Mako, el tiburón de la muerte
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Valoración

Si en artículos anteriores les hablábamos sobre las célebres ‘¡Tintorera!(Tintorera, René Cardona Jr., 1977) y ‘Tiburón 3’ (L´ultimo squalo, Enzo G. Castellari, 1981), dos de los derivados post-tiburón más conocidos del circuito de la Serie B, hoy les hablaremos de la tercera película en discordia, titulada ‘Mako, el tiburón de la muerte’. Posiblemente la imitación más temprana de ‘Tiburón’ (Jaws, Steven Spielberg, 1975), surgida apresuradamente de la mano del realizador William Grefe –que ejerció tanto de productor, como de guionista y director– tras la gran erupción mediática generada por el film de Spielberg. A lo que también debemos de añadir que se trata, sin lugar a dudas, de uno de los peores y más delirantes derivados de ‘Jaws’ jamás filmados, algo a lo que hace honor el ridículo y primitivo poster original de la película en España –el cual no tiene absolutamente nada que ver con lo que nos cuenta la cinta, dicho sea de paso–. Me aventuro a afirmar que ‘Mako’ está incluso bastante por debajo de propuestas ya flojas como lo eran las más curiosas películas de René Cardona Jr. y Enzo G. Castellari.

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La historia no tiene desperdicio: Sonny Stein, un antiguo empleado de una sociedad de recuperación, debía de rescatar junto a su equipo un cargamento de plomo y cobre que se encontraba en un barco hundido durante la guerra. El equipo de Sonny descubre, casualmente, que en una de las cajas fuertes del navío se escondía una cuantiosa cantidad de lingotes de oro. Pero una serie de sicarios y bandidos que se ocultaban en las montañas descubrieron lo que el equipo de rescate había hallado en el barco, atacándoles y saqueando su campamento. Todos mueren asesinados excepto Sonny, que logra huir ocultándose entre la jungla. Pero cuando Sonny es encontrado y acorralado por sus perseguidores, sólo le queda una salida: o bien arrojarse a unas aguas repletas de tiburones, o dejarse atrapar y morir asesinado. Tras optar por la primera de las opciones, Sonny es arrastrado por el agua mientras los escualos sacian su hambre con los maleantes, llegando a nado hasta los pies de un misterioso chamán, perteneciente a una tribu que idolatra a los tiburones. Este le regala a Sonny, sin aclarar muy bien por qué ni con qué méritos, un valioso amuleto mágico en forma de medallón que le protegerá eternamente de los tiburones, y que incluso le otorgará el Don de… ¡comunicarse con ellos! O eso es lo que se deja entrever, ya que la película apenas desarrolla ni aclara este pequeño detalle sin importancia (nótese mi ironía).

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Desde ese momento, Sonny cree tener una deuda pendiente tanto con el pueblo chamán como con los tiburones, a los cuales considerará amigos y seres a los que deberá de proteger hasta el fin de su existencia. Este lazo emocional que desarrollará con los animales le llevará incluso al extremo de asesinar a sangre fría, y con métodos bastante expeditivos, a todo ser humano que ose hacer daño a alguno de estos escualos (¡…!), mientras el director/guionista se empeña en seguir presentándonos a Sonny como el héroe de la película al que todos debemos apoyar. Sí, han oído bien, nuestro protagonista es todo un psicokiller obsesionado que no tendrá piedad y no dudará en arponear a un pescador entre ceja y ceja o extrangular al dueño de un espectáculo con tiburones si lo cree necesario, lo que a juicio de un servidor es llevar demasiado lejos el concepto ecológico que el director, William Grefe, pretende endosarnos en forma de moraleja: “no le hagáis daño a los tiburones, dejadlos en paz, y ellos nos dejarán en paz a nosotros”.

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Desde luego, esta premisa argumental es tan incoherente y absurda como divertida por todo el contexto surrealista que envuelve a toda la película. Resulta difícil no echarse unas risas a costa ya no sólo de un argumento de verdadera locura, sino también a consecuencia de la interpretación de Richard Jaeckel, cuyo personaje empieza más o menos bien, pero con el paso de los minutos decae a pasos agigantados en el más profundo de los ridículos. Me remito, por ejemplo, a todas aquellas secuencias en las que Sonny charla con los tiburones recíprocamente como si lo estuviera haciendo con su mejor amigo; o aquella otra en la que entra al laboratorio donde han descuartizado a Matilde (un tiburón hembra con la que Sonny mantenía largas conversaciones…) y extraído todas sus crías. En ese momento, los llantos de dolor de Jaeckel, sus muecas y gestos, son dignos de utilizar como ejemplo en un vídeo orientativo para actores amateurs bajo el título: “Lo que nunca se debe de hacer en el arte de la interpretación”. Recomiendo encarecidamente la secuencia en versión original. Un espectáculo.

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En definitiva, ‘Mako’ no es más que un apresurado derivado que ‘Tiburón’ que, en su esfuerzo por ofrecer algo diferente, se pierde totalmente entre sus intenciones como consecuencia de un planteamiento que hace aguas por todas partes. Esto es debido en gran medida a una premisa que atenta gravemente contra la credibilidad incluso del cinéfilo más encallecido, a lo que tampoco ayuda el hecho de que su desarrollo argumental sea lento, tedioso y esté entorpecido por un tono demasiado confuso que deriva entre el drama, el thriller ecológico, lo sobrenatural y lo místico sin terminar de posicionarse sobre ninguno de ellos, para ofrecernos, al final, todo un pseudo-thriller de venganza sin demasiado interés.

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Es cierto que en el guion se aprecian ciertos apuntes interesantes, como el hecho de representar a los tiburones –todos ellos auténticos y entrenados para la ocasión, por cierto– como los verdaderos héroes de la historia, haciéndonos ver que el ser humano es el auténtico depredador. O incluso el hecho de introducir ciertos elementos sobrenaturales en un film de estas características, algo que podría haber funcionado mejor en manos de otro guionista y director más competentes. También podemos rescatar alguna secuencia con bastante mala uva, como aquella en la que Sonny trata los cadáveres de dos marineros que asesina con sus propias manos como si de tiburones capturados se tratara, colgándolos por un anzuelo o arrastrándolos con su propio barco. Pero al final nada de ello funciona al tomar el camino incorrecto y más descabellado posible para narrarlo. Eso sí, lo mejor del film, sin duda, una bella Jennifer Bishop en una actuación, como mínimo, muy decente. Por lo demás, una película sólo recomendada para los fanáticos del cine de tiburones, de fácil conformismo y de pocas exigencias.

Por cierto, una de las últimas frases de nuestro protagonista a un tiburón, toda una divertida declaración de intenciones: “Debes de matar a toda la gente que puedas, provocar el pánico hasta que nadie se atreva a entrar en el agua.”

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En resumidas cuentas

Mako, el tiburón de la muerte’ es un precipitado derivado de ‘Tiburón’ que, a diferencia de los demás plagios e imitaciones surgidas en la misma época, ofrece cierta connotación sobrenatural y mística al mostrarnos a un personaje que es capaz de dialogar abiertamente con los tiburones, comprendiendo lo que estos piensan y ellos entendiendo lo que la persona que posee un amuleto mágico, les dice. Una premisa argumental delirante y risible que podría haber resultado algo más interesante en manos de un realizador y guionista más adecuados. Al final, un film de factura excesivamente mediocre, con un guion soporífero, incoherente, y unas actuaciones realmente espantosas exceptuando la de Jennifer Bishop, la mejor intérprete de este dramático y descabellado relato de extremista tendencia ecologista.