Cine y petróleo
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De actualidad en nuestros días por el anuncio de comenzar las prospecciones en aguas del Océano Atlántico en las cercanías de las Islas Canarias, el petróleo, siempre ha llevado consigo progreso y polémica. En el cine, los films sobre el oro negro no han sido muy regulares, pero sí que tuvieron una época de esplendor, aquella que llegó después de la gran depresión, cuando América comenzaba de nuevo su alzamiento. Obras maestras como ‘Gigante’ mostraron a la perfección el mundillo de las extracciones y el poder que el petróleo otorgaba a quien lo poseía. En el siguiente especial repasaremos un buen número de films indispensables para este subgénero.

Bienvenidos a nuestro especial de hoy; forjado con sangre, sudor y fuego, “Cine y petróleo”; ambición y espectáculo se dan hoy de la mano. Pasen y vean, la extracción está a punto de saltar por los aires, veamos pues a un auténtico “Hollywood en llamas”.

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Ya desde los años cuarenta, en Hollywood empezaron a ver la luz con más o menos éxito films que abordaban la temática del negro tesoro. El primero de los grandes que se calzó el sombrero texano y se remangó la camisa para ponerse a sacar petróleo de la tierra fue Clark Gable bajo el amparo de la “Metro Goldwin Mayer” en ‘Fruto dorado’. Aquí la excusa del petróleo era puesta en liza para poner a Gable en medio de otro romance a tres bandas con Spencer Tracy como amigo primero, y luego rival, por el amor de Claudette Colbert.

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Durante los años venideros algunos films más fueron estrenándose con el petróleo como trasfondo de sus historias, pero no fue hasta 1956 que llegó un largometraje que hacía justicia a tan épica aventura, a lo que era y significaba el petróleo para quienes dedicaban su vida a él. Ese film fue ‘Gigante’ de George Stevens, una descomunal producción protagonizada por Rock Hudson, Elizabeth Taylor y James Dean.
‘Gigante’ es una obra maestra ineludible del séptimo arte. Durante sus memorables 198 minutos de duración, Stevens muestra de forma magistral el avance y la defensa de los valores de las dos Américas que emprenderán, por un lado, Bick Benedict (Rock Hudson) de la saga Benedict y su mujer Leslie (Elizabeth Taylor), una señora dispuesta a llevar sus costumbres y su forma de ser hasta el límite, aunque aquello choque de lleno con los modales del Sur. Los Benedict eran trabajadores del campo y criaderos de ganado desde tiempos inmemoriales, poseedores de Reata, más de 500.000 acres de tierra Texana. Por otro lado y en el centro, tenemos al denostado Jett Rink (James Dean), un joven sin familia que durante años ansío formar parte de los Benedict pero que públicamente los desprecia, lo que le llevará a tener un enfrentamiento con Bick que durará décadas, y que se encrudecerá irremediablemente, cuando Jett encuentre petróleo en una pequeña parcela de su propiedad colindante con Reata.
El impacto de ‘Gigante’ en el cine y la cultura popular fue tal que, muchos años después, originó una serie de TV de enorme popularidad que venía a traer de vuelta gran parte de sus personajes y tramas. Esa serie se titulada ‘Dallas’, y seguro que los más viejos del lugar la recuerdan.

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El impacto de ‘Gigante’ empequeñecía a cualquier otra producción que intentara tener al petróleo como parte de su argumento, eso, y el final de los años 50, con sus anticuados modos de vida, la revolución sexual de los 60, excelentemente mostrada en La jauría humana dio pie a otro tipo de héroes y de temáticas. Por ello, sólo se recurriría al petrolero para mostrar a villanos, desarraigados o para darnos una negra visión de todo aquel que estuviera involucrado en su negocio.
Aquello no fue óbice para que todo un icono americano por excelencia como John Wayne se prestara a encabezar un film en donde daba a vida a un “apagador”, aquellos tipos que saben muy bien como reventar los pozos con dinamita y que se ganan la vida con ello, viajando de prospección en prospección en busca del mejor cheque. Así surgió ‘Los luchadores del Infierno’ (1969) que era su título en castellano. Ver a Wayne con su pose de caballero por excelencia, cargar con la bombona y el equipo de “apagador” mientras avanzaba por el fuego, ya eran suficientes reclamos de nivel como para visionar esta interesante variante sobre el sub-género que hoy repasamos. Aquí Wayne, cambiaba a sus rivales de siempre, los indios, por los ecologistas, que siempre iban tras él en cada prospección.

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Como ya avanzaba en el párrafo anterior, el petróleo ennegrecía a las personas. Por ello, la maquinaria de Hollywood vio un recurso perfecto para crear a partir de aquello a villanos, mercenarios, héroes suicidas o desarraigados sociales en films comoEl salario del miedo y su excelente remake ‘Carga maldita’, o directamente a megalómanos sin remilgos en súper-producciones como ‘King Kong’ al amparo del siempre exuberante Dino de Laurentiis con dirección de John Guillermin (uno de los primeros artesanos puros del cine de acción).

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No menos pérfido era Adam Steiffel, el cachetudo y relamido magnate al que daría vida de forma notable Marlon Brando en ‘La fórmula’, un film ciertamente olvidado de John G. Advilsen (‘Rocky’), en donde un inspector de la brigada táctica con un amplio historial de misiones pasadas para la CIA, Barney Caine (el coloso George C. Scott) es puesto en marcha de nuevo por sus superiores para que investigue la muerte de un amigo y antiguo compañero en el cuerpo de policía. Rápidamente a Caine le marcan los pasos para que cierre el caso como un asesinato por drogas, pero este, comienza a tomar una nueva dirección al asunto, cuando descubra que su amigo estaba metido en algo muy gordo que viene desde atrás, concretamente de su pasado como miembro del ejército aliado americano durante la rendición de la Alemania de Hitler…
Aquí, como vemos, el petróleo se da la mano con el nazismo, y entre medias la fórmula del título, el mcguffin que todos persiguen, y que Caine/C. Scott acabará encontrando y defendiendo con su vida. Una fórmula que es capaz mediante la hidrogenación de convertir el carbón en fuel sintético, algo que los grandes caciques del petróleo se han empeñado en mantener oculto durante décadas, y por lo que están dispuestos a matar. Para el recuerdo, queda, además del enfrentamiento en pantalla grande entre Scott y Brando, el soliloquio final de Steiffel en su despacho en la cima del mundo: “Los seres humanos son muy peligrosos, no quieren ser líderes, quieren ser seguidores, necesitan alguien que les ordene lo que tienen que hacer… y parte de esa carga cae sobre mis cansados hombros, no la pedí, y no la acepto, pero lo cumplo porque tengo un gran sentido del deber… Yo no hago las reglas, sólo trabajo aquí. Represento el sueño americano. Todo empezó en la gasolinera de la esquina, a donde ibas con tu pequeña bicicleta dar aire a tus ruedas, mientras tu padre decía ‘llénalo Fred’ y así podías ir a ver a tu abuela el día de acción de gracias. Yo promovía eso. Yo soy las tetas de América”.

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Siguiendo con la línea de villanos petrolíferos, uno de los más recordados era el interpretado por un fabuloso actor que, precisamente, se vendió al dinero literalmente para dicho film. Hablamos de Michael Caine, y de ‘En tierra peligrosa’, mezcla de dos films ya citados como ‘Gigante’ (el rol de Caine podría ser perfectamente un Jett Rink en sus últimos días) con ‘Los luchadores del Infierno’ (Seagal y su desmedido ego intentando emular al Duque en aquella, como apagador de pozos).
Las virtudes de ‘En tierra peligrosa’ como parte de este sub-género son más bien nulas, y el recurso de las petrolíferas y de un villano dentudo y mal-encarado que vierte crudo en plena naturaleza sin mirar lo que contamina, es lo que da pie a que Steven Seagal se vuelva contra su antiguo jefe y empiece una lucha para eliminarle, haciendo gala de un peculiar uso del bien contra el mal (como cuando le roba la moto de nieve a unos pobres esquimales, o como olvida sus reparos en el clímax final para volar por los aires la central petrolífera del villano, que está justo en medio un paraje natural).

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Pero sí existe un film producido por Hollywood que hace justicia a ‘Gigante’ y al oscuro mundo del petróleo, y que vio la luz no hace mucho, ese es ‘Pozos de ambición’ (There Will Be Blood), una magistral pieza dirigida por Paul Thomas Anderson (no confundir con Paul W.S. Anderson) y protagonizada por un grandioso y espeluznante Daniel Day Lewis como el desalmado Daniel Plainview, un tipo que detesta que alguien sea mejor que él o tenga éxito. Alguien que vive por y para el petróleo.
Sin duda, estamos ante un film que puede hacerle sombra perfectamente a ‘Gigante’, es más, se podría decir que la novela de Upton Sinclair, es una variación de aquella, exclusivamente centrada en el Jett Rink de turno, aquí, interpretado por Day Lewis que con semejante recital interpretativo ganó merecidamente, y sin discusión alguna el Oscar al mejor actor en 2007.

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Y por último, traemos una pequeña representación patria a este especial, a nuestro orgullo nacional: Antonio Banderas, quien contribuyó con lo suyo a este especial protagonizando ‘Oro negro’ de Jean Jacques Anaud en donde parecía hacerse con las túnicas y los gestos de Omar Sharif -con el que compartió pantalla en ‘El Guerrero nº 13’.
En ‘Oro negro’, Banderas, da vida a un poderoso emir qatarí que ha hecho su fortuna a base de petróleo y de comprar y robar las tierras del cinturón dorado, su enfrentamiento contra el emir vecino traerá consecuencias cuando el hijo de aquel organice un ejército de beduinos con el fin de acabar con su tiranía, en medio de todo surgirá el amor.
Esta película es una producción entre Francia-Qatar que incompresiblemente en nuestro país fue pesimamente movida por su distribuidora, viendo la luz en formato físico casi sin publicidad previa, algo del todo incompresible viendo a Banderas como cabeza de cartel, además de al siempre notable Mark Strong, la estrella revelación de ‘Un profeta’ Tahar Rahin y la bellísima Freida Pinto.

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Para terminar este especial de de Cine y petróleo, traemos a colación uno de los (muchos) grandes diálogos de ‘Pozos de ambición’, que refleja fielmente el alma corrupta que el petróleo saca a la luz: “Llevo por dentro la competividad, no quiero que los demás tengan éxito, odio a todo el mundo, miro a las personas y no veo nada que me guste. Quiero ganar dinero suficiente para aislarme del mundo… Detecto lo peor de la gente, no necesito investigar a fondo para saber lo que quiero, he acumulado odio a lo largo de los años, paulatinamente”.