Rocky IV
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Crítica de Rocky IV

Tras la clara propuesta de transición que supuso ‘Rocky III’ (Sylvester Stallone, 1982) para la franquicia iniciada en el ya lejano 1976 al ser un film que ya oscilaba entre el intenso drama al que Rocky nos tenía acostumbrados, pero introduciendo sutilmente la acción y el espectáculo más estricto como factor de gran peso, ‘Rocky IV (de nuevo dirigida por Stallone) ya se volcaba definitivamente en ofrecernos un festival de golpes, venganzas, patriotísmo Americano, montaje videoclipero y música de la de verdad sin mayor pretensión que la de hacer explotar la adrenalina del espectador. Ahora la machada, la hipertrofia muscular, la épica y la majestuosidad de la fuerza masculina predominarían en cada minuto de metraje. Efectivamente, suena un tanto cursi, pero igual que todo el cine de los años 80: aquel cine que, lo reconozcamos o no, muchos echamos de menos por sus métodos, modos y formas súmamente primitivas, pero igualmente seductoras y únicas para tocar la fibra sensible del espectador.

Los 80. Para unos, la década de los excesos gratuitos, de la banalidad y de la predilección por “el más hortera todavía”. Para otros, la década de la magia, de las hazañas inalcanzables, del espectáculo desenfadado y de la épica. Una época en la que lo imposible se hacía realidad a través de una pantalla de cine. La década de los sueños, de la ilusión y de las proezas memorables que protagonizaban nuestros héroes en la ficción. Sea como fuere, y para bien o para mal, ‘Rocky IV representa de forma nítida y honesta lo que significaba aquel tipo de cine, con todas sus cualidades y grandes virtudes, pero también con sus defectos. Es por ello que el verdadero y genuino valor de esta cuarta entrega de la saga no trasciende precisamente por su propia calidad cinematográfica (muy limitada –le pese a quién le pese–, especialmente si intentamos encuadrarla dentro del logrado contexto dramático/interpretativo del resto de la serie), sino que lo hace por el hecho de ser una de las películas que marcaron, definitivamente, una clara y exitosa tendencia para el cine de dicha década hasta bien entrados los años 90.

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Pero, independientemente de que ‘Rocky IV cuente posiblemente con un código cinematográfico desorbitadamente primario muy característico de los cánones del cine de la época (tanto a nivel de guion –una simple historia de vendetta y coraje–, como a nivel de montaje –parece que estemos ante un maravilloso videoclip de 90 minutos, con una BSO verdaderamente apasionante– o a nivel de diálogos y mensajes directos –excesivamente patrióticos y claramente sumidos dentro del marco de la “Guerra Fría”–), la película no está exenta de otros muchos méritos y cualidades que, con el paso del tiempo, hicieron de ella un film poco menos que de verdadero culto: hablamos de un enfático y “musculado” relato que se centra más en la acción (y no sólo dentro del cuadrilátero, sino también en la acción de una “Guerra Fría” que enfrentaba a la URSS y a EEUU, y que en el film quedaba representada a través de la lucha Drago vs. Rocky) que en el factor dramático/deportivo, aunque este último funciona de manera correcta en los momentos necesarios (¿quién no sufrió con la muerte del Apollo Creed de Carl Weathers? ¿Quién no vibró con los brutales entrenamientos en plena montaña de Rocky Balboa? ¿Quién no saltó de la butaca del cine cuando este último abre una brecha en el pómulo del indestructible Iván Drago?). En cualquier caso la película resulta tan rebosante de emoción, de coraje y de adrenalina, como delirante y exagerada a partes iguales, lo cual no es del todo malo. Al fin y al cabo funcionó perfectamente pese a su limitada calidad artística y a sus numerosos premios ‘Razzie’, hasta el punto que, vista en perspectiva, se trata de un producto que tiene todas las papeletas para ganarse el premio al “film de los 80 que más y mejor nos hizo vibrar en su época y que mejor representa ese tipo de cine que ya no se hace”.

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Una película que, si bien, a priori no representa lo que es verdaderamente Rocky (algo que se muestra en la primera, quinta y sexta entregas principalmente), sí que simboliza la garra y la proeza de un boxeador que necesita la lucha para subsistir. Como un guerrero del ring que ansía saborear la imperiosa sensación del combate, de la sangre y del dolor para seguir adelante, aunque sea a costa de enfrentarse con un enemigo invencible con el (falso) pretexto de hacerlo por una simple cuestión de venganza. Realmente Rocky siente la necesidad de conocer sus propios límites y llevarlos al extremo, del mismo modo que suspira demostrar al mundo que “David” realmente puede derrotar a “Goliat”. Y eso, también es Rocky. Porque el verdadero mito creció y se asentó posiblemente gracias a la tercera y cuarta entregas de la saga (y es que, tras la excesivamente “ñoña” -por momentos incluso tosca- ‘Rocky II’, era necesario un cambio de aires), convirtiéndose cada secuela en un esperado “más difícil todavía” con Rocky enfrentándose a rivales de mayor fuerza y envergadura con respecto al de la secuela anterior. Y por tanto, ofreciendo al espectador un mayor espectáculo físico y de actioner, que dramático y depresivo, lo cual resulta tan válido como esto último.

Es por todo ello que la importancia desde el punto de vista del que escribe estas líneas de ‘Rocky III‘ y ‘Rocky IV es vital, ya que Rocky se convirtió en un icono y en auténtica cultura-pop gracias a momentos y situaciones memorables que marcaron un antes y un después en la franquicia. Instantes como ‘el ojo del tigre’ (qué tiempos, ‘Survivor’) de ‘Rocky III’, o el ‘no hay dolor’ que el personaje de Tony Burton le transmitía al púgil en la emocionante cuarta entrega son buenos ejemplos de ello al quedarse grabados a fuego en la retina del espectador. Contextos y escenarios inolvidables que elevaron la figura del boxeador a lo más alto del panorama cinematográfico del momento, como su increíble entrenamiento en la montaña (en una interesante antítesis respecto a los sintéticos métodos de Iván Drago: al final, lo natural se impone sobre lo artificial), o el afán de superación con un potro desbocado contra Clubber Lang tras el duro golpe moral sufrido en ‘Rocky III’ al percatarse de que no era tan buen boxeador como su mánager le hizo creer. Sin dejar de lado esos largos combates de 15 minutos realmente dignos de definirse a sí mismos como “batallas a muerte” en un ring, con Rocky librando combates hasta la extenuación sin importar atentar deliberadamente sobre la credibilidad del espectador. Pero esto, en el fondo, es lo de menos. Porque Rocky no es sólo afán de superación, marginación o humildad (algo que en el cine suele valorarse mejor artísticamente). También es poder, fuerza, espectáculo y, por qué no, excentricismo y algo de ego. De este modo, ‘Rocky IV’ es la culminación de una evolución de un personaje que ha pasado de la pobreza de los suburbios de Filadelfia, hasta el éxito, la grandeza y la riqueza, quedando todo ello magníficamente representado en esta cuarta entrega que nos habla del asentamiento de Rocky como boxeador y como persona al haberlo ganado todo, pero que sigue necesitando de nuevos retos para ser fiel consigo mismo. Y la muerte de su mejor amigo es la mejor excusa para ello.

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En cualquier caso, y dejando de lado reflexiones profundas sobre una saga que, en el fondo, sólo da pie a ello en la primera y sexta entregas, reconozcámoslo ya: ‘Rocky IV’ es, como he afirmado unos párrafos más arriba, la película más floja de la saga (a pesar de ser consciente de que con dicha afirmación me voy a ganar unos pocos enemigos). Porque observando la cinta desde una perspectiva puramente artística, no queda más remedio que reconocer que estamos ante el guion más simple y previsible de toda la franquicia (lo cual no quiere decir que no funcione a las mil maravillas, por lo menos ofreciendo grandes niveles de entretenimiento). Que el factor dramático está cogido con pinzas precisamente debido a esa previsibilidad (es imposible no pronosticar la muerte de Creed desde el comienzo del film). Que las actuaciones son rematadamente planas (con un Sylvester Stallone, Talia Shire y Burt Young muy lejanos a los que nos deleitaron en el film de 1976, aunque el despliegue físico de Dolph Lundgren y del propio Stallone ya merece el aplauso), y que los combates y entrenamientos resultan totalmente excesivos, exagerados y, definitivamente, irrealistas. Por no hablar de ese extraño e innecesario mensaje que trata de hacer ver al espectador que la serie ha entrado en la “era de la tecnología moderna” a través de inútiles elementos introductorios, como el Robot de Paulie, o las futuristas (y poco efectivas) máquinas con las que entrena Drago.

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Pero, para finalizar esta crítica de Rocky IV, también tengo que ser honesto conmigo mismo y reconocer que “lo mejor” no siempre significa lo que “más nos apasione”. Y en este caso he de afirmar categóricamente que ‘Rocky IV’ es, de lejos, la secuela más divertida, amena, dinámica y disfrutable de la franquicia. Bien cierto es que comparándola con obras cinematográficas más intensas, como el primer Rocky, ‘Rocky Balboa’ (Sylvester Stallone, 2006) o incluso la infravalorada ‘Rocky V (John G. Avildsen, 1990) puede que no salga bien parada. Pero en su estilo y enmarcándola dentro de la categoría adecuada, ‘Rocky IV es de las mejores películas/secuelas de su (ya extinta) especie, hecho directamente relacionado con que se trate de la película más recordada sobre nuestro querido y mítico personaje.

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