Ben-Hur
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En 1959 William Wyler dirigió la que sin ningún género de dudas es la mayor película de romanos jamás filmada. Una obra ya legendaria que contó con la presencia de un Charlton Heston en el mejor momento de su carrera y se convirtió por méritos propios en un referente dentro del género del peplum. Bienvenidos a ‘Ben-Hur’.

«Devuélveme a mi madre y a mi hermana, y olvidaré todos los juramentos que fui haciendo a cada golpe de aquel remo al que tú me encadenaste”.-Ben-Hur.

Judá Ben-Hur

Crítica de Ben-Hur.
Hablar de ‘Ben-Hur’ es hablar de otros tiempos y otra forma de entender el cine. La televisión acababa de irrumpir en todos los hogares y la industria cinematográfica se volcó en grandes superproducciones épicas para conseguir cautivar a un público reticente. Los años cincuenta fueron la edad dorada del peplum, con películas como ‘La túnica sagrada’ o ‘Los diez mandamientos’, y William Wyler no dejó pasar la oportunidad de ofrecer una obra de proporciones épicas. Tal fue el despliegue efectuado que se necesitaron 300 sets de rodaje y un presupuesto de quince millones de dólares, una auténtica fortuna en aquellos años. La producción le salió redonda a los estudios de la Metro, ya que con los noventa millones de recaudación consiguieron eludir la amenaza de la bancarrota. Además la película se llevó la friolera de once Oscars de la Academia, un récord que aguantaría hasta 1998 cuando James Cameron igualó la proeza con ‘Titanic’.

‘Ben-Hur’ es una adaptación de la novela homónima de Lewis Wallace, con ciertas licencias dirigidas a potenciar el dramatismo pero que no alteran significativamente la esencia de la historia. Quizás la alteración más interesante llevada a cabo por el guionista Gore Vidal fuera insinuar la homosexualidad velada de Ben-Hur y Messala. Obviamente, los estándares de la época no permitían semejante lectura, así que todo se limitó a dirigir a Stephen Boyd para que actuara como si en el pasado hubiera vivido una relación sentimental con el personaje de Charlton Heston, sin que éste lo supiera. Eso ayudaría a explicar la reacción del romano cuando Judá le implora ayuda y éste se la niega. El resultado es un guión muy bien elaborado, marcado claramente por tres capítulos: la condena de Judá, su regreso y el acercamiento a Dios. Un esquema que sugiere tanto una historia de venganza como la redención ante las adversidades de la vida con la ayuda de la fe.

Ben-Hur

Hay que recordar que esta novela ya fue llevada a la gran pantalla en 1926 de la mano de Fred Niblo. Una versión muda pero nada desdeñable que contó con el talento de uno de los mejores actores del momento, Ramón Novarro. Y si alguien podía recuperar el colosalismo de esa película y dotarlo de la grandeza que aportaba el Technicolor, ese era William Wyler. Un director curtido en todo tipo de géneros, desde westerns como ‘Horizontes de grandeza’ a comedias entrañables como ‘Vacaciones en Roma’. Y con la película que nos ocupa Wyler desveló la fórmula perfecta para unir el cine con el espectáculo visual. Baste como ejemplo el minucioso trabajo de filmado y montaje con las pesadas cámaras de 75 mm. en la ya famosa carrera de cuadrigas. Una secuencia cuya influencia se ha dejado notar en directores actuales como el mismísimo George Lucas.

Una obra de estas dimensiones requería a un actor de prestigio, y quien tuvo el honor de dar vida a Judá Ben-Hur fue Charlton Heston, que ya se había consolidado en el star system con títulos como ‘Cuando ruge la marabunta’ o ‘Los diez mandamientos’. No fue una elección sencilla, ya que inicialmente se habían barajado los nombres de Burt Lancaster, Rock Hudson o Paul Newman. Pero todos rechazaron el papel por un motivo u otro, así que finalmente la responsabilidad recayó en Heston, que nos legó a un Ben-Hur de físico poderoso, agresivo y tremendamente orgulloso. Era además una oportunidad única para Heston de poder gozar de ese exhibicionismo tan natural en él, ya que el guión le exigía lucirse físicamente en no pocas escenas. Como némesis de Judá se nos presenta al tribuno romano Messala, un amigo de infancia de Ben-Hur que comparte los rasgos característicos del noble judío pero adaptados a su propia ideología. Con este trabajo Stephen Boyd alcanzó la máxima excelencia retratando a un hombre pérfido que ha hecho del odio y el rencor su bandera, llevándolos a sus últimas consecuencias.

Boyd y Heston

Uno de los mayores aciertos de Wyler fue no reunir demasiadas estrellas, prefiriendo la inclusión de grandes secundarios. En este caso un excelente Jack Hawkins, recordado por ‘Tierra de Faraones’, en la piel de Quinto Arrio, el comandante romano que acoge a Judá como a un hijo y que le facilita emprender el camino de la venganza. Como también tenemos a un genial y pintoresco Hugh Griffin dando vida al árabe Sheik Ilderim, que entabla una fuerte amistad con Judá contratándole como conductor de cuadrigas. En realidad para Judá serán meros instrumentos que le ayudarán a conseguir su objetivo final. Porque no hemos de perder de vista el eje principal de esta historia, que es el odio que consume a Ben-Hur y cómo la fe en Jesucristo puede redimirle.

Ese camino de venganza es dibujado a través de tres secuencias memorables. La primera es el encuentro de Ben-Hur con un Jesucristo al que nunca veremos el rostro y a quien puso voz el cantante de ópera Claude Heate. Es el instante donde el reo, condenado a galeras y presa de la desesperación, revive gracias a la misericordia de un desconocido. La segunda sucede a bordo de la galera donde está encadenado Ben-Hur, cuando su destino y el de Quinto Arrio se unen irremediablemente. Es una secuencia poderosa en la que queda patente la determinación de Ben-Hur y su empeño en sobrevivir. Y la tercera es sin género de dudas la famosa carrera de cuadrigas, cuando el camino de Ben-Hur llega a su fin en una de las secuencias más impresionantes de la historia del cine.

Quinto Arrio

Y es quizás en esta carrera donde más queda reflejado el espíritu que guiaba a la MGM al producir esta película. No se escatimó en gastos, y como originalmente no había ningún circo romano en Jerusalén, se construyó uno para acoger la secuencia. Para ello aprovecharon las ruinas del Circo Máximo de Roma, que aún hoy en día pueden ser visitadas, y gracias a la ayuda de diversos arqueólogos se recreó con todo detalle lo que era un circo romano. No se usaron efectos digitales, ni miniaturas, ni apenas dobles. Tanto Cherlton Heston como Stephen Boyd manejaron sus propias cuadrigas aunque ello supusiera poner en peligro su integridad física. Eran otros tiempos, de eso no cabe duda, pero el resultado sigue siendo inigualable a día de hoy.

Obviamente se pueden hacer lecturas más profundas de esta película. Hay quien considera que es un alegato racista contra los blancos, sobre todo focalizado en los romanos que representan el mal. Otros prefieren ver un mensaje sionista dirigido a enaltecer las virtudes del pueblo de Israel frente a la opresión del mundo, nada raro teniendo en cuenta el poder del lobby judío en Hollywood. Y en esa línea podemos observar que el personaje de Ben-Hur es virtuoso en extremo, llegando a escenas ilógicas como cuando tras la carrera le dice a Mesala «No veo a ningún enemigo». Cuanto menos curioso teniendo en cuenta que llevaba toda la película queriéndolo matar. En cualquier caso dejaremos este asunto a consideración de cada uno.

Finalmente, no podemos acabar esta crítica de Ben-Hur, sin hacer una mención especial a dos de los profesionales que contribuyeron a que esta película fuera probablemente la más grande de todas las que se han rodado. Robert L. Surtees, un mago de la fotografía que ya había trabajado en Quo Vadis y que realiza una labor impecable. Y el compositor de origen húngaro Miklós Rózsa, del que podríamos citar tantas y tantas películas donde dejó su sello personal. Es muy posible que la premiada banda sonora compuesta para ‘Ben-Hur’ sea una de las mejores de su carrera, pero creo justo destacar que también en títulos de corte dramático comoRecuerda fue capaz de alcanzar la excelencia.

cuadrigas

Conclusión.
Siempre que se habla de cine y espectáculo pienso en ‘Ben-Hur’, porque es una película que en mi opinión contiene todo aquello que un blockbuster debe poseer. Grandes interpretaciones, personajes bien trabajados, una historia cautivadora, un diseño de producción excelente, secuencias memorables y una mano firme gobernando la nave. La mayor prueba de todo ello es que pasados más de cincuenta años esta obra maestra del cine sigue conservando el frescor y la épica que en su momento la convirtieron en un éxito de taquilla. Se me hace difícil pensar que alguien no la haya visto todavía, pero si esa persona nos lee sólo me queda recomendarle que lo haga, seguro que no se arrepentirá.