Pacto de sangre (Pumpkinhead)
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Crítica de Pacto de sangre (Pumpkinhead)

stan_winstonSi hoy en día nos diera por acercarnos a la puerta de salida de cualquier cine tras el estreno de una superproducción actual, para preguntarle al respetable espectador que no haya llegado a la treintena que quién es Stan Winston, posiblemente ni el 10% sabría la respuesta correcta. Y es que es una verdadera lástima que las nuevas generaciones ignoren por completo el nombre de un artista del calibre de Stan Winston (1946-2008), cuyo trabajo en el campo de los efectos especiales y los animatronics fue fundamental y de vital importancia en la historia del cine fantástico moderno. Pues bien, para los que no hayan leído u oído hablar sobre él, Winston fue uno de los más reputados y laureados técnicos de efectos especiales del Hollywood contemporáneo, así como artista de maquillaje en innumerables producciones del fantástico, y supervisor/creador de los animatronics que dieron vida propia a algunas de las criaturas más míticas del cine de los 80 y 90. Hablamos del hombre que le proporcionó alma y credibilidad a los animatronics y efectos especiales de películas como ‘Depredador’ (siendo el creador del monstruo alienígena y el responsable de los efectos de maquillaje), ‘Una pandilla alucinante’ (el padre de las criaturas fantásticas de la película), ‘Aliens’ (donde ganó su primer Oscar a los mejores efectos visuales), ‘Terminator 2’ (película que le reportó dos Oscars a por los Mejores efectos de maquillaje y Mejores efectos especiales), ‘Jurassic Park’ (sus dinosaurios crearon tendencia y significaron un punto de inflexión en la historia del fantástico reciente) o, más recientemente, ‘Ironman’.

Pero la carrera de Stan Winston, tristemente fallecido en Junio de 2008 a consecuencia de un cáncer, comenzó a principios de los años 70 fundando su propia compañía: ‘Stan Winston Studios’. Desde entonces ha diseñado, maquillado, creado, supervisado y elaborado los FX y trucajes de más de 80 producciones pertenecientes al género de terror, fantástico o ciencia ficción. Toda una leyenda que ha creado escuela y cuyo trabajo, eternamente influyente, quedará para siempre en los anales de la historia del cine. Algo que también podemos afirmar sobre el mito de Ray Harryhausen (1920-2013), otro mago de los efectos especiales y stop-motion en el cine.

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Sin embargo, si había una faceta que Winston nunca había catado, pero que le suscitaba bastante curiosidad, era la del rol de director. No olvidemos que Stan Winston, que se encontraba siempre presente en el plató de rodaje de la mayoría de las grandes producciones a las que aportó su magia, ya había adquirido conocimientos de realización gracias al trabajo diario con multitud de reputados directores. De hecho, hasta el momento en que decidió embarcarse en la realización de ‘Pacto de sangre’, Winston ya había trabajado para directores de la talla de James Cameron, Steve Miner, John Carpenter, John McTiernan o Tobe Hooper (después lo haría para Steven Spielberg o Tim Burton). Así que como el propio técnico de efectos especiales afirmó en su momento: “Empecé a darme cuenta de que, después de tantos años dentro del negocio, sólo observando cómo los realizadores trabajaban en el plató tenía ya un buen conocimiento del proceso de dirección”. Dicho y hecho. Fue de este modo como surgió la idea de emprender una breve carrera como realizador, ¿y qué mejor manera que hacerlo que con una producción de terror de Serie B con monstruo incluido? Al fin y al cabo era el género en el que más se había movido Stan Winston en los años previos.

La pre-producción de ‘Pacto de sangre’, cuyo título original es ‘Pumpkinhead’ (‘cabeza de calabaza’, haciendo alusión al enorme cráneo del demonio de la película), comenzó a principios de 1987. Fueron De Laurentiis Entertainment Group, junto con Lion Films, las compañías que pusieron sobre la mesa un presupuesto de 3,500,000 millones de dólares para que Stan Winston diera rienda suelta a su imaginación. Un presupuesto minúsculo con el que el realizador tendría que sacar adelante un proyecto que, por otra parte, homenajeaba sutilmente a la criatura de la película ‘Planeta prohibido’ (Forbidden Planet, 1956), una de las cintas por las que Winston sentía gran admiración. El rodaje de ‘Pumpkinhead’ dio inicio el 20 de abril de 1987 con localizaciones en Los Angeles y California, pero a pesar del ínfimo presupuesto con el que el realizador contaba, sin duda consiguió crear lo que en aquel entonces pocos creían: una terrorífica y macabra ‘monster-movie’ de Serie B de contexto brujo-demoníaco de gran eficacia y agilidad, pero siempre plenamente adaptada a los escasos medios con los que se contaba. Es posible que gracias (y no por desgracia) a esas limitaciones, ‘Pacto de sangre’ sea hoy en día el film de culto que es y se pueda considerar sin problemas como un muy estimable y divertido exponente en clave de Serie B del cine de demonios y monstruos ochentero. Y es que Winston supo cómo paliar la escasez presupuestaria otorgando a la película elementos que, si bien no resultaban escandalosamente espectaculares de cara a la gran pantalla, sí proporcionaban a la película un aire sorprendentemente insano, inquietante y tétrico. Siendo esto la mejor baza del film.

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Esos elementos fueron principalmente cuatro. En primer lugar, una historia deliciosamente oscura y macabra, cuya sencillez y veloz desarrollo no dan ni un respiro al espectador. Además, por aquella época, el cine de venganzas, monstruos y el slasher se encontraba en pleno auge, por lo que en ‘Pacto de sangre’ se decide combinar de forma simplista pero tremendamente visual y efectiva algunas de las características esenciales de este tipo de subgéneros. A saber: una cruda historia de venganza; un demonio ancestral invocado por la persona que desea acabar con los que le hicieron mal; y una sucesión de muertes, a cada cual más terrible, por parte de la imparable criatura. Una premisa muy sencilla que capta todos los ingredientes del cine de la época, pero con un mensaje que Winston no quiso pasar por alto. ¿Hasta dónde seríamos capaces de llegar si nos arrebatan aquello que más queremos? En todo caso, y pese a ser un film de terror de segundo rango, ‘Pacto de sangre’ también nos narra una buena historia que gira en torno al arrepentimiento y al sacrificio tan cautivadora como deprimente, entre otras cosas, gracias a la increíble ambientación y puesta en escena que imprime Winston a la cinta. Este es precisamente el segundo elemento más importante: su ambientación.

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Sin duda, podemos afirmar rotundamente que se trata de una de las películas de bajo presupuesto de los 80 con una de las más logradas e impactantes puestas en escena y fotografía que se recuerdan. Sus juegos de sombras, penumbras, nieblas, viento y oscuridad (todos ellos factores muy apropiados con la finalidad de camuflar las carencias del monstruo) no hacen sino elevar el tono turbador de la historia. Amén a varias secuencias que se benefician de todo ello en cada uno de sus planos: las intervenciones de la imponente bruja en pantalla, la incursión del personaje de Lance Henriksen en el cementerio o las tenebrosas apariciones en la lejanía del llamado ‘Cabezón’. Y aquí tenemos los dos últimos elementos por los que no debemos perdernos esta película: Lance Henriksen y el verdadero protagonista de la trama, el demonio. El primero de ellos, un actor lo suficientemente solvente como para saber adaptarse sin problemas a cada uno de los géneros en los que ha trabajado. La labor interpretativa de Henriksen en la película resulta a todas luces intachable, lo que origina que el espectador llegue a empatizar fácilmente con el personaje gracias a la credibilidad que este nos transmite tras los acontecimientos que desencadenan toda la trama.

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Y no podemos finalizar esta crítica de Pacto de sangre (Pumpkinhead) sin hablar sobre el verdadero motor y protagonista del asunto: “El Cabezón”. Una criatura excepcional e impecablemente diseñada que, por desgracia, no gozó de la repercusión que se merecía por el hecho de jugar en una liga menor a la de los Aliens, los Depredadores y compañía. No obstante estamos hablando de una creación que si bien no llega a la altura de los trabajos más espectaculares de Stan Winston, sí merece ser considerada como uno de los mejores monstruos del fantástico ochentero. Todo esto convierte ‘Pumpkinhead’ en un film muy a tener en cuenta siempre y cuando seamos muy conscientes de sus limitaciones y defectos. Que los tiene: su cierta previsibilidad argumental (pese a algún giro interesante que comienza a surgir en el último acto), algunos personajes adolescentes excesivamente planos que irán muriendo uno por uno sin mayores sorpresas, (lo que no quiere decir que los actores lo hagan mal, pero sí están sujetos a manidos estereotipos propios de los adolescentes del cine slasher) o ciertos elementos de cableado que se pueden observar en alguna que otra escena si prestamos atención. Pero precisamente por todo ello ‘Pacto de sangre’ ha logrado ser tan admirada por muchos: por no esconder sus deficiencias, por su honestidad y, especialmente, por la eficacia de Stan Winston a la hora de explotar las tremendas cualidades que consigue imprimir tanto al film como a su criatura a pesar de los pocos medios para ello. Así que si quieren pasar una noche de terror a la vieja usanza, no lo duden: ‘Pacto de sangre’ es una de las mejores opciones que puede ofrecer el amplio catálogo de la Serie B de los años 80.

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En 1993 se estrenó, principalmente en video, ‘Pacto de sangre 2: La maldición de la bruja‘ (Pumpkinhead 2: Blood Wings, Jeff Burr). Olvidable y muy insípida secuela que se filmó aprovechando la buena acogida tanto de crítica como de público del film de Stan Winston. No sería hasta el año 2006 cuando la franquicia se reactivaría con dos nuevas secuelas que fueron lanzadas directamente para el mercado del DVD: ‘La venganza del infierno‘ (Pumpkinhead: Ashes to Ashes, Jake West, 2006), de nuevo, con Lance Henriksen en el reparto en la piel de Ed Harley; y ‘La cólera del infierno‘ (Pumpkinhead: Blood Feud, Mike Hurst, 2007), otra vez con el bueno de Henriksen como parte del elenco. Todas ellas tan prescindibles que no merece la pena ni tenerlas en cuenta.