Ley urbana
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Steven Seagal fue uno de los precursores de la recuperación del género de acción y artes marciales a finales de los 80 y mediados de los 90, compitiendo codo con codo junto a Jean-Claude Van Damme. Como la del belga (al que, por cierto, admiro mucho más como actor y como personaje público) su estrella se fue apagando en torno a la entrada del siglo XXI, debido al encasillamiento de ambos en el género y lo poco innovador de sus films. Con esta cinta, Steven Seagal pareció dar un paso adelante en cuanto a calidad, quizás porque más bajo no se podía caer, o porque después de ‘Equipo de ataque’ las pelis de Seagal se ven de otra forma. Sea como fuere… Bienvenidos a… ‘Ley urbana’.

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Crítica de Ley urbana

Veamos, en este film vamos a tener casi desde el primer momento ondonadas de leches, porque si a Seagal le matan al hijo pues no se va a quedar sentado en el jardín de su rancho rascándose la barriga, comiendo gusanitos y bebiendo Cherry-Coke en posición Zen… esperando a que el dios Buda le ilumine. ¡NO! Seagal va a ir al guetto donde fue todo, va a aparcar su Bentley en un sitio bien visible para que todos los niggers gangsters lo vean y sepan que se aloja ahí… y va a empezar a repartir galletas desde el primer momento en que tenga ocasión, porque es Steven Seagal y esto no es La extraña que hay en ti(Neil Jordan, 2007). Aquí no hay ni moralejas.

Cuando uno se sienta frente al televisor a ver una cinta del aikidoka de la coleta (aunque en esta peli no la luzca) sabe que lo importante son las peleas, las luxaciones de hombros con una gran variedad (ya sea rompiéndoles a los malos el hombro izquierdo o el derecho, para que después digan que Seagal está encasillado), llaves mortales o incluso si la ocasión lo requiere empalamientos varios… y en esta ‘Ley urbana’ tenemos ¡hasta patadas!

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Después de muchas decepciones con los últimos films que precedieron a este… con esta película Steven recuperaba algo del pulso que hizo grandes a sus viejas películas, siguiendo una fórmula sencilla pero efectiva: peleas filmadas de forma más o menos tradicional en donde la acción deja ver quién da (Seagal obviamente) y quién recibe. Aquí no tenemos a la cámara con el síndrome del «baile de San Vito» tan de moda gracias (o por la desgracia) de Peter Greengraas y su espía amnésico. Además, tenemos un ritmo que no decae con lo que la peli se pasa volando. Todo ello con un Steven Seagal en plan molón, soltando tacos, ¡hablando como un negro e incluso lo llaman negro! (pena ese doblaje chusco de telefilme que tiene la cinta, recomiendo su visionado en Versión Original) y muchos tiroteos que son de largo lo peor del conjunto.

También tenemos el hecho de que no se escatime en sangre, eso sí, los balazos revientan los cuerpos de los malos pero se ven muy chuscos y bastante cutres… por la manía que tienen en los films de serie B de ralentizar los impactos de bala (en uno o dos tiroteos vale, ¡pero en todos!) así resulta algo cargante y desquiciante ver a un tipo caer en cámara lenta. Como recurso puntual tiene un pase, pero como manía cansina cada 2 minutos de 95 desquicia al espectador. Por si fuera poco, resulta que Seagal se los carga de uno a uno, no les deja ni desenfundar el arma. Si, bueno, desenfundan las pistolas, pero para nada, porque seguramente sean tan lerdos estos aprendices de gangsters que tendrían el seguro puesto o sus pistolas serían de paintball.

Además hay un montón de peleas, a bote pronto, creo que por lo menos cuatro de las buenas (que son muchas, para que lo veníamos viendo en sus últimos estrenos) esto a los fans de Steven les sabrá a gloria. A Seagal no lo doblan en las escenas de lucha (si lo hacen en un par de contraplanos y en todas las escenas de persecuciones), vamos y si lo hacen… ¡lo han clavado! porque no se nota. Están sus movimiento aikidokas y hasta da patadas (y no a la altura de las espinillas) en el pecho y una patada casi en la cabeza de un oponente… parece que hubiera rejuvenecido 15 años en elasticidad, porque de cara ni de coña, ya que parece que la tiene hinchada de forma inhumana.

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¿Qué clase de enemigos combate Steven Seagal esta vez? pues básicamente a basura social, aprendices de raperillos sin el graduado escolar y, si se tercia, polis corruptos. El cabecilla de los gangsters (que no el malo) es Eddie Griffin. Eddie Griffin es un comediante proveniente del Saturday Live Night que en el cine ha hecho muchas «castañas» (aunque tiene en su haber la divertida Menudo bocazas’ (George Gallo, 2002) y que aquí se toma el papel a la ligera, imitando a Tony Montana (literalmente), y sobreactuando cosa mala, pero que no daña a la vista, al contrario aporta el toque cómico al conjunto. Cosa que se agradece muchísimo ante la cara imperturbable de Steven.

Por último, resaltar el cameo nimio de Danny Trejo, que incluso aparece en la portada americana del DVD. Una sola escena en un puticlub, lugar que tiene que visitar Seagal si o si en sus pelis venga o no venga a cuento. Ni se pelean ni nada de nada, es pura conversación (como la escena de la cafetería entre Pacino y De Niro en Heat’ pero sin el talento de estos dos) algo que decepcionará a más de uno, porque hubiese sido la caña que ambos se pelearan como «harían» posteriormente en Machete(Robert Rodriguez, 2010).

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En resumidas cuentas.
Llegamos al final de esta crítica de Ley urbana, una película que supuso un soplo de aire fresco para los fans y seguidores de Seagal, que a pesar de un amago de volver a la élite con la correcta y entretenida ‘Herida abierta’ (Andrzej Bartkowiak, 2001) se encontraba en caída en picado, hasta llegar a lo que es hoy: El rey de los directos a DVD´s y TV de baja calidad. Una hora y media de ración extra de palos por parte del bueno de Steven, con sus defectos (cara de pause del protagonista, pantalla azul en las escenas que transcurren dentro del coche de Seagal, premisa argumental millones veces vista y las ralentizaciones de los tiroteos) pero con unas peleas que son bien majas.

Datos de producción.
Con un presupuesto de 12 millones de dólares, la cinta fue rodada enteramente en Alburquerque (Nuevo México, USA), durante cuatro semanas. Esta supuso la tercera colaboración entre Steven Seagal y Don E. FauntLeroy (tras ‘Vengador’ y ‘Mercenary’) y la que mejores resultados cinematográficos les dio hasta ese momento.