Por encima de la ley
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Los ochenta, para muchos la época dorada del cine de artes marciales. Por aquel entonces ya había actores consolidados en un género que había irrumpido con fuerza, pero alguien nuevo estaba a punto de llegar. Un actor predestinado a ser grande en más de un sentido. Tras pasar su infancia inmersa en las artes marciales y labrarse un nombre en Japón como maestro de Aikido, la hoja estaba lista para ser forjada. En 1988 Steven Seagal debuta en la gran pantalla con ‘Por encima de la ley’, un título de acción que sería un trampolín para su carrera y que inauguraría la ya famosa Trilogía del dolor junto con Señalado por la muerte yBuscando justicia‘.

“Creéis que estáis por encima de la ley, pero no estáis por encima de mi”.-Nico Toscani.

Por encima de la ley

Crítica de Por encima de la ley.
Esta es la primera película que hacía Seagal para la gran pantalla, aunque ya había trabajado como instructor marcial en ‘Nunca digas nunca jamás’, en parte por su amistad con Sean Connery. En este sentido si comparamos ‘Por encima de la ley’ con películas más tardías advertimos dos cosas. Una, que en cierto modo es un trabajo atípico en la carrera del actor, una película que no está saturada de huesos partidos y articulaciones dislocadas, sino que es un thriller de acción compensado donde se dedica buena parte del metraje a lo que sería la típica investigación policial y las persecuciones, dejando en un segundo plano las escenas de lucha. Y dos, que Seagal estaba hecho un dandy, con un cuerpo delgado y el pelo engominado, cuando aún quedaban lejos los implantes capilares y los problemas de peso. No obstante algo no ha cambiado con los años, cuando Seagal recurra a sus conocimientos de Aikido para el cuerpo a cuerpo seremos testigos mudos de una eficiencia extrema. En cualquier caso luego hablaremos de Seagal y su terapia para provocar dolor.

La película está dirigida por Andrew Davis, un director que más tarde dirigiría la que ha resultado ser la mejor película de Seagal, ‘Alerta máxima’. Sin duda Davis es un todoterreno que ha rodado pocas películas pero decentes, lógicamente unas mejores que otras. Por ejemplo ya había trabajado con Chuck Norris dirigiendo ‘Código de silencio y años más tarde realizaría El fugitivo con Harrison Ford, resultando sin duda el mejor de sus trabajos.
En esta ocasión Davis parte con el único objetivo de entretener, y sin duda lo consigue desde un principio aunque la película pueda hacerse un pelín pesada en algún momento al apoyarse más en los diálogos que las escenas de lucha, algo peligroso si está protagonizada por un tío que es más hábil rompiendo huesos que pronunciando “polvorón”. Claro, hay una pega y es que el estilo de lucha de Seagal, basado en el Aikido, puede parecer monótono o repetitivo. Es decir, pillo brazo, rompo hueso… piñaco en los morros… pillo brazo, crujo el codo… Vamos, como piedra-papel o tijera pero a hostias. El Aikido es un arte marcial que se aleja de otros mucho más espectaculares y que sólo apreciarán los más entendidos en la materia. De lo que no hay duda es que en un género como el de las artes marciales, que por aquel entonces estaba dominado por los chinorris saltarines, la idea de ver a un tío engominado partiendo esfínteres sin despeinarse era algo impactante.

Por encima de la ley

Sin duda las escenas de lucha, aunque no haya tantas como desearíamos, son la mejor baza de la película. Y hablar de lucha significa hablar de Steven Seagal, que con este título introducía una forma diferente y un estilo particular de entender las coreografías marciales. No nos engañemos, como actor es más malo que un dolor de huevos y carece totalmente de sentido del humor, sobre todo con ese ceño fruncido que le confiere cara de estreñido. Pero cuando se trata de repartir galletas no hay nadie como Seagal, algo que queda patente cada vez que algún facineroso comete el error de atacarle. De hecho la película empieza con un espectacular repaso de las habilidades de Seagal como aikidoka, donde inevitablemente empiezas a pensar “Ojo que este tío sabe cascar de verdad”. Algo que se confirma nada más empezar la película cuando humilla a un par de soldados corruptos, o cuando decide interrogar a los clientes de un bar de forma un tanto expeditiva. Claro, podemos encontrar raro que la mayoría de mafiosos y delincuentes lleven machetes o porras en vez de pistolas, pero eso son minucias que se olvidan cuando la sinfonía de roturas y dislocaciones empieza a sonar.

No obstante hay algo más doloroso que los ataques de Seagal, y son algunas de las interpretaciones. En el caso de Seagal no importa demasiado porque su función es más física que vocal (impagable escucharle susurrar en VOS), aunque he de decir que si comparamos esta interpretación con algunas otras suyas estamos ante su mejor trabajo. El problema es que Seagal desprende más carisma que el resto de actores juntos, lo cual significa que algo falla con los secundarios. Ojo, el veterano Henry Silva está correcto en su papel de malo maloso, la escena del inicio donde amenaza con cortarle los pies a un pobre Charlie es toda una declaración de intenciones. Pero su personaje resulta ser más plano que el encefalograma de Chita y no deja de parecer un marrullero más. Por otra parte tenemos a la ex-reina del blaxplotation, una madura Pam Grier que está totalmente desubicada, como si se limitara a recitar sus diálogos. Por no hablar de una primeriza Sharon Stone que despacha el papel de la mujer devota de una forma totalmente insípida. Los mafiosos y chusma diversa, en cambio, cumplen su cometido que no es otro que el de caernos mal, para que cada vez que reciben notemos un agradable cosquilleo de satisfacción.

Algo típico de las llamadas películas de vigilantes es que al principio el protagonista no suele ser una despiadada máquina de matar, sino que oculta sus aptitudes bajo una imagen amigable e incluso va a misa los domingos. En el caso de Nico ocurre algo parecido, ha dejado de banda su oscuro pasado como fostiador de vietnamitas, su mejor colega es un cura y toda la familia son devotos religiosos de ascendencia italiana. Que por cierto, cuanto menos curioso que un actor que desciende de cheroquis y se ha educado en Japón tenga predilección por los personajes de origen italiano. A lo que iba, la cuestión es que la catarsis que lleva a Nico il Fostiadore a convertirse en Nico il Matarife es tan sencilla como cabría esperar. A saber, la agresión a los suyos, un desplante que le saca de sus casillas y desata el Apocalipsis. Impagable la forma como despacha a los esbirros que pretenden liquidarlo, con plegado de vértebras y crujido sobaquero incluidos.

Por encima de la ley

Conclusión.
Despachar esta crítica de Por encima de la ley es sencillo. El film contiene suficientes persecuciones, luchas y tiroteos como para satisfacer a cualquier fan del cine de acción. Ver cómo Seagal despliega todo su arsenal de roturas, luxaciones y mamporros no tiene precio, sobre todo teniendo en cuenta que lo que hace es real como la vida misma. Y también se agradece que en esta primera etapa de su carrera hiciera películas donde la trama tiene tanta importancia como los golpes, algo que con el tiempo iría decayendo preocupantemente. Pero quien se acerque a este género de una forma más casual, esperando disfrutar de unas interpretaciones impecables o un sólido argumento, dudo mucho que acabe de verla. Habrá quien diga que es para cinéfilos poco exigentes, y quizás tenga razón aunque francamente me importa un huevo. Esta es una de esas películas para puristas del denominado cine fostiador, un título que no pretende otra cosa que entretener con una historia amena y lucir las habilidades marciales de Seagal. Lo único que hay que hacer es sentarse, coger el bol de palomitas más grande que haya en casa y disfrutar. Eso sí, como se te ocurra detenerte a pensar ni que sea un solo segundo se romperá la magia.