Danko: Calor rojo
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El inefable Walter Hill nos trajo en esta ocasión una película ambientada en los finales de la Guerra Fría y de la que se cumplen 30 años. Un policía ruso expeditivo, un irónico detective de Chicago y un traficante con muy malas pulgas conforman este producto puramente ochentero donde la acción es la absoluta protagonista de… ‘Danko: Calor rojo’.

-Ivan Danko: “¿Conoce la Ley Miranda?”.
-Gamberro: “No conozco a esa zorra”.

Ivan Danko

Crítica de Danko: Calor rojo

En una ocasión, Walter Hill afirmó que todas sus películas eran en cierta forma un western. Y la verdad es que observando detenidamente ‘Danko: Calor rojo’ encontramos todos los elementos propios del género. Porque el western no es otra cosa que un universo desgarrado donde los problemas se solucionan con métodos que van más allá de lo moralmente aceptable. Un principio que, como vemos, es fácilmente aplicable a un sinfín de películas de acción contemporáneas. En este caso, Hill mezcló este concepto con el subgénero de las buddy movies, muy en la línea de lo que fuera esa otra película suya que es Límite: 48 horas(1982). La pareja protagonista está formada por dos policías de características muy opuestas que, pese a sus diferencias, están condenados a entenderse. No descubro nada nuevo si digo que Hill es un director de pulso firme cuando se pone serio, y un ejemplo sería The Warriors(1979), pero es innegable que también posee un don natural para ofrecer productos de entretenimiento muy gratos, aunque éstos sean de usar y tirar.

Ya la secuencia inicial de ‘Danko’ es toda una declaración de intenciones, a la par que un ejercicio de homoerotismo como pocos he visto. Todo comienza en una especie de baño turco donde una legión de tipos cachas medio en pelotas realizan sus ejercicios con pesas, incluso el tipo que echa carbón al fuego es una masa ciclada de músculos. A medida que Schwarzenegger va abriéndose paso por la sala, llegamos a una sauna mixta donde los hombres van ataviados con un simple taparrabos y las mujeres como Dios las trajo al mundo. Al final todo acaba desembocando en una brutal pelea sobre la nieve que da inicio a los créditos. Llegado a este punto lo normal es tener el culo pegado a la butaca… porque lo que viene a continuación es más de hora y media de cine de acción añejo, con peleas y tiroteos muy bien rodados que hacen las delicias de cualquier fan del gigantón austriaco.

Ivan Danko

Hemos de tener en cuenta que, a finales de los ochenta, la Guerra Fría estaba llegando a su fin, eran los años del Glasnost y con Gorbachov en el poder la enemistad entre rusos y americanos comenzaba a ser un triste recuerdo. Walter Hill aprovechó toda esa atmósfera para ahondar en las diferencias entre capitalismo y comunismo, siempre al servicio de un guión un tanto flojo y unas situaciones cómicas muy bien logradas.

Arnold Schwarzenegger encarnó a Danko, un estoico policía ruso que, a su llegada a Estados Unidos, contempla con indignación los efectos del decadente capitalismo. Su carente sentido del humor contrasta con el personaje de James Belushi, que representa el way of life norteamericano, donde la libertad del individuo es algo incluso obsceno a ojos de su compañero ruso. Y qué mejor forma de mostrarlo que enfrentar a un tipo de cuerpo cincelado como Arnold con un actor bajito y con sobrepeso como Belushi. En cierta forma es como contraponer la disciplina física más férrea con la libertad que te permite cebarte a hamburguesas.

Ivan Danko

Para cuando se estrenó esta película Schwarzenegger ya era un actor de acción consagrado, y aquí cumple con creces lo que se espera de él, que no es otra cosa que la rudeza que caracteriza a su personaje, un tipo que dispara primero y pregunta después. Pero además consigue despertar más de una sonrisa mediante su peculiar forma de interpretar al rudo policía ruso. Seguramente había actores capaces de hacer lo mismo que él en aquellos tiempos, y además con mejores dotes interpretativas… pero, sin duda, no lo hubieran hecho como él, algo que ya va siendo hora que se le reconozca.

Por su parte, James Belushi llegaba de rodar como protagonista absoluto la película ‘El rector’ (Christopher Cain, 1987). Aquí se encarga de aportar el sarcasmo a la trama. El problema con Belushi es que el aspecto puramente cómico no está contemplado en esta cinta, y para ser francos podemos creernos que es cualquier cosa menos un actor de acción, aunque se pase media película corriendo. Además, la chispa que debiera haber entre Danko y Ridzik brilla por su ausencia. O para entendernos mejor, no existe la química que se podía observar entre Nick Nolte y Eddie Murphy.

Danko: Calor Rojo

El villano de turno fue interpretado por Ed O’Ross, un actor que nació con cara de facineroso y que de hecho ha interpretado a delincuentes rusos de distinto calado en no pocas producciones, incluso en la serie televisiva ‘Los Soprano’. Obviamente su personaje es un cúmulo de topicazos, todo aquello que en los ochenta cabía esperar de un criminal ruso. Es decir, un tipo con mala leche, de aspecto odioso y que además tiene las cuerdas vocales castigadas por el consumo abusivo de vodka.

También es destacable el pequeño papel que interpreta el fallecido Peter Boyle, encarnando al jefe de Ridzik y que debe velar para que todo no se vaya al traste y las calles de Chicago acaben convertidas en un campo de batalla. Como mero florero tenemos a Gina Gershon, una simpática furcia en apuros que está siendo utilizada por Viktor Rosta y que tampoco aporta demasiado al film.

Viktor Rosta

Debo destacar, una vez más, que lo que salva a esta película no es propiamente el trabajo de los actores. Walter Hill fue lo suficientemente inteligente como para utilizar a Schwarzenegger para lo que mejor sabe hacer, y al mismo tiempo tuvo el acierto de limitar el tiempo en escena de Belushi a lo estrictamente necesario. Tampoco es el guión que, pese a su exagerada simplicidad, es exprimido al máximo de sus posibilidades. No, el elemento que apuntala esta producción es el pulso narrativo de Hill, esa acción marca de la casa que nos ofrece, sazonada con abundantes y excitantes set-pieces y con un duelo final apoteósico. La música de James Horner acompaña, pero sólo son destacables los temas de inicio y final, un soberbio trabajo de coral rusa.

Como dato curioso hay que contar que, aunque la producción de la película se llevó a cabo íntegramente en Estados Unidos, se rodaron algunas escenas en Moscú. La productora había solicitado un permiso para rodar en la capital rusa, pero eran unos años convulsos y se les denegó. Walter Hill no se resignó y en un arrebato de profesionalidad consiguió enchufarse en un vuelo nocturno destino Moscú con el equipo mínimo. Tras registrarse en un tranquilo hotel vistieron a Arnold con el uniforme de policía ruso y se dirigieron a la Plaza Roja para rodar algunas secuencias. Tan convincente era la pinta de Arnold que otros oficiales rusos se acercaron para preguntarle algo. No pasó mucho hasta que algunos viandantes le reconocieran (el propio Arnold quedó altamente sorprendido de la gran cantidad de fans que tenía en Moscú gracias al mercado negro del video), ante lo cual decidieron volver a toda prisa al hotel y regresar a Estados Unidos.

Moscú

Conclusión.
Finalizo esta crítica de Danko: Calor rojo, una película de la que se suelen oír todo tipo de opiniones. Algunos la tachan de producto infumable protagonizado por un culturista carente de dotes interpretativas, y con una trama plagada de elementos y diálogos absurdos. Otros la elevan a los altares como si fuera la quintaesencia del cine de acción, con un explosivo Arnold Schwarzenegger en plena forma que reparte estopa como nadie. Yo prefiero quedarme en un término medio. Primero, porque cuando me siento ante una película del gigantón austriaco tengo muy claro lo que quiero ver y, sobre todo, lo que voy a ver. Y segundo, porque no creo que esta sea esa gran cinta de acción venerada por tantos, el propio Arnold tiene en su filmografía cosas mejores que ofrecer y Hill ha dirigido obras mucho más notables. Pero el balance general cuando pienso en esta película no puede ser otra cosa que positivo. Me gusta el cine de acción de los ochenta con sus virtudes y defectos, me gusta ver a un tipo repartiendo plomo entre los delincuentes, me gustan las fanfarronadas y los diálogos flipantes, me gusta lo políticamente incorrecto en un presente donde hasta tirarse un pedo está mal visto. Y la verdad, si todo eso lo firma un director de la talla de Walter Hill no necesito nada más para convencerme.