Puro vicio
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En 2014 el cineasta Paul Thomas Anderson regresó a la gran pantalla adaptando la novela de Thomas Pynchon con Joaquin Phoenix como cabeza visible. Es hora de dejarse llevar. Es hora de tener un… ‘Puro vicio’.

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Crítica de Puro vicio

Que Paul Thomas Anderson es un buen director, es algo que pocos pueden dudar, pues tan sólo cabe remitirse a las pruebas: ‘Boogie Nights’ (1997), ‘Magnolia’ (1999) o ‘Pozos de ambición’ (2007), no únicamente sus tres mejores películas, sino también tres grandes películas del cine contemporáneo. Si al hecho de que, además de realizador, el californiano es también quien ha escrito los guiones de (casi) toda su filmografía, es obvio hablar de él como un autor en toda regla.

Por otro lado, Thomas Pynchon es harto conocido como uno de los máximos exponentes del postmodernismo literario, por no decir uno de los novelistas estadounidenses más prestigiosos de la actualidad, cuyo estilo, caracterizado por una confusa y enrevesada forma de narración parecía, hasta hoy en día, casi imposible de plasmar en pantalla sin que se perdiera en ese traspaso la esencia del autor. Con ‘Puro vicio’, Anderson dirige su segunda película de la cual no es él mismo el autor original de la historia (‘Pozos de ambición’ está basada en ‘Oil!’, novela de Upton Sinclair), y lo hace siendo (exageradamente) fiel al trabajo original de Pynchon, aspecto que es a su vez, lo mejor y lo peor de su séptimo largometraje.

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Anderson que fuera reconocido como “Mejor Director” en Cannes 2002, gracias a ‘Punch-drunk love’ aka ‘Embriagado de amor’ (2002), firma el que podría resultar el primer patinazo de su trayectoria. Y es que, aun tratándose de una más que fiel adaptación de la obra original (cuyo título en español fue el de ‘Vicio propio’), su principal problema radica en eso mismo, en el hecho de querer plasmar a la perfección el universo pynchoniano en pantalla.

La confusa lectura del escritor de Long Island se convierte en un ejercicio narrativo más allá de la forma, el cual sirve para hacer una radiografía de la California de los años setenta, con saturación de referencias a la cultura popular, a la contracultura surgida a nivel mundial y al pánico generalizado a los movimientos neohippies y sectarios. Paul Thomas Anderson parte de la (magistral) obra original y formula así el esquema de su película, siendo la principal característica de ésta, la misma que otorga el carácter positivo a la novela: la reiterada confusión.

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Un lisérgico viaje en forma de película en la que, en más de una ocasión, no es raro perderse, sentirse tan confundido (y fumado) como su protagonista, o incluso llegar a desconectar de tanta verborrea y sobresaturación de personajes que entran, salen, desaparecen, son nombrados, dejan de serlo, aparecen de nuevo, y vuelven a entrar y salir. Puedo decir en esta crítica de Puro Vicio, que la película llega a ser correcta si se ve con ojos de lo que es, es decir, la plasmación de la paranoia y psicodelia de una década, además de un tremendo colocón en formato de secuencias que se alargan hasta casi las dos horas y media…

Puede incluso no llegar a cumplir las expectativas de aquellos más fieles al director. También cabe la posibilidad de que, aquellos que se dejen llevar por su hilarante trama, vean en ‘Puro vicio’ lo que un servidor no llegó ver, quizá porque no se dejó arrastrar por toda esa verborrea que no llevaba a ninguna parte, o quizá porque el colocón no le sentó bien. Y es que, en este caso, parece que Anderson es el culpable de este mal viaje.

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En conclusión.
Dejarse llevar sin que importe mucho el qué y el cuándo pasan las cosas y, sobre todo, el quién. Puede que así el viaje que ofrece esta película sea más llevadero… o no.

Tráiler de Puro vicio