Birdman o (La inesperada virtud de la ignorancia)
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¡¿Quién iba a decir hace un tiempo que Michael Keaton (un actor más que sesentón, olvidado, alopécico y no muy taquillero) iba a ser uno de los grandes ganadores cinematográficos del curso 2014-2015?! Y que incluso se iba a permitir el lujazo (acompañado de un reparto perfectamente redondeado) de salvarle la papeleta a un director tan reconocido como Alejandro G. Iñarritu (incapaz, desde hace años, de golpear dramáticamente tan fuerte como lo hizo en ‘21 gramos’). Dentro de las dos horas de duración de la cinta que hoy nos ocupa encontraremos la respuesta a las oraciones que Keaton llevaba haciendo a los dioses desde el fiasco de ‘Jack Frost’ (Troy Miller, 1998). Sus plegarias por fin fueron correspondidas con un rol tan perfectamente amoldado a su talento como es el de Riggan Thomsons aka ‘Birdman o (La inesperada virtud de la ignorancia)’.

“¡¿Es que no queda ningún actor al que no le hayan puesto una capa?!” (Riggan Thomson).

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Crítica de Birdman o (La inesperada virtud de la ignorancia)

Alejandro G. Iñarritu deconstruye el sistema de crear estrellas y celebridades de Hollywood apoyado en un actor perfectamente elegido, un Michael Keaton que tiene a sus espaldas un pasado como superhéroe que le viene como anillo al dedo al personaje central: Riggan Thomson, un denostado actor que, tiempo atrás, fue el rey del mundo, y hoy, semi-olvidado y encasillado, intenta levantar una obra de teatro en Broadway en la que ha puesto todo su dinero, mientras busca recuperar una relación nada fácil con su problemática hija. Todo esto a la par que se produce un monumental enfrentamiento en la escena con su compañero y rival en la obra, el tipo del momento, un esquizofrénico actor del método incapaz de desconectar y unirse al mundo real, lo interpreta Edward Norton.

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Iñarritu da comienzo a esta “farsa” con una cita de Raymond Carver sobre la trascendencia del hombre. A esa cita prosigue un imposible plano secuencia constante (creado en post-producción) que sitúa la obra en “continuación-continuada” (valga la redundancia, como en “Birdman”) donde el espectador debe de activar la ley del todo vale con actores y actrices entrando y saliendo del encuadre mientras la cámara no se detiene (al mismo tiempo que la vida, ahí fuera tampoco lo hace) con una batería constante que sigue los pasos del protagonista y que forma parte de la minimalista y atronadora banda sonora que, incluso, tiene una incursión en pantalla en repetidas ocasiones.

De esta forma, Birdman peca de lo mejor (véase su gusto por mostrar sin tapujos las emociones humanas reales) y de lo peor del cine de Iñarritu (con su tan resabiada vena intelectualoide/transcendente), y al mismo tiempo le da un “zas en toda la boca” al cine de superhéroes que amenaza con comerse al resto de producciones, y al propio cine en general. Si no eres viral, no existes.

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No son casualidad las elecciones de Keaton, Stone y Norton, o el poner a un tipo conocido por papeles de humorista descerebrado como el sostén dramático y cuerdo del relato como es Zach Galifianackis.
Dejando de lado los efectismos (acertados y fallidos) de Iñarritu, ‘Birdman’ acaba siendo el triunfo de Michael Keaton: propietario de un rostro contracorriente y de un físico que es todo lo que uno no encaja en un superhéroe. Keaton se hace ganador en el terreno donde los grandes demuestran que lo son: interpretando a tumba abierta, sin capas, cojeras, o acentos importados. El actor se pasa en pantalla casi la práctica totalidad de los 119 minutos que dura la cinta y, además, tiene que convivir con tres personalidades diferentes: su yo verdadero, el alter-ego del personaje de “Birdman” que amenaza con devorarle definitivamente, y el “yo celebrity” que aún cala muy hondo en el gran público que es incapaz de verlo como un simple actor.

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Keaton renace, como años atrás lo hizo Mickey Rourke (aunque hay que decir que el film de Aranofsky –The Wrestler– golpeaba al corazón y al alma humana más fuerte que el intento de repetición de fórmula ganadora de Iñarritu), y con más suerte que la que tuvo JCVD en su film homónimo de 2008. Debe de entenderse este triunfo incontestable de Keaton por tener a sus espaldas una mayor estima artística por parte de los “entendidos” y unos cuantos personajes memorables y/o de culto que hacen que el espectador, de entrada, ya empatice con él, aunque rápidamente Iñarritu y el propio Keaton se encargan de dejar bien claro que este Riggan Thompson es un pobre diablo miserable, un actor venido a menos y un ser humano bastante desestabilizado, tan capaz de retener una servilleta que le recuerda tiempos mejores, como de provocar una accidente para quitar de en medio a un intérprete mediocre que amenaza con hundir su obra. No es Riggan un tipo al que uno le vaya a coger cariño, pero está claro que la interpretación de Keaton, con la pluma cargada en sangre, es merecedora de multitud de elogios y se sitúa como el cenit de su carrera.

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Del resto es conveniente alabar a la siempre maravillosa Naomi Watts como una actriz insegura hasta de querer ser actriz, y a un sencillamente genial Edward Norton, riéndose de sí mismo a lo más grande y con tics propios de (posiblemente el mejor) Gary Oldman, aquel que se dejó ver por la serie “Friends” –donde interpretaba a un actor del método borracho- ¡atención a como rompe el ritmo de la obra hablándole directamente al público en mitad de la perorata esencial de Riggan! o a su (mega)erección en el escenario en la escena culminante de la obra.

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En resumidas cuentas.
Finalizo esta crítica de Birdman o (La inesperada virtud de la ignorancia), un film que se apoya, y prácticamente se sustenta, en sus actores. Por mucho que Iñaritu se llevara multitud de palmaditas en la espalda, la idea argumental sin estos artistas sería sólo papel… pero con estos intérpretes  alcanza el súmmum. Por ello, es de justicia resaltar que esta película debe ser recordada como un film de intérpretes, de escenarios, de emociones, de aplausos resonantes o de abandonos de salas… pero, sobre todo, por ser una película por/de Michael Keaton.

Tráiler de Birdman o (La inesperada virtud de la ignorancia)