Jurassic World
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Crítica de Jurassic World

Debo afirmar con absoluta rotundidad, y tras muchas reservas que personalmente tenía ante una saga claramente en decadencia, que ‘Jurassic World’ es, a su manera, una propuesta capaz de entusiasmar, de emocionar y de divertir casi tanto como lo hizo la película original de 1993, lo que ya podemos considerar como un gran triunfo de Colin Trevorrow –que antes de ser seleccionado por el mismo Steven Spielberg para encargarse de la revitalización de ‘Jurassic Park’, nos sorprendió con su ópera prima ‘Seguridad no garantizada’ (Safety Not Guaranteed, 2011). Tema distinto es el insalvable hándicap de la ausencia del efecto sorpresa, y es aquí donde el personaje interpretado por una siempre estupenda Bryce Dallas Howard recita un diálogo que representa a la perfección una interesante analogía entre el espectador de la sala de cine, y los personajes del universo ficticio de la película, y que viene a decir algo así como: “Los visitantes del parque ya no se sorprenden con nuestros dinosaurios. Los niños vienen aquí como si fueran al zoo a montar en elefantes”.

En efecto, nosotros, como espectadores, tampoco nos sorprendemos como antaño ni con los dinosaurios cinematográficos, ni con los efectos CGI –tan cotidianos hoy en día– que nos invaden desde que comenzaron a instaurarse en el cine gracias a cintas como ‘Terminator 2’ (James Cameron, 1991) o la propia ‘Parque jurásico’ (Steven Spielberg, 1993). Por lo tanto, la premisa argumental de la película, muy intencionada por parte de un Colin Trevorrow que es consciente de que el espectador siente exactamente lo mismo que los visitantes del parque, no es más que un modo de reconocer que una saga como ‘Jurassic Park’ se encuentra narrativamente muy limitada como para volver a asombrar a un público que ya lo ha visto absolutamente todo en la gran pantalla. De este modo, y a sabiendas de que no podrá ofrecer más de lo que Spielberg ya nos brindó hace más de veinte años, Trevorrow demuestra gran habilidad para explotar uno de los pocos recursos viables con los que poder entusiasmar al ya curtido espectador: volver a las verdaderas raíces de la franquicia, pero dando un valiente paso más allá y actualizándola a los tiempos que corren. Y ese paso no era otro que ofrecernos aquello que deseábamos ver desde el estreno de la primera película en el ya lejano 1993, y que no era otra cosa que contemplar en pantalla el sueño de John Hammond hecho realidad. Es decir, introducir de lleno al espectador en un parque totalmente operativo y abierto al público, rebosante de todo tipo de especies de dinosaurio y que se encuentra dotado de la tecnología más avanzada y de los recursos tecnológicos más actuales, siendo todo ello mostrado en pantalla través de una puesta en escena realmente brillante.

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Sin entrar en detalles, el realizador logra de forma muy eficaz entusiasmarnos con un complejo parque temático durante un primer acto de película dónde se nos presentarán los personajes de la historia. Esta vez sí, personajes serios –aunque nunca exentos de sutiles y controladas gotas de humor que vienen muy bien– e íntegros con inquietudes y motivaciones, asentando con todo ello unas ajustadas pero sólidas bases sobre las que se desarrollará la trama. Insisto, dentro de sus evidentes limitaciones narrativas. Es por ello que el contexto de la polémica hibridación genética y la creación de un temible monstruo de laboratorio como excusa para dar rienda suelta a la trama, quizás no sea el más original posible –hecho que es incluso utilizado por Trevorrow a modo de autoparodia a través del comentario de uno de los operarios de la sala de control, en otra muestra más de que el realizador sabe muy bien en dónde se ha metido–, pero es un pretexto que funciona perfectamente para desencadenar los acontecimientos narrados en la película a partir de su vibrante segundo acto, haciendo hincapié en una serie de agresivas secuencias de acción que cortan la respiración y que se mueven dentro del modus operandi del cine espectáculo de nuestros tiempos; es decir, mediante un redundante uso del CGI –quizás más del que desearíamos–, pero con resultados más satisfactorios y realistas de los que personalmente me esperaba. Algo que, por otra parte, Trevorrow consigue llevar a cabo con una habilidad y ritmo verdaderamente trepidantes sin desatender factores esenciales como la creación de unos personajes que, sin conseguir emocionarnos cómo sí lo lograron Sam Neill, Jeff Goldblum o Laura Dern en el primer film, resultan lo suficientemente convincentes como para crear empatía y conectar con el espectador. Esto último en buena parte gracias a un casting muy acertado y cuyo peso de la trama recae sobre los actores Bryce Dallas Howard, Chris Pratt –y su interesante vínculo con los Velociraptores–, Vincent D’Onofrio, Irrfan Ali Khan, y los jóvenes Ty Simpkins y Nick Robinson.

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En cualquier caso resulta imposible no añorar los brillantes efectos especiales tradicionales del film de 1993 y los increíbles animatronics con los que Spielberg deleitó al mundo entero, del mismo modo que aquel factor sorpresa resulta irrecuperable a día de hoy. Pero estamos en otros tiempos, y pese a que el trasfondo de la película no ha cambiado en exceso con respecto al de sus predecesoras –humanos van a una isla a ver dinosaurios, dinosaurios escapan al control humano, humanos son devorados por dinosaurios–, estamos hablando de un nuevo y revitalizador punto de partida que, a su vez, no se esconde en absoluto a la hora de beber del primer film y de aceptar una conmovedora vinculación con aquel, algo que sin duda se convierte en uno de los mayores aciertos del director. Pero siempre de manera inteligente a través de constantes reminiscencias que tocarán la fibra más sensible de todos los que crecimos con la primera película. Porque recurrir a la nostalgia y al pasado es un recurso que, manejado con la adecuada coherencia y agudeza, resulta tan válido como, por momentos, necesario.

De este modo, y para finalizar con esta crítica de Jurassic World, estamos ante una secuela que muestra una deliciosa simbiosis entre lo moderno, y lo añejo, equilibrando a la perfección ambos conceptos a través de un producto tan sensible como vibrante y espectacular. Por tanto, y pese a su redundancia argumental, la película se puede situar perfectamente en el segundo puesto de las mejores de la serie a pesar de que Colin Trevorrow carece de la habilidad creativa que Spielberg demostró en la primera ‘Jurassic Park’. No obstante, el director demuestra una interesante fuerza narrativa y un potente estilo visual que imprime en esta recomedable propuesta capaz de honrar con honestidad y de captar buena parte del espíritu de la original, ofreciendo a su vez una nueva dirección filmada con pulso que actualizará una franquicia que nunca debió de estancarse. Por supuesto, ‘Jurassic World’ resulta bastante más sólida que la irregular ‘El mundo perdido, Jurassic Park (Steven Spielberg, 1997), e infinitamente más interesante e inteligente que la descafeinada e infantil ‘Jurassic Park III’ (Joe Johnston, 2001). Por lo que ‘Mundo jurásico’ se puede considerar, a todas luces, un triunfo y una de las superproducciones más interesantes del año.

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