Noche en el museo 2
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Esta segunda entrega de Noche en el Museo (Shawn Levy, 2009) recaudó, de manera sorprendente, más dinero queTerminator Salvation (McG, 2009) en su primer fin de semana en salas estadounidenses. Resulta cuanto menos sorprendente el enorme tirón comercial que siguen teniendo las comedias familiares, incluso las más ramplonas y repetitivas… como fue el caso de esta película de Ben Stiller. Era obvio que el nivel del film iba a bajar con respecto a su predecesora, pasando de una propuesta relativamente coherente como lo fue la primera parte, a una secuela totalmente desbocada, fuera de control y a ratos incluso aburrida. La chispa se perdió, el efecto sorpresa también… pero pese a todo, la cinta se deja ver con cierto esfuerzo y sacrificio. Totalmente recomendable para niños de no más de cinco o seis años. El resto de espectadores quizás queden defraudados con una película que está bastante por debajo de su antecesora, aunque a nivel de efectos especiales y personajes resulte infinitamente más rica y condimentada.

Noche en el Museo 2

Crítica de Noche en el Museo 2

‘Noche en el museo’ era una película novedosa, fresca, original, visualmente atractiva y llena de personajes divertidos a la vez que carismáticos, lo que la convirtió en un producto que, contra todo pronóstico, agradó (y recaudó) lo suficiente como para planear una secuela que intentara igualar el éxito de su predecesora. Lo malo del asunto es que la fórmula es exactamente la misma (salvo un pequeño detalle que luego comentaremos) y no ofrece nada verdaderamente novedoso que le imprima a la cinta ese plus de interés que debería de atesorar. Es más, esta segunda entrega termina aburriendo en ciertos momentos debido a su abrumador contenido de personajes, muchos de ellos atractivos e interesantes, pero que colapsan la pantalla y la historia de un modo atroz, restando continuidad a otro tipo de protagonistas quizás más importantes y originando por momentos un verdadero caos. Lo gracioso del asunto es que el director, a sabiendas de que le iba a resultar complicado igualar la primera película, posiblemente optó por tirar la casa por la ventana añadiendo masivamente (y de forma deliberada) innumerables personalidades de todo tipo y de todas las épocas, a pesar de que muchos resultan intrascendentes y la proporción de metraje correspondiente a cada uno de ellos no sea para nada equilibrada.

Básicamente lo que nos encontramos en esta secuela se resume en esto: actores que van de un lado a otro sin demasiado sentido, muñecos digitales que vuelan o saltan con la simple intención de “chupar” cámara… avionetas, pilotos, astronautas y mitos del cine deambulando por el plató (incluyendo a Darth Vader y…¡¡¡al monstruo de las galletas!!!), y ciertos “gags” algo repetitivos e incluso insulsos que convierten esta continuación en un pequeño descalabro, aunque totalmente intencionado y orientado de manera descarada hacía un tipo de espectador muy infantil.

Noche en el Museo 2

Como un servidor señaló en el análisis de la primera película, con estos inofensivos entretenimientos no buscamos precisamente diálogos para el recuerdo, actuaciones de “Oscar” o guiones memorables, así que no vale la pena quejarse de este tipo de carencias; pero sí que debemos quejarnos de la falta de “buen humor” en ‘Noche en el museo 2’, cinta de la que se esperaba precisamente mucho más divertimento del que finalmente nos ofreció, aunque los más pequeñitos de la casa no se percatarán de dichas deficiencias y disfrutarán de la película como nadie. Al fin y al cabo el realizador Shawn Levi la concibió como un producto dirigido exclusivamente a los críos, así que tampoco es demasiado lógico reprocharle al realizador los aspectos negativos de una cinta que jamás debería de ser calificada seriamente desde una perspectiva excesivamente adulta, aunque tampoco vamos a engañar a nadie: la película es mala, aunque se deja ver pero no está a la altura de la primera.

Para empezar, y en comparación con su predecesora, se echa demasiado en falta mucho más ingenio y dinamismo, e incluso mayor implicación por parte de varios personajes protagonistas, tanto de los que aparecieron en la primera película como de los que debutan en esta segunda. Y es que nos encontramos ante una verdadera ensalada de mitos históricos (lección rápida de historia para los peques) que ni por casualidad lucen lo mínimamente exigido en pantalla, ya que para ello hubiera sido necesario prolongar el metraje alrededor de otros 40 minutos, algo inaceptable para un film de estas características. No olvidemos que mayor cantidad no tiene porque ser sinónimo de mayor calidad… y ‘Noche en el museo 2’ es el ejemplo perfecto de ello. Pero siempre hay soluciones para todo, así que al director y/o guionista no se le ocurrió otra cosa que coger a un puñado de personajes y encerrarlos en un contenedor de madera durante buena parte del metraje, para de este modo quitarlos de en medio y cederle el protagonismo a otros. Efectivo (y cruel) cuanto menos.

Noche en el Museo 2

No obstante, lo peor de la película no es su “inocente” anarquía o sus chistes repetitivos y fáciles, sino el protagonista principal de la función, un Ben Stiller que definitivamente rodó el film con una manifiesta desgana, sobre todo si nos fijamos en sus gestos, su mirada y sus ramplones diálogos. Esto me lleva a la conclusión de que aceptó este trabajo a disgusto, y sólo por el cheque millonario que cobró. Pese a esto tampoco es cuestión de desprestigiar a un actor que, digan lo que digan, cumple con creces con el rol que se le asigna en sus comedias, pero en esta ocasión nos encontramos ante un Stiller realmente aburrido y tedioso que acaba por frustrar al espectador, ya que su personaje ha perdido totalmente la “gracia” e incluso la simpatía de la que hizo gala en su anterior peripecia.

Por otro lado, y de lo que no cabe duda es que gran parte de su fracaso en esta película es debido al carácter de secuela de la propia cinta: su etiqueta de “continuación” implica que la resurrección de los personajes del museo no sorprenda a nadie, ni al espectador ni al propio personaje Larry Daley (Stiller), por lo tanto no gozaremos de los espontáneos gestos motivados por la sorpresa y el “terror” que el actor nos brindó anteriormente. Por otra parte, este rol de secuela también implica que el efecto sorpresa de la primera entrega se desvanezca por completo, y en una propuesta de este rango dicho efecto era primordial para mantener al espectador alerta y pegado a su butaca (una de las grandes cualidades de la primera entrega), pero como era de esperar, todos, absolutamente todos intuimos y percibimos con antelación lo que va a suceder en ciertas secuencias y lo que nos vamos a encontrar, algo que desafortunadamente sucede en la gran mayoría de las segundas partes de toda la historia del cine, salvo excepciones.

Noche en el Museo 2

De todos modos, y por rescatar algo relativamente bueno en esta crítica de Noche en el Museo 2, cabe decir que nos encontramos con algunas celebridades bastante agradables y a ratos incluso graciosas, como un divertido muñeco cabezón de Albert Einstein (mejor dicho, seis muñecos). Su simple aparición en pantalla ya incita a la sonrisa. También nos toparemos con infinidad de personajes míticos como Napoleón Bonaparte, Al Capone o Ivanel Terrible, estos tres bastante desperdiciados como simples “servidores” del villano principal de la cinta, ya que su presencia apenas suscita interés, a pesar de que tienen como labor hacer la vida imposible a los “buenos” de la película.

Y hablando del antagonista de esta nueva epopeya sin pies ni cabeza, sin lugar a dudas es lo mejor de toda la película: un Hank Azaria que se mete en la piel del cachondísimo (más que nada por su descojonante acento), simpático y a ratos ridículo faraón Egipcio Kahmunrah, el cual recita algunas de las mejores paridas de la trama. También aparecen, en mayor o menor medida, personajes como el pequeño vaquero Jedediah (OwenWilson) y su amigo Romano Octavius (Steve Coogan), ambos bastante decepcionantes y de escaso peso en la película, por no hablar de Robin Williams, gran actor tremendamente desaprovechado que se limitó a aparecer en esta secuela prácticamente a modo de “cameo”. Mención especial hacemos a la actriz Amy Adams como Amelia Earhart, la protagonista femenina del relato que devora literalmente a un apático Ben Stiller. Destacamos también algunos personajes y esculturas digitalizadas que resultan bastante “simpáticas”, como tres angelitos cantarines doblados por los Jonas Brothers, una divertida estatua de “El Pensador” Rodin y, por supuesto, un gigante llamado Abraham Lincoln, todos creados infográficamente con calidad. Ya como último apunte mencionar ese punto “original” del que les hablaba al principio: el ver cómo cobran vida los personajes pintados en cuadros de artistas como Brueghel o Hopper. Toda una novedad si tenemos en cuenta que estas obras de arte se emplean incluso como… ¡¡¡puertas dimensionales!!!. Queda de este modo patente que el realizador tira la casa por la ventana realizando un producto sumamente descabellado, exagerado e hilarante que funciona mejor en sus últimos 15 minutos que en el resto de metraje, quizás gracias a una sucesión de escenas de acción que nunca vienen mal para despertarnos del letargo en el que nos estábamos sumiendo.

Aparte de esto poco más podemos añadir. ¿Es mejor que la primera? En absoluto. ¿Es entretenida? Solamente a ratos. ¿Merece la pena verla independientemente de las peticiones de los pequeñajos de turno? Depende de la tolerancia, expectativas y, sobre todo, paciencia de cada uno. Lo que si les aseguramos es que hay películas peores, pero ésta se encuentra en uno de los peldaños más bajos de la comedia familiar, y quizás haya sido culpa de su exceso de comediantes y de su tono sumamente infantil, algo que en la primera entrega se disimulaba bastante mejor. De lo que no cabe la menor duda es que los “pezqueñines” del hogar se lo pasarán pipa con la película, aunque en el fondo no se enteren de nada de lo que está pasando en pantalla… pero lo importante es hacerles pasar un rato entretenido aunque a los demás nos parezca un tostón del quince, ¿verdad?

Noche en el Museo 2

En resumidas cuentas.
La película es un verdadero “cocktail” compuesto por una sobredosis de elementos y personajes; una ensalada a la que le sobran ingredientes y un entretenimiento que sólo funciona a medias, caracterizándose principalmente por una consecución de chistes poco originales, frases de escasa gracia y situaciones cómicas demasiado vistas anteriormente como para que vuelvan a resultar efectivas. La cinta es mucho más insulsa e infantil que la primera entrega, y los actores (lógicamente) no se toman nada de esto en serio, aunque misteriosamente nos topamos con un Ben Stiller excesivamente soso que afecta al resultado final.
Buenos efectos especiales, un aluvión de nuevos personajes, algunos interesantes y otros no tanto; y alguna cosilla de interés como el detalle de los cuadros en movimiento o un final delirante a más no poder que no se cree absolutamente nadie. Total, la película perfecta para hacer callar a los niños durante un rato, pero por aquí nos seguimos quedando con la primera “Noche en el Museo” por su sorpresa, magia, mejor ritmo y mayor modestia.