La semilla del Diablo
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Hace 50 años Roman Polanski conmocionó a los espectadores de medio mundo con una película cuyos ecos todavía resuenan en nuestros oídos. Una obra que forma parte del selecto triplete maligno formado por míticas cintas posteriores como ‘El Exorcista’ (William Friedkin, 1973) y ‘La profecía’ (Richard Donner, 1976). Llegó el momento de plantar… ‘La semilla del Diablo’.

“El nombre es un anagrama”.-Rosemary Woodhouse.

Crítica de La semilla del Diablo

Puede que, vista hoy en día (y por las nuevas generaciones), esta película no resulte tan atrayente, terrorífica ni polémica como lo fue para las generaciones pasadas… pero tenemos que situarnos en su contexto exacto: eran finales de los años 60 y la información y sensaciones que el gran público manejaba entonces no eran las mismas que las de ahora ni de lejos. Bien puedo decir que todo o casi todo estaba por descubrir.

Teniendo en cuenta lo anterior, ‘La semilla del Diablo’ arrojaba directamente a la cara del público el delicado tema del Satanismo, y lo hacía sin necesidad de recurrir a representaciones monstruosas, trucajes visuales ni nada por el estilo… Lo inquietante y terrorífico era representar al Mal en afables personas de carne y hueso que, al igual que pasaba en el film, podían ser tus propios y amables vecinos…

Además de dirigir el film, Roman Polanski también escribió el guión apoyándose en la novela de Ira Levin, escritor neoyorquino que consiguió con este libro su título de mayor resonancia junto a ‘Los niños del Brasil’ (también versionada en cines en 1978 por Franklin J. Schaffner). La trama del film nos va introduciendo, poco a poco y muy sutilmente, en el tema de la Religión y el Satanismo (por ejemplo, las referencias al Papa Pablo VI) hasta que llegamos a uno de los momentos cumbres: la desasosegadora escena del sueño (ritual/violación).

A partir de ese terrible instante, las cartas quedarán sobre la mesa y comenzará la absoluta indefensión de Rosemary Woodhouse. A poco que uno tenga un mínimo de sensibilidad… quedará atrapado por la trama que te consigue meter en la piel del personaje interpretado por Mia Farrow y generarte gran indefensión e impotencia por no poder ayudarla. Desde luego que no es aconsejable que el film sea visto por mujeres embarazadas fácilmente sugestionables por los temas que se van exponiendo.

Entre esos temas ya he comentado que el principal era el Satanismo. En pantalla vamos viendo el modo de proceder de los satanistas hasta desembocar en el perturbador final. Un final que ya forma parte de la historia del cine. Mucho se comentó al respecto de la influencia y asesoramiento en la película de Anton LaVey, el fundador de la Iglesia de Satán en 1966 (“curiosamente” el Año Nuevo celebrado en la cinta), pero nada esto parece ser cierto, ya que Polanski únicamente se limitó a plasmar la novela de Levin. Por su parte, LaVey solamente se limitó a visionar la película y a hacer una presentación de la misma en un cine de San Francisco al que fue invitado.

Otro aspecto importante de ‘La semilla del Diablo’ es su ambientación en el bloque de apartamentos del edificio Bramford. Las cuatro paredes del piso/apartamento de Rosemary y Guy es el principal escenario interior del film. Polanski no necesita nada más que esto para sumergirnos en la historia, y lo curioso es que no es un ambiente opresivo ni inquietante (salvo en su aspecto exterior) pero que se acomoda perfectamente a lo que vemos. Aquí hay que destacar obligatoriamente otra leyenda negra: el edificio Bramford era en realidad el edificio Dakota en Manhattan. Un bloque histórico con su propia maldición (por ejemplo, allí residió el famoso mago negro Aleister Crowley) que también trajo problemas graves a Polanski durante la filmación de la película con concentraciones de grupos que protestaban contra el rodaje, según parece, entre esos alborotadores habría estado el mismísimo Charles Manson…

Finalmente, hay que llamar la atención al respecto de la logradísima BSO del polaco Krzysztof Komeda que recrea unas composiciones a la altura del film. Para el recuerdo queda esa maldita “na-na” que te congela el alma y que se escucha nada más salir los títulos de crédito del film. Además, en diferentes momentos suena al piano “La canción para Elisa” de Beethoven tocada por uno de los vecinos del inmueble.

“Es un piso precioso me encanta”… Vecinos invasores.

Entrando en el reparto cabe destacar la excepcional labor llevada a cabo por Mia Farrow dando vida a Rosemary Woodhouse, una joven ciertamente enamorada de su esposo al que desea ver triunfar. Farrow retrata a una delicada, ingenua, amigable pero también tímida chica que se va viendo atrapada, sometida y totalmente indefensa ante el entusiasmo con el que su marido recibe la amistad del viejo matrimonio Castevet. A lo largo del metraje asistimos impotentes a como su estado físico va empeorando con su embarazo y Farrow (con su fragilidad) consigue que sintamos gran impotencia al no poder hacer nada para ayudarla. Esto afecta (y mucho) al estado de ánimo de nosotros como público. Por su parte, John Cassavetes es Guy, el marido de Rosemary, un actor que ve como su carrera no vale más que para anuncios de poca monta. Al principio lo vemos centrado exclusivamente en su mujer y profesión, pero nada más conocer a los Castevet va cambiando de manera sutil en el trato hacia su esposa.

A los Castevet los interpretan Ruth Gordon (Minnie) y Sidney Blackmer (Roman) que recrean a una pareja de ancianos de caracteres bien diferentes y que terminan siendo, cada uno a su modo y manera, realmente agobiantes tanto para Rosemary como para el espectador, son de esa clase de gente que irrumpe en tu vida de manera avasalladora llegando al acoso. Minnie es la típica vieja “metomentodo” que no para de hablar y agobiar. Roman es lo contrario pero no menos molesto, es un anciano que inspira demasiada tranquilidad y que es capaz de sugestionar a su interlocutor gracias a su experiencia y calmada exposición de ideas. La recreación que ambos hacen de estos personajes también es soberbia, de hecho, Ruth Gordon se llevó el Oscar de 1969 a la mejor secundaria por este agobiante e irritante papel. Finalmente, y en contraposición a los Castevet, cabe mencionar la agradable interpretación de Maurice Evans como Hutch, un escritor de cuentos infantiles y casi el único apoyo de Rosemary que lo convierte en su confidente.

En conclusión.
Termino esta crítica de La semilla del Diablo, una película en la que Mia Farrow consigue transmitirnos toda su indefensión y fragilidad. Una cinta muy arriesgada que logró trascender más allá de la crítica y sus puntuaciones para convertirse en una obra de referencia con gran influencia posterior. En definitiva, un film de los que hay que ver al menos una vez en la vida y tener en toda colección que se precie.

Tráiler de La semilla del Diablo