Límite 48 horas
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No estamos ante un film cualquiera, estamos ante la gran precursora (y una de las mejores) buddy movies (pelis de colegas, habitualmente uno blanco y otro negro, este segundo solía ser el contrapunto cómico al duro poli blanco, bebedor y solitario…) que tan de moda estuvieron en los 80 y 90. De la mano del siempre eficaz Walter Hill, con Nick Nolte y Eddie Murphy (en su debút cinematográfico) en el bando de los buenos, y al otro lado de la ley James Remar como el villano de turno. Bienvenidos a… ‘Límite: 48 horas’.

“Que una cosa te quede clara, negro: No somos socios, no somos hermanos y ni siquiera amigos”. (Jack Cates)

La trama: 48 HRS.
Como sello característico del cine ochentero, ‘Límite 48 horas’ empieza directa y al asunto. La fuga de Albert Ganz (sensacional James Remar) de la cárcel donde cumplía condena, y de dónde consigue escapar gracias a la ayuda de su compinche de juergas apodado “El Indio” (imponente Sonny Landham). En su huida dejan tras de sí un reguero de cadáveres de guardias de la prisión y tienen como objetivo hacerse con los 500.000 $ de botín que se quedó para sí Reggie Hammond (contenido y genial Eddie Murphy), antiguo compinche de la banda que cumple una condena de 5 años en otra penitenciaria. El único de la banda que no pisó el talego es Luther (David Patrick Kelly) que tendrá que encontrar el dinero de Reggie si quiere volver a ver con vida a su novia, secuestrada por Ganz y “El Indio” con no muy buenas intenciones. El punto de unión de todos estos personajes es Jake Cates (memorable Nick Nolte), un policía de San Francisco de andares cansinos y con un carácter irascible, bebedor insaciable y fumador empedernido que ve como dos compañeros suyos mueren ante sus ojos cuando Ganz apretaba el gatillo salvándose él mismo de morir por los pelos. A partir de ese instante, Cates jura venganza, por sus compañeros y por su orgullo propio, y no descansará hasta que Ganz duerma el sueño eterno.

Crítica de Límite 48 horas

Cuando se desata la acción en el film es cuando empieza a notarse la buena mano de Walter Hill (hoy denostado a la siempre entrañable serie B), Hill dirige con brío la cámara por las míticas calles de San Francisco, y así, y subidos al descapotable de Cates, hacemos un tour especial por la ciudad mientras asistimos a varias y espectaculares set pieces de acción: la brutal fuga de la cárcel, el tiroteo en el sucio motel de turno o el excelentemente filmado clímax final con Cates apareciendo de entre la niebla pipa en mano como si acabara de llegar del Infierno… con el único cometido de matar a Ganz y rellenar el informe para luego irse (por fin) a darle caña a su novia.

Vista hoy, la acción de la que hace gala la cinta podría considerarse como muy artesanal (aunque eso no tenga nada de malo, al contrario) pues estábamos en los 80 y allí todo se hacía a la manera antigua, es decir, con explosiones reales, actores jugándose el tipo colgados de un coche a toda velocidad y sangre a borbotones. No como ahora, que todo se debe al uso del CGI o el apestoso e irreal uso de cables en las peleas para darle supuestamente más espectacularidad a las películas… Un “paso” en el cine de acción, que a mi modo de ver, es totalmente innecesario y que está matando la verdadera esencia de este (tan admirado y añorado) género. Porque resulta de pena de muerte que artesanos de sobrada calidad como Walter Hill, John McTiernan, Christopher McQuarrie, David Ayer o Shane Black no tengan el futuro del cine de acción en sus manos…

Al margen de la acción desenfrenada, tenemos muy bien intercalados en la trama numerosos puntos cómicos: la pelea entre Cates y Hammond o las visitas al bar de paletos donde Hammond no es muy bien recibido, y la venganza de este citando a Cates en un bar sólo para negros… Estos arranques cómicos se sustentan, en gran parte, gracias a la química y el buen hacer tanto de Nick Nolte como de Eddie Murphy, los dos metidísimos en sus personajes. Especialmente Murphy que como Hammond sólo piensa en dos cosas: encontrar su pasta y descargar la cisterna. Sin dar rienda suelta al histrionismo que luego llegaría a cansar en sus siguientes films, Eddie Murphy compone aquí un personaje típico pero tremendamente efectivo y que marcaría su carrera en los 80: el buscavidas de labia infinita, personaje que le dio fama internacional después de sus excelentes y tronchantes apariciones en el televisivo programa Saturday Live Night, lanzadera de cómicos (la mayoría negros) y que era toda una novedad pues hasta esta cinta pocas producciones habían emparejado a negros y blancos en el mismo bando…

Hablamos de un film claramente taquillero y que creó escuela, ya que films posteriores bebieron de las influencias de este, poniendo en pantalla a dos protagonistas de caracteres totalmente diferentes y obligados a trabajar juntos para resolver un asunto de fuerza mayor. Por su parte, Nick Nolte está simplemente genial. Si no fuera por sus incontables vicios (más de una vez le han arrestado por conducir ebrio o ir con sustancias ilegales) estaríamos hablando de uno de los mejores y más talentosos actores de todos los tiempos, pero aún así y con sus vicios, Nolte se ha labrado una filmografía plagada de títulos memorables y actuaciones magistrales, incluso llegando a interpretar una versión muy parecida de sí mismo en la pantalla en el notable ‘El buen ladrón’ (Neil Jordan, 2002).

“Déjame decirte una cosa negro, yo peleo sucio”. (Cates)

Límite 48 Horas

En resumidas cuentas. 
Concluyendo esta crítica de Límite 48 horas, cabe decir que tenemos entre manos un film de acción callejera imprescindible, una cinta que se incluye dentro del sub-género de buddy movies de la que es precursora y con un acertado timing de acción y comedia. Un reparto de lujo con unos estupendos Nolte, Murphy y Remar. Genial dirección del maestro Hill.

Tráiler de Límite 48 horas