El rehén
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El siempre interesante Brad Anderson une fuerzas con el guionista de la trilogía original de Bourne, Tony Gilroy, para llevarnos por la zona devastada del Beirut de principios de los años 80. Jon Hamm protagoniza esta historia sobre una extrema situación de secuestro. Conozcamos todos los detalles en… ‘El rehén’.

Crítica de El rehén

El siempre interesante Brad Anderson nos propone aquí un thriller de espías muy en la onda de las obras de John Le Carre, contando en el libreto con un auténtico especialista en el género, Tony Gilroy, quien fuera el artífice y mente pensante de la trilogía Bourne original y, a su vez, responsable de la infravalorada El legado de Bourne (2012). Gilroy regresa a terrenos conocidos y en los cuales suele tener buenos resultados. Una lástima que, para esta ocasión, ‘El rehén’ no esté a la altura ni de Brad Anderson ni del propio Tony Gilroy, aun contado con varios ingredientes potentes como para haber logrado algo mejor a la altura de sus nombres.

El film objeto de esta reseña tenía a su favor una serie de elementos de lo más loables y enganchantes. Elementos muy en la línea de ese cine de espías de los años setenta: motivos oscuros de las agencias extranjeras, planes que van en contra de los objetivos de los protagonistas, entornos cuasi conflictos… en fin, una serie de ingredientes que podían haber logrado un producto mucho mejor que no quedarse en un film simplemente visionable y correcto.

De entrada, el guión de Gilroy parte con un buen e interesante tablero: un Beirut destruido por el conflicto entre Israel y la OLP, un antiguo diplomático y ex-negociador intentando solventar una situación de secuestro en la que nada es lo que parece, y la presencia de la CIA (en lo que más le encanta a Gilroy) que quiere tapar muchas cosas sucias y parece que está dispuesta a cualquier cosa para ello.

En ese sentido, Gilroy logra ciertos momentos muy logrados de tensión narrativa, pero no consigue elevar el vuelo, quizás por una cierta falta de empatía hacia los personajes. Aun así, este es un buen casting liderado por Jon Hamm y Rosamund Pike, quienes logran solventar algunos de los defectos del film en pos de lograr que sus personajes tengan un mínimo de desarrollo emocional, sobre todo Hamm (Mason Skiles), que salva los escollos dramáticos del guión y sale adelante con una profesionalidad increíble. Pike, por su parte, con su habitual portento físico y carisma, logra que su personaje (Sandy Crowder, esa agente especializada en el terreno y dura como ella sola) tenga una enorme química con Skiles a lo largo y ancho de la propuesta.

También es justo destacar la labor de Dean Morris y Shea Whigham como Donald Gaines y Gary Ruzak, dos altos cargos de la CIA que quieren que la situación sea solventada sin el más mínimo atisbo de preguntas y con la rapidez necesaria. Ambos actores salvan el escollo de interpretar a los típicos hombres de la CIA y recrean a dos personajes bastante opacos y de intenciones poco claras.

Por su parte, el director Brad Anderson da ciertos atisbos de irregularidad a lo largo y ancho del metraje. Anderson es un cineasta que se ha encasillado durante los últimos años como un director de thrillers de resultados dispares. Aquí ofrece una dirección demasiado irregular, parece que le falta garra con el guión de Gilroy (ojo, el guión tiene sus problemas, pero el tema narrativo es más cosa del propio Anderson que de Gilroy). La película tiene una cierta sensación de vaguedad narrativa en los momentos más dramáticos. Sin embargo, al inicio no presenta ese problema, si acaso durante el resto del metraje. Curiosamente, si en lo dramático Anderson no sale tan bien parado, en el terreno del suspense sí que se consigue recuperar ese tino narrativo.

Ahora bien, más de uno creerá que, diciendo todo esto, estamos ante un producto fallido o no recomendable… sin embargo, esto no es así, ya que en su conjunto estamos ante un film entretenido, y con un logrado diseño de producción y música (el trabajo de John Debney se encuentra muy influenciado por el de Alexandre Desplat enArgo). Amén de su atmósfera inspirada por aquellas obras de espías de Le Carre y sus dos personajes principales.

En conclusión.
Finalizo esta crítica de El rehén, un film que, aun teniendo ciertos aspectos muy cuestionables, presenta ciertos atributos positivos que, si bien no consiguen elevarlo a un lugar destacado, si que consiguen un producto de cierto entretenimiento y sabor añejo a aquel genero de espías. Un tipo de cine que hoy muchos realizadores parecen haber olvidado.

Tráiler de El rehén