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Tiburón. La Venganza
Cine - Películas
Escrito por Slinker   
Martes, 21 de Agosto de 2012 00:00

‘Decente’, un adjetivo que en absoluto se puede atribuir a esta deplorable y penosa cuarta entrega de la saga ‘Tiburón’. ‘Ofensiva’, ‘ridícula’, ‘risible’, ‘absurda’ o ‘delirante’ sí son términos que se ajustan a la perfección a esta cinta dirigida por un Joseph Sargent que aún estará escondido en algún lugar del planeta tras perpetrar semejante bodrio.

Pasen y disfruten del show. Es la hora del humor.


“Tal vez le ha dado un infarto por comer demasiado.
¡Los humanos tenemos mucho colesterol!”
.- Hoagie

Tiburón. La Venganza.

Nota: El siguiente artículo contiene información revelante sobre el (deplorable) final de la película.


Título original: Jaws: The Revenge
Director: Joseph Sargent
Nacionalidad: USA
Año: 1987
Género: Thriller/Terror
Guión: Michael De Guzmán
Intérpretes: Lorraine Gary, Lance Guest, Mario Van Peebles,
Michael Caine, Karen Young, Judith Barsi, Mitchell Anderson
Música: Michael Small
Producción: Joseph Sargent, Frank Baur
Compañía productora: Universal Pictures
Duración: 89 min.

Sinopsis

Ellen Brody (Lorraine Gary) aún vive en el pueblo isleño de Amity, pero sus hijos Sean (Mitchell Anderson) y Michael (Lance Guest) ya no trabajan en ‘Mundo Marino’, y su marido hace tiempo que murió de un ataque al corazón provocado por su miedo a los escualos. Sean, que es policía, una noche de Navidad tiene que acudir a una llamada para desenredar un tronco de una boya y es devorado por un gran tiburón blanco. Su madre piensa que se trata de una venganza contra su familia, por lo que su hijo Michael decide llevársela con su mujer y su hija lejos de Amity.

Tiburón. La Venganza.

Valoración

¡Es la hora del humor! ¡Si, vamos a pasarlo bien! Porque reconozcámoslo ya: ‘Tiburón: La Venganza’ es una comedia inconfesa, pura diversión, puro chiste, puro espanto... un vehículo perfecto para el cachondeo y la bufonería, porque resulta imposible no reírse de la película, ni de su argumento, ni de sus efectos especiales, ni de sus actuaciones. ¡Diablos!, si incluso los propios actores parecen pasarse la credibilidad del relato y sus interpretaciones por el forro... ¿cómo no iba a hacerlo el estupefacto espectador al encontrarse con tremendo engendro?

Para comenzar, ignoro quién fue el iluminado que dejó la película entera en manos de Joseph Sargent, realizador televisivo que, curiosamente, también se encargó de producir la película y cuyo mayor mérito en su carrera hasta entonces era el haber dirigido unos cuantos episodios de la serie ‘Lassie’ (1961-1964), otro de ‘Bonanza’ (1964), otro par más de ‘El Fugitivo’ (1965-1966) y el film ‘Pelham 1,2,3’ (1974), además de un innumerable número de telefilms que seguramente ni él recuerda. Claro, como la Universal no tuvo suficiente dándole la dirección de la floja ‘Tiburón 2’ (Jaws 2, Jeannot Szwarc. 1978) a un realizador sin apenas experiencia cinematográfica, repitieron jugada con esta cuarta entrega, ofreciéndole la cinta a un director que, no nos engañemos, no tiene ni la más remota idea de rodar una película (sin duda, su obra más célebre, la citada ‘Pelham 1,2,3, es un buen film más por las actuaciones de Robert Shaw y Walter Matthay y por el buen hacer del guionista Peter Stone, que por la propia labor de dirección de Argent).

Tiburón. La Venganza.

Pero centrémonos en ‘Jaws: The Revenge’, una secuela con tal grado de espanto y desfachatez que insulta deliberadamente y descaradamente a la inteligencia del espectador, sobre todo a tenor de sus últimos 15 minutos de metraje, los cuales relataré detalladamente porque no tienen desperdicio alguno. Hasta entonces hablemos un poco de semejante insulto, un film más propio de una TV Movie de sobremesa realizado con las mismas ganas y entusiasmo que un servidor de subir a pie el Himalaya. Y es que francamente no recuerdo haber visto un film tan aburrido y soporífero como ‘Tiburón: La Venganza’, donde los personajes (especialmente el de Lorraine Gary en un papel para el recuerdo... de lo pésimo que resulta) se traumatizan, se lamentan y se vuelven a traumatizar por la perdida del hijo menor de ésta a manos de un nuevo escualo. Mientras que por otra parte, intentan auto convencerse de que un pariente de los tiburones muertos en las dos primeras películas no ha venido a vengarse expresamente de toda la familia del ya fallecido Sheriff Brody, algo que realmente es así, en una premisa argumental tan delirante como absurda.

Todo un ridículo melodrama familiar televisivo tan superficial, cutre, forzado y tosco como toda la película en sí misma. Por no hablar ya de ese ‘romance flechazo’ metido con calzador entre un Michael Caine ‘interpretando’ (es un decir) a Hoagie, el piloto más ‘guay’ del lugar y que pareció pasárselo bomba durante el rodaje en las Bahamas, y una Lorraine Gary ya totalmente pasada de vueltas que uno ya no sabe si el centro de su desgracia ha sido la pérdida de su hijo, o más bien la falta de un hombre a su lado que le proporcione ‘el calor’ (nótese mi ironía) que le da el personaje de Caine. O igual ambas cosas, quien sabe.

Tiburón. La Venganza.

Pasados los treinta y cinco minutos hace acto de presencia nuestro tiburón de goma, y aquí es cuando verdaderamente comprendemos que estamos ante un verdadero y puro bodrio donde nadie se involucra lo más mínimo, como en mayor o menor medida sí sucedió en secuelas anteriores. Y es que los diálogos son tan mezquinos que uno se pregunta si intentaron tomarnos el pelo con esta cinta, por no hablar de lo insustancial de todos los actores. Mención especial debemos hacer a la primera aparición del tiburón mientras Jake, el personaje de Mario Van Peebles (uno de los peores actores del cine de bajo presupuesto) recoge caracolas del fondo del mar. El enorme escualo pasa sutilmente por su lado, y para sorpresa nuestra, el bueno de Van Peebles no mueve una sola pestaña y se limita a un: “Oh, aquí abajo hay un pez muy grande...”, para a continuación retirar la mirada. Intenso y escalofriante, desde luego.

Tiburón. La Venganza.

Tras no dar crédito con lo que veían mis sufridos ojos, sólo se me pasaba por la cabeza que todo esto fue montado así por alguna de estas dos razones. La primera, por la incompetencia, ebriedad o estupidez suprema de todo el equipo artístico y de producción. Y la segunda, por tratarse de una estrategia con afán de darle a la película cierto aire autoparódico intencionado, aunque de ser así en absoluto resulta efectivo (en este aspecto ‘Jaws 3D’ logra mucho mejor su cometido de film desenfadado y sin pretensiones), pues por momentos la película duda si inclinarse hacía el terreno del sarcasmo para reírse de sí misma, o si bien inclinar la balanza hacía el otro lado para tratar de ser un producto creíble y sobrio. Finalmente ni una cosa ni otra queda clara, salvo que desde el comienzo hasta al final este film resulta caótico y totalmente prescindible, comenzando por un absurdo guión que retoma personajes y, sobre todo, conceptos de la primera entrega de la saga en una maniobra propia de las peores secuelas del cine de terror.

Y es que plagiar ideas y ambientes del pasado es una artimaña usada normalmente en las últimas secuelas de sagas interminables con motivo de intentar suscitar de algún modo el interés del espectador aludiendo a la nostalgia. Pero si precisamente la segunda entrega pecó por intentar parecerse en exceso al film de 1975 (sólo que mucho peor), esta cuarta y última secuela acentúa aún más si cabe ese énfasis por copiar gran parte de la fórmula de la primera película, así como innumerables secuencias y situaciones claramente calcadas a las de la original (como una nueva y esperpéntica persecución en barco a la caza del animal, imitando descaradamente al trío Scheider, Shaw y Dreyfuss en una de las mejores partes de la primera película; o aquella escena en la que Mike y su hija, sentados en el comedor, imitan gestos el uno del otro en una clara similitud con una situación idéntica acontecida en el primer film entre el pequeño Michael y su padre). Todo esto, claro está, sostenido sobre un libreto que hace aguas se mire por donde se mire, dando lugar a un producto tan indigno como degradante.

Tiburón. La Venganza.

Amén de secuencias increíblemente delirantes y actores a los que parece importarles un comino la credibilidad. Especialmente sorprendente resulta esa insoportable Ellen Brody que parece haber desarrollado algún tipo de capacidad extrasensorial que le permite intuir a kilómetros de distancia si el tiburón está atacando o no a su hijo Michael Brody, el cual, por cierto, está más preocupado por el hombre que se intenta camelar a su madre que por el tiburón que va tras él. Destacar que en esta ocasión Mike es ‘interpretado’ por Lance Guest en lugar de Dennis Quaid, el cual debió huir despavorido del proyecto cuando le ofrecieron repetir papel.

Pero lo mejor está por llegar. Es hora de analizar el momento cumbre de la película: su increíble y tronchante final. El summun de la irracionalidad. Un despiporre posiblemente provocado por la ingesta de sustancias inadecuadas por parte del señor director y su guionista durante la producción.

Tiburón. La Venganza.

Todo comienza cuando una furiosa, descontrolada y pletórica de poder Ellen decide robarle el barco a su hijo en un arrebato de... estupidez, con el objeto de buscar al tiburón que le está haciendo la vida imposible. ¿Para qué? Nadie lo sabe. Posiblemente para mantener una charla de ‘mujer a escualo’. Afortunadamente el grupo de caza caracolas con la ayuda de Hoagie y su avioneta logran encontrar a Ellen y socorrerla de una muerte segura. Pero lo que viene a continuación es digno de ver, porque sin duda, nos encontramos ante la muerte más absurda que un monstruo ha tenido en la historia del cine moderno.

Una vez se encuentran todos nuestros simpáticos protagonistas en el barco, al bueno de Jake se le ocurre una sensacional idea: en cuestión de segundos monta un sistema basado en dos linternas (si, han leído bien), una de las cuales funcionará como receptor e irá al interior de las fauces del animal, mientras que la otra sería controlada desde el barco y actuaría de emisor. Pues bien, según la asombrosa teoría, los impulsos electromagnéticos que emite la segunda linterna al encenderse desde el barco, provocará ‘la locura’ al animal por motivos que sólo el guionista conoce. Ahora llega lo complicado: introducir la linterna receptor en la boca del escualo, pero Jake es mucho Jake, así que decide subirse en el mástil delantero del barco para introducirle la linterna al tiburón en un momento de proximidad. Aunque como era de esperar pasa lo que tiene que pasar. El escualo agarra con sus enormes mandíbulas a nuestro atrevido Caribeño, rompiendo por la mitad el mástil sobre el que éste se apoyaba. A continuación, y en un plano bastante claro, se aprecia cómo el tiburón destroza el pecho de Jake, sumergiéndolo al fondo del mar entre un gran charco de sangre que flota sobre el agua. Ahora sólo el bueno de Michael podrá solventar la situación. Así que haciendo uso del sistema ideado por su compañero de fatigas, Mike usa la linternita como emisor, haciendo que el tiburón sufra y ruga como si de un felino en celo se tratara. Tras varios ‘relampagazos de dolor’, Ellen decide girar el timón e ir de frente hacía el tiburón, el cual, en un intento de abalanzarse hacía barco queda trinchado por el trozo de mástil delantero, haciendo que el tiburón... explote (¡¡¡¡.....!!!!).

Tiburón. La Venganza.

Como no, nuestros protagonistas, y sin saber bien el motivo, se tiran al agua, quedando el barco extrañamente destrozado para posteriormente desaparecer del mar (...). Y en ese instante se oye un grito... ‘¡Es Jake!’. Si, no me pregunten por qué, pero nuestro querido Jake está más fresco que una lechuga. Bien, en base a esto podemos sacar varias conjeturas:

  • Un tiburón que es sometido a impulsos electromagnéticos tiende a salir del agua varios metros, rugiendo como si de un Tyranosaurus Rex se tratase.
  • Un tiburón que es atravesado por un mástil o cualquier objeto punzante de tamaño considerable, explota.
  • Una persona que es machacada de vientre hacia arriba por un tiburón blanco, posiblemente con el tórax y los pulmones atravesados, y tras permanecer 10 minutos bajo el agua, finalmente sale a la superficie pidiendo socorro y preguntando ‘¿Por qué habéis tardado tanto?’. Queda claro que nuestro amigo Van Peebles es un primo lejano de Connor MacLeod.


Saquen sus propias conclusiones, sobre todo a tenor de las siguientes imágenes, las cuales delatan la secuencia en cuestión justo antes del estallido del animal. Todo un show de primorosos y elaborados efectos especiales.

Tiburón. La Venganza.

Para concluir no es necesario decir que estamos ante una nueva secuela cuya base argumental está basada en la nostalgia y en la repetición, pero que resulta tan chapucera, descuidada, vergonzosa, aburrida, estúpida y ordinaria que no merece ni la pena tener en cuenta. Sin duda, la peor entrega de la tetralogía, superada de lejos incluso por la flojísima ‘Tiburón 2’ y, de largo, por la más divertida ‘El Gran Tiburón’, así como por multitud de plagios e imitaciones que resultan, a todas luces, mucho más potables que esta descomunal bazofia.

Considerara como una de las 100 peores películas de la historia del cine, la cinta obtuvo siete nominaciones a los razzies (entre ellas a peor película), logrando el galardón a los peores efectos especiales del año. Por qué será.

Tiburón. La Venganza.

Lo mejor: Por no dejar este apartado en blanco, siempre es agradable ver en pantalla a un buen actor como Michael Caine, aunque su papel resulta ridículo. Indigno de un intérprete de su categoría. ¿Por qué lo hiciste, Michael?.

Lo peor: No sabría por donde empezar: si por el peinado de Lorraine Gary, por el de Mario Van Peebles, por el descarado tiburón de goma, por el risible guión, por los diálogos de preescolar o por la bochornosa aparición final del escualo, con rugidos prehistóricos incluidos (¡!) y efectos especiales elaborados por la casa ‘Playskool’. Una delicia.

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