Dragon Ball Z: La batalla de los dioses
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Bills, el Dios de la Destrucción, despierta de su largo letargo para llegar hasta el planeta Tierra en busca del guerrero que logró derrotar a Freezer. Bills sospecha que este guerrero se trata del mítico Super Saiyajin Dios. Sin embargo, nadie está preparado para la visita a nuestro planeta de un Dios cuya única motivación es la de crear para después destruir. Ni tan siquiera Goku y sus amigos, los cuales tendrán que lograr encontrar a este super guerrero especial que pueda hacerle frente al temible Bills en Dragon Ball Z: La batalla de los dioses.

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Crítica de Dragon Ball Z: La batalla de los Dioses

Sin tener en cuenta los últimos OVAS de Dragon Ball ZPlan para erradicar a los Super Saiyans (Gaiden: Saiyajin Zetsumetsu Keikaku, 2010), remake del OVA homónimo de 1993; y Dragon Ball: Episodio de Bardock (Doragon B?ru: Epis?do Obu B?dakku, 2012)–, diecisiete años han tenido que pasar desde el estreno de la última película de Dragon Ball, que se tituló en España El camino hacía el más fuerte (Doragon bôru: Saikyô e no michi, Shigeyasu Yamauchi, 1996), para poder volver a disfrutar de un nuevo film basado en el fantástico universo creado por Akira Toriyama. Y esta vez, en pantalla grande. Algo poco habitual en nuestro país, donde la mayoría de las películas de Dragon Ball y Dragon Ball Z se estrenaron directamente en formato VHS para, posteriormente, ser lanzadas en televisión.

Cuando se anunció el proyecto de una nueva película sobre Goku y sus amigos titulada Dragon Ball Z: Battle of Gods (Masahiro Hosoda, 2013), en la que el propio Toriyama formaría parte importante del desarrollo del film al encargarse de su producción y, además, participar intensamente en la escritura del guion y en el desarrollo de los personajes junto al guionista Yûsuke Watanabe, por simple lógica podíamos dar por sentado que ello implicaría un considerable aumento cualitativo de calidad con respecto a las películas estrenadas anteriormente –algunas de las cuales sería mejor olvidar, aunque otras sí merecen sobradamente la pena–. Pero sin ir más lejos de la realidad, y que conste que el escribe estas líneas se considera un incondicional de Dragon Ball (tanto del Manga original como de la serie de televisión), este intento de resurrección de unos personajes quizás demasiado desgastados por el paso del tiempo y por el empeño de su creador en explotar ‘la gallina de los huevos de oro’, no ha sido tan memorable y épico como muchos esperábamos.

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Incluso podemos afirmar que Dragon Ball Z: la batalla de los dioses se queda sólo en un frustrado intento por revitalizar unos personajes que poco o nada interesan ya al espectador objetivo de hoy en día, y que sólo satisfará en su plenitud a un gran sector de fans acérrimos que verán con buenos ojos el regreso de Goku cueste lo que cueste, aunque sea a través de un producto ciertamente pueril y argumentalmente torpe y descuidado como el que nos ofrece Toriyama. Y es que la película falla estrepitosamente en lo referido a su desarrollo argumental, hasta el punto de que muchos nos preguntamos si Akira Toriyama ha olvidado su obra después de más de quince años alejado de los personajes que le dieron la fama.

Recordemos que la mayoría de las películas anteriores no formaban parte de la línea argumental del anime, sino que se trataba de historias totalmente paralelas y alternativas que en gran medida excluían lo narrado en el manga y en la serie, no siguiendo una vinculada línea continuista. Sin embargo, ‘La batalla de los dioses’ se ubica temporalmente tras la derrota de Majin Boo y antes del último torneo de artes marciales –en el que, recordemos, participa la pequeña Pan, nieta de Goku–, siguiendo una línea de continuidad coherente –o eso se pretende– con el anime al no omitir los hechos narrados anteriormente. Y es aquí donde reside el mayor problema de la película, ya que esta intención de Toriyama de crear una historia ubicada tras los acontecimientos que todos conocemos, se desmorona de forma alarmante a consecuencia del imperdonable aluvión de lagunas argumentales y fallos garrafales en esa continuidad de la que hablamos. Algo que rompe por completo la conexión que buscaba Toriyama con su obra anterior –personajes que de repente no se conocen o parecen haberse visto por primera vez cuando esto no debería ser así, errores de vestuario, comportamientos completamente anómalos por parte de ciertos protagonistas…

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A todo ello tenemos que sumarle un guion que está cogido con pinzas prácticamente en todos sus aspectos y que, aun siendo plenamente conscientes de que estamos ante un universo fantasioso y surrealista, resulta imposible que nos creamos gran parte de lo que se nos narra en la película a pesar de que la trama a priori resultaba interesante: Bills, el Dios de la Destrucción, el responsable de mantener el equilibrio del universo, se entera al despertar de un largo sueño de que un guerrero que habita en el planeta Tierra fue capaz de derrotar al poderoso Freezer. Bills, sorprendido por ello, sospecha que ese ser puede tratarse del legendario Super Saiyajin Dios, un guerrero que el propio Bills imaginó en sus sueños, por lo que, convencido de que este Dios Saiyajin habita en la Tierra, decide marchar hacía el planeta azul con la esperanza de encontrarlo y comprobar su verdadera fuerza.

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El problema de todo ello radica en un guión realmente flojo, fallidamente cómico y de humor netamente infantil que no sólo carece de la garra y del sentido de la épica que caracterizaba gran parte del original Dragon Ball Z, sino que además desmitifica –por no decir, humilla– a un buen número de personajes de la película –entre ellos a un Vegeta ridículo y burlesco como jamás lo habíamos visto– a través de comportamientos totalmente innecesarios y sonrojantes. Porque por mucho que intentemos comprender lo que está sucediendo en pantalla, no encontraremos respuesta alguna al tremendo desdibujamiento al que Toriyama y Watanabe someten a sus personajes. ¿Cómo es posible que Billis y su fiel sirviente se pasen los 85 minutos de la película devorando la comida de la fiesta de cumpleaños de Bluma? ¿Resulta coherente que el Dios de la Destrucción decida destruir en planeta Tierra sólo porque Boo no le quiere dar Pudin (¡¡¡….!!!) o por no encontrar al deseado Saiyajin Dios? ¿Por qué Bilis, cuyo diseño es una especie de risible híbrido entre gato egipcio y pokémon evolucionado, decide bailar ‘breakdance’ al comienzo de la película junto a nuestros protagonistas? (sí, han leído bien). ¿A qué viene la espontánea aparición de Pilaf y sus secuaces? Y todo ello sin tener en cuenta el método mediante el cual Son Goku logra alcanzar el estado de Super Saiyajin Dios –con un diseño que, de nuevo, deja bastante que desear– en un recurso realmente cogido con alfileres y de difícil digestión. La explicación se la dejo ver a ustedes, por aquello de no recurrir a los destripes.

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Desafortunadamente, una buena idea inicial que podría haber dado mucho juego tan sólo se ha quedado en una simple bufonada plagada de deslices y bobadas cada una más grave que la anterior. Porque estamos de acuerdo en que los primeros tiempos de Dragon Ball se sustentaban en gran medida en el humor y en la comedia, pero se trataba de un humor inteligente, con chispa, e incluso bastante ‘ácido’ en determinados capítulos del manga, algo que por supuesto se pierde en esta nueva película. Por lo menos queda intacto ese eterno mensaje de compañerismo, trabajo grupal y lealtad que siempre ha estado presente en la obra original

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Llegados a este punto debo de reconocer, como seguidor del mundo Dragon Ball, que resulta complicado abstraerse de lo que Toriyama trata de conseguir, y esto es ni más ni menos que manejar a su antojo el poderoso sentimiento de la nostalgia del incondicional del anime. Un sentimiento capaz de hacer que tolere lo intolerable, porque si algo bueno –al mismo tiempo que manipulador– tiene esta película, a parte de unos combates dinámicos –aunque breves–, es su poderosa llamada al recuerdo y a esa nostalgia provocada por los numerosos guiños que el autor nos ofrece. Por ello resulta complicado no dejarse llevar a lo largo de muchos instantes por la magia que el film desprende a pesar de su precario guion. Y digo que resulta difícil no dejarse hipnotizar porque el ver en pantalla grande a estos personajes es, sencillamente, un lujo. Sobre todo teniendo en cuenta que la película ha sido actualizada a los tiempos que corren con un interesante lavado de cara digital –atención a esos maravillosos y detallados fondos en CGI, las descargas de energía durante los combates, o los objetos de fondo en movimiento–. Porque por primera vez nos encontramos realmente ante una película de Dragon Ball concebida para cines en la que su acabado técnico es realmente brillante, y no un producto destinado para televisión o VHS.

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Por otra parte, es digno de mencionar el maravilloso trabajo de Selecta Vision a la hora de traernos a los actores de doblaje originales, hecho que seguro hará saltar las lágrimas a más de un seguidor de una de las series animadas de nuestra infancia, algo que también sucederá durante los enternecedores créditos finales de la película. Lástima que el film haya quedado irreparablemente dañado por un desarrollo argumental lento, descuidado, incoherente y por un guion destinado principalmente a los más pequeños de la casa y en el que quedan exentos aquellos momentos más memorables que nos hicieron vibrar en su día. En definitiva, y como venimos afirmando en la presente crítica de Dragon Ball Z: La batalla de los dioses, el film es un quiero y no puedo tan decepcionante, como visualmente bello y nostálgico que apenas va a satisfacer a unos pocos.

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En resumidas cuentas

Nos encontramos ante una oportunidad perdida para habernos deleitado con la película definitiva de Dragon Ball, pero un guión absolutamente plano, de desarrollo tosco y agrietado como consecuencia de sus imperdonables incongruencias, terminan convirtiendo la película en un pueril y muy flojo ejercicio destinado sólo para conformistas. Porque Dragon Ball es mucho más que una sucesión de personajes metidos con calzador con el afán de contentar al espectador. Es mucho más que un largo número de chistes y momentos de verdadero estupor.  Y es mucho más que unos bonitos escenarios diseñados digitalmente.

En cualquier caso, también es cierto que es una oportunidad única para ver en pantalla grande en todo su esplendor a los personajes con los que muchos de nosotros crecimos. Que el acabado técnico y visual de la película es, sencillamente, asombroso. Y que los combates del film no han perdido el dinamismo ni el impacto de los de antaño, aunque elementos tan importantes de DBZ como la épica, la violencia descarnada y, por qué no, las heridas y la sangre producidas por un combate tan intenso como el que nos acontece, han sido eliminados en detrimento de los más pequeños. O quizás porque, por mucho que nos duela, Toriyama ha olvidado su obra, del mismo modo que nosotros olvidaremos esta película.