Yo, yo mismo e Irene
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En 1994 ‘Dos tontos muy tontos’ y ‘Ace Ventura’ convirtieron a Jim Carrey en la nueva revelación de la comedia más gestual. Un actor capaz de traspasar los registros físicos conocidos y acercarse lo más humanamente posible al dibujo animado. Carrey, por sí mismo, ya era un género y una variación de la comedia. Un genio de las risas como en su día fueron Jerry Lewis, Eddie Murphy o Leslie Nielsen. Tras un buen número de films hechos para su lucimiento llegó la obra que mejor captó su estilo. Los hermanos Farrelly presentan a Jim Carrey en ‘Yo, yo mismo e Irene’.

“Tomo una pastilla cada seis horas para no sentirme raro. Nada importante. Esquizofrenia paranoica crítica con crisis narcisistas involuntarias” (Charlie)

Crítica de Yo, yo mismo e Irene

El 23 de junio del 2000 se estrenaba en USA la comedia definitiva de los hermanos Farrelly. Hablo de su auténtico techo cinematográfico dentro del tipo de cine que ellos mismos patentaron. Un tipo de cine con auténticos clásicos como Dos tontos muy tontos (1994), ‘Vaya par de idiotas’ (1996) y, sobre todo, ‘Algo pasa con Mary’ (1998). Para el film que nos ocupa, los Farrelly recuperaron a Jim Carrey para la causa. Y lo recuperaron en un desdoblamiento de personalidad antológico que permitía al cómico dar rienda suelta a todo su registro. ‘Yo, yo mismo e Irene’ sigue la estructura clásica de los Farrelly. Ya sabéis, esa que une a dos o más personajes opuestos en un viaje vital y literal dentro del subgénero de las road-movie. El fondo dramático se torna en una comedia donde prácticamente todo vale para dar paso a las risas más desatadas.

Aquí también destacan los Farrelly, nuevamente, silenciando cualquier connotación sexual. Se puede hablar de ello pero nunca mostrarlo en pantalla. Así pues, ellos mismos hacen una autocensura realmente ilógica dentro de lo abierto a la mofa de su cine. Lo más cerca de ver algo sexual en el cine de los Farrelly, será el momento en que Charlie despierte de una noche supuestamente frenética de sexo, con la uretra dilatada, y acabe con una micción descontrolada por todo el baño. Esa es la cima de los Farrelly en cuanto a humor: llevar al espectador a situaciones corrientes con reacciones que se salen de lo usual, o que alguna vez han soñado llevar a cabo si no tuvieran repercusiones presentes o futuras.

Es realmente difícil decidirse por una comedia como la más completa a nivel de secuencias inolvidables y risas por parte de los Farrelly. Ahora bien, lo que está claro es que con ‘Yo, yo mismo e Irene’ tocaron techo. Esto último es evidente cuando se echa un vistazo a su filmografía posterior y se ven los títulos que la siguieron… películas todas ellas perfectamente olvidables y muy lejos de la mala baba de sus tres “grandes creaciones”. Actualmente su cine ya se nota como forzado. Los Farrelly buscan volver al redil pero, al mismo tiempo, tratan de inventar algo nuevo que los ha condenado a ser una parodia de sí mismos, sólo hace falta ver cintas del calibre de ‘Los tres chiflados’ (2012) o Dos tontos todavía más tontos (2014).

Quizás, viendo venir ese bajón artístico, Peter Farrelly decidió separarse de su hermano. Esto le llevó a ponerse detrás las cámaras de ‘Green Book’ (2018). Esta última una obra que, aunque en su versión más contenida y con una clara vocación de unión, no era más que una extensión de su propio cine. Además consiguió un hito que nadie podría haber previsto: ganó tres Oscars en la gala de 2019, incluido el de mejor película.

Sí por algo destaca este film es por Jim Carrey. La premisa argumental y los hechos que nos van siendo narrados no pasan de ser la típica película al estilo ‘Ruta suicida’ (Clint Eastwood, 1977), en donde un patrullero debe de llevar a un testigo protegido del punto A al punto B, mientras los asedian diferentes fuerzas. Sin embargo, la entrada de Carrey con los problemas de su personaje a cuestas llevan al film al siguiente nivel. Resulta imposible pensar en otro actor capaz de igualar, ya no digo superar, el recital de secuencias memorables que Carrey es capaz de entregar a la audiencia. Ojo a aquella en la que, definitivamente, Charlie deja salir a Hank y tomar el control. Hablamos de una secuencia antológica que ha pasado, con toda justicia, a la posteridad de la comedia reciente.

Al margen de Carrey destaca Renée Zellweger, que ese año encarnó un papel muy parecido en la menos conocida ‘Persiguiendo a Betty’ (Neil LaBute, 2000). Zellweger es la Irene del título, una joven por la que tanto Charlie como Hank se sentirán rápidamente atraídos. Su papel prácticamente va de la mano del de Carrey. Desde que se encuentran la práctica totalidad de sus escenas son conjuntas. También hay que hablar del desparecido Robert Forster (1941-2019) como el jefe de Charlie en la policía. Forster encarna a un buen hombre que no sabe cómo ayudar a uno de sus mejores agentes. Por su parte, Richard Jenkins y Chris Cooper son dos agentes de la ley que irán entrando y saliendo como parte de trama que envuelve a Irene con asuntos turbios.

Atención a una de las revelaciones del film: el intérprete albino Michael Bowman. Ojo a su aparición como camarero de un bar de carretera y la reacción que suscita en Hank con apelativos como “Blanquito, bastoncillo o lechoso”. Por último hallamos a los hijos de Charlie en su versión adulta: Jamaal, Lee Harvey y Shonté Jr, respectivamente interpretados por Anthony Anderson, Mongo Brownlee y Jerod Mixon. Quedan como meros cameos expendables las apariciones de Tony Cox como el conductor de la limusina que se fuga con la mujer de Charlie. Daniel Green como el exnovio de Irene. Y, finalmente, la extenista Anna Kournikova en una inenarrable aparición especial que uno no sabe muy bien cómo tomarse.

“Esto no lleva precio. Comprobación de precio de VagiLimpia pasillo cinco. Repito, comprobación de precio de VagiLimpia pasillo cinco. Tenemos a una cliente con hongos en las trompas de Falopio. Tiene una barra de pan en el horno y se le ha agriado la masa. Dense prisa” (Hank)

En resumidas cuentas.
Finalizo esta crítica de Yo, yo mismo e Irene, un auténtico recital de Jim Carrey en una versión totalmente prostituida de ‘Harry El Sucio’ con su rol de Hank. Un auténtico caramelo para todo un cómico de su estilo. La mala leche de los Farrelly se hace notar riéndose de todo y de todos culminando con este canto del cisne. Posiblemente sea la comedia que mejor les define junto a la incomprendida ‘Vaya par de idiotas’.

Tráiler de Yo, yo mismo e Irene