Alguien voló sobre el nido del cuco
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“¡Por el amor de Dios! ¡¿Es que ninguno de vosotros, puñeteros locos, tiene idea de lo que os digo!? Bien, jefe. Nuestra última oportunidad. Levanta la mano. Eso es todo lo que necesitamos de ti hoy. Que levantes la mano solo una vez. ¡Enfermera Ratched! ¡El jefe ha votado! Mire, mire, ha levantado la mano. ¿Ha visto cómo ha levantado la mano? ¿Quiere hacer el favor de poner el televisor? El jefe ha votado. Haga el favor de poner el partido, señorita”. Hoy celebramos los cuarenta y cinco años de una obra maestra absoluta de la historia del cine: ‘Alguien voló sobre el nido del cuco’.

“¡A ver qué recibimiento me hacéis atajo de deficientes mentales!” (R.P. McMurphy)

Crítica de Alguien voló sobre el nido del cuco

En 1975 Michael Douglas desafió a todo el sistema de Hollywood, incluido a su propio padre, para lanzar la esperada adaptación al cine de la novela de Ken Kesey. Una novela que ya había sido llevada al teatro por Dale Wasserman. En las tablas había sido Kirk Douglas (1916-2020) el protagonista de un papel que en cines heredaría Jack Nicholson. Este último acabaría ganando un merecido Oscar por su performance y sería elevado al estrellato después de casi veinte años trabajando en films al margen de la primera línea. Además, ‘Alguien voló sobre el nido del cuco’ ganaría también otras cuatro estatuillas doradas, incluyendo el de mejor película.

La cinta contó con la dirección del checoslovaco Milos Forman (1932-2018). Este film y ‘Amadeus’ (1984) lo alzaron a la categoría de cineasta de talla mundial. Este hecho también abrió las puertas de Hollywood para que directores de la vieja Europa llegaran a probar suerte en EEUU detrás de él con más o menos fortuna. La música aquí fue a parar a la batuta de Jack Nitzsche en una partitura realmente bella, conmovedora y tremendamente evocadora. Bien puedo decir que la música va saliendo de las imágenes hasta estallar completamente al final de forma épica.

Lo cierto es que Forman tomó, fuera del ámbito puramente inherente al acabado cinematográfico, importantes decisiones. Decisiones que hicieron que la película ganara totalmente antes de siquiera grabar un solo minuto de celuloide (por ejemplo, la espera para contratar a Jack Nicholson). Todo esto gracias también a la inteligencia, y buen ojo, de Michael Douglas y Saul Zaentz (1921-2014) como productores, y el visto bueno final de una estrella emergente como Nicholson.

El director llevó a todo el equipo de rodaje fuera de decorados y de sets hasta un verdadero hospital mental. Allí los actores durmieron en las mismas habitaciones que lo hacían sus personajes (a excepción de Nicholson, que se hospedó en un modesto hotel cercano con televisión por cable para poder ver a los Lakers). Además se usó a verdaderos enfermos del hospital de las alas menos peligrosas. El objetivo era dar una veracidad total al ambiente tras los actores. Intérpretes muchos de ellos desconocidos por aquellos tiempos, debutantes o que ya conocían el texto al haber participado en la obra de teatro.

Una de las anécdotas más recordadas por el propio Douglas tuvo lugar el primer día de rodaje. Nicholson se tomó un tremebundo berrinche y abandonó el plató agobiado por no encontrar el tono de su personaje. Douglas tuvo que ir a buscar a Nicholson, quien no paraba de maldecir contra el mundo y el resto de actores que no abandonaban (según él) su personaje ni para comer. Douglas, totalmente abrumado, mantuvo la compostura ante su estrella protagonista. Como productor lo intentó aplacar diciéndole que la mayor parte de los “actores” en realidad no estaban absorbidos por el “método”, sino que realmente eran pacientes y no estaban actuando sino que padecían algún tipo de trastorno. La situación acabó estallando en risas. A partir de ese momento Nicholson lo dio absolutamente todo por la película. El mágico resultado lo pudimos ver todos.

Los actores que sí lo eran en el film, y acompañaban a Nicholson, fueron Brad Dourif y Christopher Lloyd en su primera película. Dourif interpreta al joven Billy, un chaval bastante ingenuo que no sabe nada de la vida y al que sus padres protegen de forma equivocada enviándolo al sanatorio mental. Lloyd, por su parte, era el jefazo Taber, un tipo que no para de tenérselas tiesas con el “mariposón” de Harding. Este último interpretado por William Redfield en un papel que le valió por toda una carrera.

Por su parte, Danny DeVito es Martini, un hombrecillo nada fiable jugando a las cartas. Otro nombre importante fue el de Scatman Crothers con una genial participación en el último acto. En segundo plano encontramos dos rostros clave del cine de explotación y terror posterior como Michael Berryman o Vincent Schiavelli.

Mención al margen merecen Louise Fletcher y Will Sampson. Sin desmerecer a ninguno de los anteriores, estos dos son la dupla que puede hacer sombra a Nicholson/McMurphy. Louise Fletcher se inmortalizó en un rol de témpano viviente como una de las auténticas villanas (por no decir otro adjetivo nada amable) más recordadas de la historia. Este rol le valdría un Oscar y le entregaría a Arnold Schwarzenegger la receta perfecta para dar vida a los ojos vacíos de sentimientos del T-800 en Terminator (James Cameron, 1984). Además, con el tiempo, acabaría calando de tal forma que Netflix recuperaría al personaje para una serie sobre sus comienzos en la Psiquiatría, ‘Ratched’. En el show es Sarah Paulson la que toma el testigo de Fletcher intentado darle una explicación a su psique.

Will Sampson encaraba el rol de “jefe”, un papel vital en la trama. Un auténtico indio de dos metros que no se relaciona con el resto de los pacientes. Los celadores lo atacan de forma racista y con abusos físicos para intentar contrarrestar el verdadero miedo que les causa su figura. En un primer momento, “jefe” puede parecer que sobra, pero tiene a su cargo por lo menos tres secuencias realmente memorables. La del partido de baloncesto, aquella en la que comparte chicle con McMurphy y la que cierra la película. Escena esta última que es un momento que directa y llanamente hace que este film entre de lleno en el panteón de las elegidas. Atención al uso de la música, el montaje y la emoción que traspasa la pantalla de forma indeleble.

“Dicen que estoy loco y me envían aquí porque no me estoy quietecito como un vegetal. No me parece lógico, la verdad. Si eso es estar loco, entonces, he perdido la chola y estoy para que me aten. ¡Como una cabra! Ni más ni menos. Eso es todo” (R.P. McMurphy)

En resumidas cuentas.
Termino esta crítica de Alguien voló sobre el nido del cuco, un film con un poder dramático, social y cinematográfico eterno. Un drama que atrapa de lleno con una colección de personajes memorables, un agitador licenciado a cargo de un insuperable Jack Nicholson y una auténtica arpía sin corazón con el rostro de una sensacional e inhumana Louise Fletcher, Simple y llanamente una obra maestra imperecedera. Fin.

Tráiler de Alguien voló sobre el nido del cuco