Los Mercenarios 3
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Con el paso del tiempo la saga ‘The Expendables’ ha ido convirtiéndose en todo un acontecimiento muy esperado por todos los amantes del cine de acción y de sus actores más emblemáticos que, hastiados de los vicios y métodos del cine actual y de sus intérpretes de pega, pedían a gritos una vuelta a las raíces más ochenteras del género. Esto es algo que no pasó desapercibido para el incombustible Sylvester Stallone. Sly, apoyado en la financiación de Millennium Films, decidió hacernos regresar al pasado con un muy estimable homenaje al género de acción de los 80/90 en su trilogía mercenaria. Hoy hablamos de… ‘Los Mercenarios 3’.

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Crítica de Los mercenarios 3

Los Mercenarios (Sylvester Stallone, 2010) fue la película donde, por primera vez, se juntaba un elenco de ensueño compuesto por algunas de las más importantes viejas glorias del actioner, a las que se sumarían otras estrellas del cine de acción más reciente. De este modo, el mayor aliciente del film, además de sus muy buenas dosis de violencia, espectáculo y acción, fue el hecho de poder contemplar en una misma película a leyendas de la talla de Arnold Schwarzenegger, Bruce Willis, Dolph Lundgren, Mickey Rourke, Jet Li o el mismo Sylvester Stallone, a los que habría que añadir incorporaciones de actores más actuales como Jason Statham, aunque finalmente la aparición de algunos de ellos fuera poco menos que testimonial. La película no estaba exenta de errores que le hicieron perder algunos enteros, pero a pesar de su carácter experimental, de sus atropelladas escenas de lucha y de esa fallida dualidad entre la acción y el drama, resultó ser un producto de acción más que meritorio, por lo que el público comenzaría a pedir cada vez más. Y mejor.

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Dos años después nos llegaría la superior ‘Los Mercenarios 2’ (Simon West, 2012), posiblemente una de las películas de acción más eficaces, honestas y vibrantes que hemos podido contemplar en pantalla grande. Dejando de lado los apuntes dramáticos de la primera entrega para centrarse en la acción más espectacular, constante y dinámica, Stallone cedería el testigo de la dirección a Simon West, un buen artesano del género que subsanó los errores de la primera película filmando las escenas de lucha con una mayor coherencia e imprimiendo un toque mucho más festivo y satírico a la cinta, pero nunca renegando de la violencia tan necesaria en este tipo de cine, lo que terminaría beneficiando a una secuela que bebía aún más si cabe de los conceptos y temáticas argumentales del cine de acción de los años 80: la venganza y las artes marciales.

Por si lo anterior fuera poco, al ya de por sí nutrido elenco se incorporarían dos auténticas leyendas vivientes del género que rechazaron participar en el primer film: Jean-Claude Van Damme (de lo mejor de la película como el villano de la función) y Chuck Norris, a los que se sumaría también el emergente Scott Adkins. Mientras que, por otra parte, los actores que sólo pudieron aparecer unos pocos minutos en la cinta predecesora, aquí gozarían de un mayor metraje y participación en la trama, dando lugar a una epopeya de acción divertida, seductora y a ratos incluso sorprendente pese a flojear en un guion quizás excesivamente llano.

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La película, tras una gran recepción del público, recaudó en todo el mundo más de 312 millones de dólares, así que la tercera entrega estaba asegurada, y además, a lo grande. Y digo “a lo grande” porque el propio Sylvester Stallone confirmó, al poco de concluir la filmación bajo las órdenes del realizador Patrick Hughes (fichado por el propio Stallone, tras deslumbrar, posiblemente de manera fortuita, con el film de 2010 ‘Red Hill’), que estaríamos ante “una película con mucho potencial que será, por mucho, la mejor de todas”. Arriesgada declaración que merecía el beneficio de la duda gracias a la incursión en el reparto de actores de la talla de Wesley Snipes, Harrison Ford, Antonio Banderas o Mel Gibson.

No obstante, había algo que no olía demasiado bien, así que desde ese instante cierto temor comenzó a recorrer toda la espina dorsal de un servidor que hace tiempo dejó de tomarse en serio este tipo de falsas declaraciones promocionales, sensación que no hizo más que empeorar ante el anuncio de que la película iba a dejar de lado el factor violencia para centrarse en un espectáculo light de clasificación PG-13. Aunque esto no era lo peor: el reparto iba a renovarse principalmente por actores jóvenes que le darían un plus de energía y sangre nueva al viejo elenco (¡…!). Y los peores temores del que escribe estas líneas se hicieron realidad: el resultado de ‘Los Mercenarios 3’ es decepcionante. Porque efectivamente, no sólo no nos encontramos ante la mejor película de la franquicia como bien sospechaba tras aquellas declaraciones, sino que estamos, más bien, ante la peor, la más desequilibrada, la más endeble argumentalmente y, a ratos, incluso ante la más deshonesta de la saga.

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Para empezar, el planteamiento del film falla estrepitosamente por varios motivos. El primero de ellos, el empeño de la producción (y quién sabe si hasta del mismo Stallone, que me da la sensación de que el poder del dólar le jugó una mala pasada y no dudó en bajarse los pantalones ante la posibilidad de recaudar más dinero del que hizo la segunda entrega) en intentar acercar la franquicia a un público adolescente con la introducción de cuatro personajes jóvenes que se comen buena parte del metraje, relegando incluso a un segundo plano a algunos de los mercenarios que habían sido pilares fundamentales en entregas anteriores…

Me refiero cuatro actores de nulo carisma y escasas aptitudes para el cine de acción que responden a los nombres de Kellan Lutz, Glen Powell, Ronda Rousey y Victor Ortiz, y que realmente son el motor central de una historia que tira por tierra el concepto sobre el que se venía rigiendo la franquicia desde su primera película. Su irrupción en el film ya no sólo resulta dañina por lo que supone sacar de la trama durante demasiados minutos a los actores veteranos para centrarse en gran medida en este puñado de noveles, lo que por otra parte hace que la cinta pierda su verdadera identidad y esencia, que era lo que convertía en tan especiales a cada una de las películas. Lo realmente dañino e incoherente es el hecho de que Stallone variase el discurso de una forma tan radical al introducir a una serie de jóvenes intérpretes, sin experiencia alguna en el cine de acción, cuando resulta que el motivo de la existencia de una franquicia como ‘The Expendables’ no era otro que burlarse del género de acción actual y de buena parte de esos actores modernos que lo interpretan sin tener apenas méritos para ello (como fue el caso de estos cuatro nuevos fichajes), ensalzando por otro lado a aquellos otros intérpretes del actioner ochentero que desprenden carisma, testosterona y cualidades reales. Concepto que queda instantáneamente en entredicho en esta tercera entrega.

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Y es que no tiene sentido alguno que tanto la productora como los guionistas, entre ellos el propio Stallone, tratasen de atraer en masa a un público adolescente a través del absurdo PG-13 o mediante la incorporación de cuatro guaperas de turno prácticamente desconocidos para la gran masa social, entre otras cosas porque, por muchos rostros jóvenes que incorporasen en la película, a las nuevas generaciones no les interesa lo más mínimo ni este tipo de género, ni los actores procedentes del cine de acción de los 80 y los 90. Por lo tanto, el intento de Avi Lerner y compañía de modernizar la franquicia acercándola a un concepto más propio del cine de acción actual que al de antaño recurriendo desesperadamente a lo light, a lo descafeinado, a lo sofisticado y a lo políticamente correcto, cayó por su propio peso (¿de verdad alguien pensaba que las jovencitas y los chavales de no más de 15 años iban a acudir al cine a ver un film de acción donde aparezcan un tal Sylvester Stallone, Arnold Schwarzenegger, Harrison Ford o Mel Gibson, por mucho Kellan Lutz o Ronda Rousey que endosaran?).

Teniendo en cuenta lo anterior, el film navega sin rumbo fijo, ya que ese innecesario remix entre lo añejo y lo actual, entre las balas y las nuevas tecnologías, no sólo no encaja con el perfil de la saga, sino que su indefinición convierte esta tercera entrega en una cinta que se tambaleaba gravemente hasta el derrumbe precisamente por tener un objetivo imposible y unas aspiraciones demasiado elevadas: las de procurar atraer absolutamente a todo tipo de espectadores e intentar competir, de un modo descarado y forzado, con los grandes blockbusters de acción del nuevo milenio. Craso error.

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Incluso llega a sorprender el hecho de que piezas clave como el mismísimo Jason Sthatam, el carismático e imprescindible Dolph Lundgren, o incluso Wesley Snipes (que tras un gran comienzo, se difumina por completo entre todo el caos), éste último en una incorporación que se presuponía estelar, tengan mucha menos presencia de la esperada en detrimento de las “jóvenes promesas” en un guion enteramente focalizado en ellas.

Y es precisamente aquí donde radica el segundo gran problema de la película: en su planteamiento y desarrollo argumental. Posiblemente estamos ante la historia más inverosímil e irracional de la trilogía, la cual se desmorona rápidamente en cuanto tratemos de buscarle algo de sentido común. Porque resulta cuanto menos sorprendente que nuestro héroe, Barney Ross, decida disolver el equipo tras contemplar que ya no son lo que eran debido a la vejez, reclutando con la ayuda del personaje de Kelsey Grammer a cuatro novatos sin experiencia (¡…!) para que le apoyen en su última y más peligrosa misión: capturar a Conrad Stonebanks (Mel Gibson), viejo amigo de Barney y fundador de los Expendables, ahora un peligroso terrorista de muy oscuras intenciones. Esto tiene una sola lectura: Barney Ross es realmente un tipo sin escrúpulos ni corazón y capaz de enviar directamente hasta el infierno a unos pobres jóvenes novatos, sin importarle lo más mínimo sus vidas por mucho que ellos estén dispuestos a arriesgarlas. Por lo que, según este enorme desliz, para el personaje de Ross la vida de cualquier “expendable”, ya sea joven o veterano, es realmente insignificante, cuando resulta que en la primera de las secuelas hacía alusión a todo lo contrario tras la muerte del joven soldado interpretado por Liam Hemsworth. Por no hablar ya de lo incongruente que resulta el hecho de confiar en unos muchachos sin experiencia en combate para desempeñar posiblemente la misión más difícil de la carrera de Barney.

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Y tercer y gran problema: la descomunal descompensación y repartición de metraje entre actores. Ni más ni menos que 17 intérpretes son los que conforman el reparto principal de un film que dura alrededor de dos horas para, finalmente, repartir el mayor número de minutos entre el propio Stallone y los cuatro jóvenes fichajes, mientras que el resto de actores se conforman prácticamente con “las sobras de la tarta”. Y es que de manera incomprensible estamos ante la película menos coral de la franquicia, y donde Stallone acapara por primera vez un protagonismo casi tan absoluto, como poco justo, en un más que evidente ataque de egocentrismo. Parece ser que se olvidó que ‘The Expendables’ llegó hasta aquí no sólo gracias a su presencia, sino también a la del resto de actores, los cuales deben lucir y gozar de sus buenos momentos de gloria, algo de lo que Stallone priva a un buen número de miembros del reparto con tal de engrandecer su propia figura y de ensalzar el lucimiento meramente personal y el de sus cuatro alumnos. En este sentido, el equilibrio del que hicieron gala las películas anteriores prácticamente se desvanece aquí: ni Statham, ni Snipes, ni Lundgren… nos dejaron apenas algunos momentos de verdadero interés. La aparición de Arnold Schwarzenegger fue tan injustificada como insulsa (¿para cuando una participación más determinante y amplia del personaje de Trench?), lo mismo que podríamos decir del cameo extendido de Jet Li, cuya contribución en la saga ha sido prácticamente testimonial. Mientras que Randy Couture y Terry Crews ejercen prácticamente de actores de relleno (aprovecho para reivindicar la jubilación de ambos desde ya).

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Por fortuna, las incorporaciones de Harrison Ford, Antonio Banderas y Mel Gibson funcionan relativamente bien. El primero de ellos, cuya presencia se agradece, todo sea dicho, asume un papel similar al de Bruce Willis. Mientras que nuestro actor patrio es, sin lugar a dudas, el motivo de muchas controversias como consecuencia de una interpretación que, por momentos, raya el ridículo más absoluto, pero que en el fondo llega a caer en gracia debido al enorme carisma y simpatía que derrocha el intérprete en la película, aunque su caricaturesca actuación hubiera sido más acorde en una propuesta de marco más satírico, como lo fue la segunda entrega. En cualquier caso, puedo afirmar que Banderas es el único actor que realmente consigue proporcionar algo de chispa y sazón al film, aunque el enfoque dado a su personaje no sea el más adecuado. En cuanto a Mel Gibson, no cabe duda de que su sola presencia se come la pantalla, siendo todo un torbellino de carisma y malas pulgas. Lástima que su personaje sea objeto de una resolución tan pobre en un combate final escandalosamente breve y poco vibrante. Aún así, Mel es de lo mejor de la cinta.

A todos estos inconvenientes con el casting debemos de sumar la peligrosa magnitud que empieza a tomar el hecho de que el bando de los villanos apenas esté compuesto por uno o dos actores de renombre, algo que chirría cada vez más y más (si en el primer film teníamos a Eric Roberts, Steve Austin y Gary Daniels, y en el segundo a Jean-Claude Van Damme y Scott Adkins; en esta nueva secuela es un solitario Mel Gibson el que tiene que hacer frente a todo un aluvión de héroes). Un eterno e insípido segundo acto de una hora de duración que apenas es salpicado por unas gotas de intensidad o interés, lo que convierte todo el bloque central del film en un relato incluso tedioso y aburrido. Unos efectos digitales y cromas que cantan más que en cualquiera de las anteriores películas. O ciertas escenas de acción (especialmente algunos combates cuerpo a cuerpo) filmadas de un modo bastante atropellado. Todo ello ofrece un producto de género que ya no sólo no funciona como secuela de una franquicia que, para desgracia de muchos, comienza a decaer. Sino que además baja muchos peldaños como mera cinta de acción.

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En cualquier caso, y ya entrando en los méritos del film (que los tiene), no cabe la menor duda de que algunas de las ‘set-pieces’ de acción se encuentran rodadas con dinamismo y sentido del espectáculo, especialmente unos primeros veinticinco minutos que resultan ciertamente atractivos. Lo mismo podemos afirmar sobre gran parte del tercer y último acto de la película, donde la acción se vuelve mucho más continua y divertida. Esto convierte ‘The Expendables 3’ en un producto de acción mínimamente correcto, a lo que también ayuda el hecho de sustentarse sobre un reparto más que seductor plagado de buenos intérpretes y de grandes leyendas del cine de acción y aventuras, siendo este posiblemente el mayor aliciente principal del asunto, pese a la deficiente planificación y asignación de metraje entre los distintos roles. A todo ello debo añadir que es valorable el intento de Stallone por dotar a cada película de un carácter propio que la haga diferenciarse por completo de la anterior. En este caso estamos ante una secuela mucho más sofisticada que pretende alejarse del actioner de los años 80 para adentrarse más en los cánones del cine de acción del nuevo milenio, algo que se percibe ya desde los rótulos de los posters promocionales (con una tipografía directamente extraída de las últimas entregas de ‘Fast & Furious‘), pasando por una fotografía y aspecto visual más que flamantes, unas localizaciones variadas y un estilo de acción abiertamente modernista, para concluir con esa frustrante política de intentar acaparar al mayor rango posible de público a costa de convertir el film en un producto sumamente light y actualizado, lo cual funciona y está incluso bien justificado para la mayoría de las películas de superhéores de hoy en día.

Pero esto último para una película perteneciente a esta franquicia significa más una involución que una evolución. Una tremenda despersonalización como secuela que dejó a muchos seguidores de la saga con un sabor de boca más agrio que dulce. Aunque pudiera llegar a funcionar de modo simplemente correcto como cinta de evasión, no podemos olvidar que esta saga iniciada en 2010 es lo que es, pero la mayor desgracia de esta nueva película fue pretender aspirar a ser lo que no puede llegar a ser, pecando de pretenciosa por intentar alcanzar lo inalcanzable, siendo esto su mayor error. Un error que espero se solucione para próximas entregas. Y es que como nos insinúa la clarividente moraleja final del asunto: “Cuando los jóvenes meten la pata, ahí están los mayores para solucionarlo“. Que tomen nota de ello los responsables del film y decidan encauzar la siguiente película por el camino adecuado, sin recurrir a las aburridas alusiones metafóricas sobre la vejez y la jubilación, o a esas innecesarias comparaciones entre lo antiguo y las nuevas tecnologías. ‘Los Merecenarios’ están por encima de todo eso. O deberían estarlo.

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En resumidas cuentas.
Como vengo diciendo en la presente crítica de Los Mercenarios 3, se trata de una secuela destrozada por el empeño de los productores y guionistas en expandir su público, otorgando a la película un tono y planteamiento que no encaja en absoluto con el concepto que nos pretende transmitir esta saga, que no es otro que hacernos recordar que el mejor y más honesto cine de acción era el que se rodaba hace más de veinte años. La película, pese a contener buenas dosis de acción filmada de un modo espectacular, y a pesar del innegable entretenimiento que llega a ofrecer durante muchos momentos, queda lastrada como secuela debido a un PG-13 que la convierte en una cinta excesivamente pueril y blanda, así como a un enfoque que la hace desvirtuarse por completo dentro de su esencia original. A ello debemos añadir un desarrollo argumental, por momentos, tedioso e incoherente que se focaliza en la incursión en la trama de un puñado de jóvenes actores sin carisma ni aptitudes que sólo consiguen relegar a un segundo plano a nuestros viejos y desaprovechados mercenarios. Todo ello da lugar a una muy desequilibrada asignación de metraje para los personajes más icónicos de la franquicia, cuyo peso en el film se desvanece durante demasiados minutos, mientras que la participación de otros resulta prácticamente testimonial. Demasiados actores para tan poco tiempo.

Tráiler de Los Mercenarios 3