El tren del infierno
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Dos fugitivos, un tren descontrolado y un destino incierto a través de parajes desolados. Con este cocktail ganador, el director ruso Andrei Konchalovsky nos ofrece una tensa historia de lucha y superación a bordo de… ‘El tren del infierno’.

“Estoy en guerra con el mundo”.-Manny.

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Crítica de El tren del infierno

Posiblemente el nombre de Andrei Konchalovsky nos recuerde más a un tenista, pero si decimos que fue el director de Tango y Cash’ (1989), una de las mejores buddy movies de que ha dado el cine, la cosa ya cambia. En esta ocasión nos ofrece una película con una base argumental que a más de uno le resultará familiar: un tren descontrolado que viaja a toda velocidad con pasajeros atrapados a bordo. Lógicamente, cuando hablamos de vehículos descontrolados acuden a nuestra memoria dos películas, Speed’ (Jan de Bont, 1994), y la más reciente Imparable’ (Tony Scott, 2010), ambas orientadas a la acción y el entretenimiento en una línea más o menos comercial. Pero como se suele decir… “Rechacen imitaciones”.

Y es que las películas que acabo de citar no son malas, al contrario, pero a poco que analicemos la cinta de Konchalovsky veremos que sólo tienen en común con ella su ritmo trepidante. Por lo demás, ‘El tren del infierno’ es mucho más completa en todos los aspectos, con un guión mejor trabajado que no requiere de grandes alardes visuales para funcionar y con un sólido trabajo interpretativo. Además, aprovecha los hostiles parajes de Alaska para ahondar en la psique del ser humano y su instinto de supervivencia más primario, dotando al conjunto un tono claramente crepuscular.

Que el guión sea tan bueno no es casual, no sólo se debe al buen trabajo del equipo encargado, sino que está basado en un proyecto original de Akira Kurosawa que había sido abandonado. Así hasta que la Golan Globus decidió rescatarlo y dar la campanada con la que sin duda es su mejor producción.

Probablemente, Kurosawa habría escogido al inefable Toshiro Mifune para interpretar a Manny, pero si había un sustituto de garantías ese es Jon Voight. Encarnando a un preso que lleva tres años encerrado y ansía la libertad por encima incluso de la vida, Voight insufla al personaje no sólo una energía diabólica sino también un punto de intelecto poco esperado en un convicto de su clase. Sin duda uno de los mejores trabajos de su carrera como actor. Junto a él tenemos a un correcto pero histriónico Eric Roberts que da vida a Buck, el típico bocazas con más músculos que inteligencia, un perrito faldero que idolatra a Manny como si fuera el padre que nunca tuvo. Y finamente está Rebecca De Mornay, que aquí abandona su habitual glamour para ofrecer quizás una de sus buenas interpretaciones, que tampoco son muchas.

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La trama se beneficia claramente de unos secundarios más que correctos. Quizás el más destacado de ellos sea John P. Ryan, que interpreta al alcaide de la prisión de donde se han fugado los convictos. Un ser amoral, violento y despreciable que busca por todos los medios acabar con Manny y que con la fuga encuentra la excusa ideal para lograrlo. Y claro, también está el personal ferroviario que trata de dirigir al tren descontrolado para evitar un desastre. Aunque claramente hay un personaje crucial, el propio tren. Desde el principio se nos presenta con un aura mitológica, apareciendo entre vapores y sellando el destino de los fugitivos.

Presentarnos a un par de convictos ejemplares hubiera sido el recurso más fácil, en lugar de ello tenemos a unos personajes que de buenos tienen más bien poco. Por un lado, un preso veterano, curtido y violento, lo que se suele llamar un tipo con las pelotas de acero. Y, por el otro, un joven inseguro y demasiado parlanchín que cumple condena por violación y no duda en unirse a la fuga a pesar de las reticencias de Manny, que no quiere que otros compartan su aciago destino. El enorme mérito de la película es conseguir que nos preocupe el destino de semejantes individuos, algo imprescindible en toda cinta de aventuras que sólo se consigue dotando a los personajes de pasión y cierto salvajismo animal.

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También es importante destacar el trabajo cinematográfico de Alan Hume. Sus tonos fríos y apagados plasman la inclemencia y hostilidad de los parajes nevados a través de los cuales viaja el tren. A fin de cuentas lo que se pretende es sembrar en nuestras mentes la duda y el pesimismo ante el destino de los protagonistas, mostrando un exterior tremendamente vacío, la máxima expresión de la nada. Sólo el tren parece dar un engañoso cobijo a sus viajeros mientras va sellando su destino, un tren de personalidad siniestra que personalmente siempre me ha recordado a El diablo sobre ruedas(Steven Spielberg, 1971).

La música corre a cargo de Trevor Jones. Con una base de sintetizadores muy propios de los ochenta logra crear ese punto de drama que necesita la historia. Especialmente notables los compases que acompañan a los planos del tren mientras acelera descontrolado a través de las vías o las escenas de acción excelentemente rodadas, como si de una película de alto presupuesto se tratara. Un compositor que, sin duda, todos deberíamos recordar por trabajos como Cristal oscuro(Frank Oz y Jim Henson, 1982).

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Conclusión.
¿Qué más puedo decir en esta crítica de El tren del infierno? El trabajo interpretativo, el guión, la banda sonora, los exteriores, la tensión… Todo en ella nos invita a disfrutar desde el momento en que el tren se pone en movimiento y comienza a deslizarse por las vías. Al contrario de lo que se pueda pensar no existen diálogos grandilocuentes sino un aspecto comunicador basado más en la imagen que las voces, un ejemplo más del buen hacer de Konchalovsky. No quiero dar más detalles ni pistas, tan sólo decir que si alguno de nuestros lectores aún no ha podido ver esta película… que no espere más, no se arrepentirá.