Le llaman Bodhi
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Un cowboy de Ohio vs un renegado californiano. El FBI vs la banda de los ‘Ex-presidentes’: Surf, Mundo Zen, policías encubiertos, narcotraficantes playeros, veranos eternos, adrenalina, “la gran ola”, peligro, suspense, acción, saltos al vacío… Y el jefe de todo esto lo podéis encontrar en la crítica de Le llaman Bodhi.

“Todo sucede en ciclos, dos veces cada siglo el océano nos hace saber lo pequeños que somos… Si quieres lo mejor, tienes que estar dispuesto a pagar el precio más alto”. (Bodhi).

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Crítica de Le llaman Bodhi

Dos años después de despertar la curiosidad de los críticos con la polémica ‘Acero azul’ (Blue Steel, 1989), Kathryn Bigelow se licenció con ‘Point Break’ (en España titulada ‘Le llaman Bodhi’), una cult-movie que retomaba el cine de surfistas donde lo había dejado John Milius en los años 70 con ‘El gran miércoles’ (Big Wednesday, 1978). Como eje entre ambos films el actor Gary Busey en su versión “perro loco Busey”, tras sobrevivir a un accidente de moto del que necesitó una operación a vida o muerte para salvarle del coma cerebral irreversible.

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Durante años, esta cinta fue conocida en las oficinas de Sony/Columbia como ‘Johnny Utah’, un modesto libreto de W. Peter Iliff que fue comprado por seis mil dólares para que Ridley Scott lo produjera con vistas a ser dirigido por su hermano Tony Scott, quien tras el exitazo de El último Boy Scout prefirió rodar ‘Amor a quemarropa’.

Por otro lado, James Cameron (productor ejecutivo) vio potencial en el escrito de Ililff, y puso todo de su parte para la que por entonces era su mujer, Kathryn Bigelow, fuera la elegida. Con Bigelow a bordo fueron rondando los posibles protagonistas, de esta forma y para el papel de Johnny Utah, se sondearon a Charlie Sheen y Johnny Deep, pero a quien Bigelow quería era a Keanu Reeves.
Reciente su mega-hit ‘Ghost’, Patrick Swayze tenía carta blanca para Bodhi y cuando le preguntaron por Keanu recordó haber hecho con él ‘Youngblood’, dando el visto bueno a la elección. Lori Petty fue elegida a contracorriente para el papel de interés amoroso del relato, interpretando a una mujer lo suficientemente fuerte como para no ser sólo la damisela en apuros.

El resto del casting lo formaron: John C. McGinley como Ben Harp, el arrogante jefazo del FBI. Tom Sizemore como un agente de la DEA. Vincent Klyn y el vocalista de Red Hot Chili Peppers Anthony Kiedis como dos narco-surfers mohicanos. Y, finalmente y para dar más autenticidad al reparto, se eligió a dos surfistas californianos como parte del séquito de Bodhi: John Philbin (Nathanial) y Bojesse Christopher (Grommet). Completó el equipo James Le Gross (Roach).

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‘Le llaman Bodhi’ no fue ni mucho menos una pequeña producción, cerca de 25 millones de $ le dieron a una directora ciertamente novata como Bigelow para que rodara, bajo el manto de Cameron y con total libertad, la visión de una mujer en una historia cargada de testosterona y adrenalina. Esto podía dar mucho juego y lo dio.

Ciertamente, ‘Le llaman Bodhi’ no tiene un guión que fomente las grandes actuaciones, diálogos profundos o tramas potentes… pero en su favor hay que decir que presentó una trama peculiar: surfistas atracando bancos para financiar sus fiestas y viajes, introduciendo además a un cowboy en busca de un forajido como variación nada disimulada del western más puro. ¿El resultado? 83 millones de dólares de recaudación mundial y una cantidad indecente de VHS alquilados y vendidos, una fiebre incalculable que reinventó el fenómeno sobre el Surf y la etiqueta de cinta de culto.

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Desde su estreno, más de una treintena de cintas de surf han intentado repetir su éxito, pero ninguna la superó, ni siquiera su remake de 2015. La respuesta parece simple: la unión de talentos y lo más importante, “el momento” que no se volvió a igualar. Recordar que ‘Le llaman Bodhi’ tenía a una estrella en ascenso como Keanu Reeves en una actuación plena de físico, algo que le venía como anillo al dedo a un actor que es más de silencios que de diálogos. Patrick Swayze en su cenit. Gary Busey regresando de entre los muertos para dar una lección de energía desbordante. Una banda de atracadores con máscaras de los presidentes Johnson, Carter, Nixon y Reagan. Además, una acertada conjunción de escenas de adrenalina, con tiroteos y persecuciones a pie, peleas, romance, hermandad entre machos y algo que, si se hace bien (lo de que el “malo” despierte tanta o más simpatía que el bueno), es una formula predestinada al triunfo.

Patrick Swayze recordaba en una retrospectiva, coincidiendo con el 25º aniversario de ‘Le llaman Bodhi’, que este fue el film con el que mejor se lo pasó en toda su carrera. También ironizaba sobre los seguros de producción que le negaban tajantemente saltar en paracaídas… pero que no pusieron pegas para que se metiera en el agua enfrentándose a gigantescas olas que estuvieron a punto de acabar con él en una decena de ocasiones, provocándole un fuerte traumatismo en el esternón que le sacó del agua varias veces al borde de la asfixia. Finalmente, Swayze llevó a cabo los saltos al vacío de su personaje (tanto figurados como literales), uno de ellos sin cortes en donde con un “Adiós, amigo” se lanza al vacío ante la atónita mirada de Utah, un Reeves que si fue doblado en las escenas de paracaidismo.

“No sabes nada, menos que nada. Si supieras que no sabes nada, al menos sabrías eso… Realmente tienes algo especial ¿verdad chico? Joven, tonto y lleno de semen. Lo sé. Lo que no sé es como has sido enviado aquí, a Los Ángeles, quizás es que andemos cortos de gilipollas”. (Ben Harp).

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En resumidas cuentas.
Termino ya esta crítica de Le llaman Bodhi, la quintaesencia del cine de machos al estilo de los años 90 y una cinta de culto con toda la justicia. Sientes el miedo, la lucha contra el mar, la adrenalina, la sensación del verano y de que todo es posible. ‘Le llaman Bodhi’ despierta en el espectador sueños y recuerdos. Simplemente una de las imprescindibles de su década.