La rebelión de las máquinas
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Las novelas de Stephen King, el indiscutible maestro del terror, han inspirado cientos de películas. Pero fue con ‘La rebelión de las máquinas’ cuando por primera y última vez decidió cambiar la pluma por la silla de dirección. Desgraciadamente lo único que se escapó de su control no fueron las máquinas.

“Cariño, acércate a ver lo que dice esta máquina… ¡Pero si me está llamando maricón!“.

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Crítica de La rebelión de las máquinas

Seguramente todos hemos leído alguna novela de Stephen King, un escritor cuyas historias transcurren entre el horror y las pesadillas oníricas. En esta ocasión también es un relato suyo el que inspiró esta película puramente ochentera que voy a comentar, pero no se trata de una novela, sino de una historia corta titulada ‘Camiones’ que publicó en una revista a principios de los años 70. La base argumental es parecida: un grupo de personas queda atrapada en una estación de servicio mientras unos camiones que misteriosamente han cobrado vida intentan acabar con sus vidas. No obstante, en ‘La rebelión de las máquinas’ no encontraremos el aroma apocalíptico y pesimista del relato original sino un producto de entretenimiento bastante mainstream a pesar de su escaso presupuesto.

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Stephen King nunca había dirigido una película y eso desgraciadamente se nota, especialmente en el ritmo narrativo o en el nulo acierto a la hora de presentar la trama y los personajes. Además, su incursión como director coincidió con un mal momento personal, ya que King estaba sumergido en una espiral de drogas y alcohol, de hecho, en una entrevista años después, confesó que durante el rodaje estaba totalmente ido y que había sido la peor adaptación de una obra suya. En resumen, no fue buena idea dirigir una película y mucho menos en ese momento concreto. Fruto de esto quedó una trama que desvirtúa los puntos fuertes que podría tener la película, como la dependencia de las máquinas que adolece la sociedad moderna o unos personajes que realmente nos interesaran. En lugar de eso la película se redujo a un pastiche de asesinatos y malas interpretaciones.

Al ver el comportamiento de los personajes nos queda la inequívoca sensación de que en el lugar donde transcurre la acción sólo viven idiotas, algunos especialmente cargantes. Si nos centramos en las personas que quedan atrapadas en la estación de servicio podemos ver todos los clichés habidos y por haber. Por ejemplo, Emilio Estevez, que de protagonizar películas de culto como ‘Rebeldes’ o ‘El Club de los Cinco’ pasó a interpretar al típico ex-delincuente afable y bonachón, Laura Harrington se puso en la piel de la típica autoestopista mona y tampoco faltó el también típico jefe explotador interpretado por Pat Hingle.

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Curiosamente el “personaje” más interesante es uno de los camiones, concretamente el que parece ser el líder y lleva en la parte delantera una careta del Duende Verde, el archienemigo de Spiderman. Parece clara la influencia de esa otra cinta de culto que es El diablo sobre ruedas (Steven Spielberg, 1971), aunque en esa película sí que somos partícipes de la angustia del conductor que es acosado por el diabólico camión, sufrimos con él y tememos que no conseguirá escapar. Aquí en cambio no sólo nos da igual sino que esperamos ansiosos a que las máquinas se carguen al siguiente. De todos modos mala señal cuando un vehículo se luce más que los actores.

Dicho esto, hay que reconocer los puntos fuertes de esta película. Lo mejor sin duda son muchas de las escenas donde las máquinas atacan a los humanos. Especialmente podemos recordar a esa máquina de refrescos que se carga a la gente lanzándoles latas o esa apisonadora que arrasa con un campo de baseball repleto de niños… Son esos momentos donde reconocemos la mano maestra de Stephen King a la hora de incomodar al espectador. También es memorable la banda sonora a cargo de los rockeros AC/DC, que acompaña como ninguna a las secuencias de gore y explosiones.

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Conclusión.
Puedo asegurar que la incursión de Stephen King en el mundo de la dirección no fue lo que se dice memorable. Sin embargo, y a pesar de que la película es francamente mala, confieso que me divierte. No sé si será por pura nostalgia, por las escenas truculentas o por el tono paródico que inunda toda la cinta. Pero la verdad es que, por incomprensible que parezca, la encuentro apropiada si se quiere pasar un rato entretenido, eso sí, sin grandes pretensiones. A pesar de ello no me atrevo a recomendarla en esta crítica de La rebelión de las máquinas, sería injusto y sobre todo muy arriesgado porque del mismo modo que puede despertar buenas sensaciones es una película capaz de hacer que lancemos el televisor por la ventana. Dejaré la decisión a nuestros lectores.