de pleno. De hecho, la productora quedó tan sorprendida con el resultado final que decidió alargar el metraje, que originalmente era de 74 minutos, para que pudiera estrenarse en la gran pantalla. Además, esta película inauguró un curioso subgénero de acoso en carretera que hasta el día de hoy cuenta con un buen número de producciones.

La idea de Spielberg era que la historia se centrara en la angustia del conductor asediado por un camionero psicótico y trasladarla al espectador. Hay que decir que tanto en el relato de Matheson como en la película queda claro que el camión no es ningún ser demoníaco, sino un instrumento en manos de un loco. De ahí lo engañoso de la traducción española del título. Es cierto que Matheson, en su relato, llega incluso a dar nombre al camionero,«Keller», estableciendo así un ingenioso juego de palabras con la palabra «Killer». Pero esta omisión no deja de ser anecdótica. Y digo esto porque la trama funciona igualmente y consigue exprimir al máximo lo que ofrece la obra original.

En realidad lo que vemos en pantalla no es otra cosa que la típica lucha a muerte entre David y Goliat, con un cierto regusto a western. David encarnado en la figura de un cochecito rojo reluciente y Goliat como un poderoso camión de aspecto tétrico y oxidado. Un combate aparentemente desigual pero que, a lo largo de la historia, no termina de decantarse del lado de ninguno de los dos. En consecuencia, se marca así un ritmo trepidante y lleno de suspense. Un film donde la desesperación que se apodera del conductor del coche es la protagonista absoluta.

La composición es excelente en todos los aspectos, con grandes primeros planos rodados a ras de suelo, unos travelings muy cuidados, y los parajes desiertos y montañosos donde tiene lugar la persecución. Para ser una película destinada a la televisión pocas pegas podemos ponerle. Y todo potenciado por una banda sonora compuesta por Billy Goldenberg a base de temas abstractos y claramente mecánicos. La verdad es que ofrecer una trama trepidante que va in crescendo a medida que se acerca el desenlace tiene mucho mérito. Y más si tenemos en cuenta que los diálogos son más bien escasos y la estructura de la cinta es muy sencilla. Todo queda en manos de un fabuloso montaje de gran fuerza visual. Una edición que además de mantenernos pegados a la pantalla nos invita a refexionar acerca de conceptos como el destino o la maldad.

Para interpretar al conductor del coche Spielberg decidió escoger a Dennis Weaver, un actor televisivo que había participado como secundario en la película de Orson Welles ‘Sed de mal’ (1958) y que le había sorprendido gratamente. El trabajo interpretativo de Weaver es francamente bueno. Ya desde los primeros minutos retrata al típico oficinista de mediana edad que conduce por la carretera muy seguro de si mismo y sin poder ni imaginar lo que va a sucederle. La película nos muestra a un hombrecito que, llegado el momento, deberá sacar el valor necesario para sobrevivir. Quizás su mejor escena sea cuando, presa de la paranoia y el miedo, entra en un bar de carretera donde cree que se halla el psicópata que le acecha.

El otro acierto de casting es, sin duda, el camión. Estamos ante un poderoso vehículo diametralmente opuesto en concepto y estética al pequeño utilitario del protagonista. Spielberg barajó una amplia variedad de opciones, pero finalmente se inclinó por un modelo de la marca Peterbilt. Es muy probable que Spielberg lo eligiera porque su morro de líneas suaves y sus dos faros recordaba a una cara y eso le ayudaba a «humanizar» al vehículo.

Conclusión.
Finalizo ya esta crítica de El diablo sobre ruedas, una de las mejores películas que se han rodado jamás para la televisión y, probablemente, una de las obras más redondas de Steven Spielberg. Si algo podemos concluir tras disfrutar de este film es que los medios y la parafernalia visual, que tanto caracterizan al cine moderno, jamás podrán estar por encima del talento y el genio. Y eso es exactamente lo que Spielberg nos demuestra con esta película. La lucha encarnizada a hierro y asfalto nos mantiene en constante tensión desde el primer minuto. Parece que fuéramos nosotros los conductores de ese pequeño automóvil que devora kilómetros mientras la maldad ruge tras él.

Tráiler de El diablo sobre ruedas