Karate Kid III
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En 1989 la saga de «Karate Kid» se negaba a desaparecer del panorama cinematográfico. Y fue nuevamente de la mano de John G. Avildsen que nos llegaría esta tercera entrega. La sensación era que ya no quedaba mucho por contar. No obstante, cuando tienes en la manga una pareja ganadora como Ralph Macchio y Pat Morita todo puede suceder. Bienvenidos al desafío final de ‘Karate Kid III’.

«Ahora empieza el auténtico dolor, Danny».-Terry Silver.

Karate Kid 3

Crítica de Karate Kid III

Habían pasado tres años del estreno de Karate Kid II y los estudios volvieron a confiar en el mismo equipo. Los buenos resultados cosechados estaban a la vista. Así pues, el encargado de dirigir la tercera entrega fue nuevamente John G. Avildsen. El director ya contaba con la ventaja de haber visto crecer a la criatura desde 1984. Sin embargo, pronto se hizo evidente que no había demasiada tela donde cortar. La primera película nos había mostrado una historia de valor y amistad centrada en un campeonato de kárate. Por su parte, la segunda había trasladado la acción a Japón pero sin realizar demasiados cambios. En esta ocasión, se decidió mostrarnos a un Daniel LaRusso más maduro que decide emprender una nueva vida en compañía de su amigo y maestro.

Para escribir el guión se contó una vez más con Robert Mark Kamen. Este destacado guionista ya había realizado un trabajo más que correcto en las dos anteriores películas. Aquí conforma la trama incorporando la venganza como base argumental. La acción se sitúa después del regreso de Daniel y Miyagi de Japón. El muchacho decide emplear el dinero que tenía ahorrado para pagar sus estudios universitarios en hacer realidad el sueño de su maestro: abrir una tienda de bonsais. Pero lo que comienza siendo un sueño hecho realidad se convierte en pesadilla. Una pesadilla que surge al irrumpir en escena John Kreese, el antiguo sensei del Cobra Kai. Gracias a un ex-compañero que posee una cadena de dojos decide vengarse de la pareja que malogró su carrera profesional.

Karate Kid 3

El esqueleto de la trama es virtualmente el mismo que en las anteriores películas. Primero de todo tenemos al tándem compuesto por el maestro y el alumno, que a lo largo de la trama redescubren juntos el valor de la amistad y el honor. Luego está la chica de la que Daniel se enamora. Y claro, no pueden faltar los matones que amenazan la integridad física del joven alumno ni tampoco los villanos. Finalmente, tenemos el ineludible campeonato de artes marciales, donde todo se decide a una carta. Sí, es básicamente lo mismo, pero como se suele decir «si algo funciona, no lo cambies».

El eje principal de la historia es la pareja protagonista con Ralph Macchio que ya se conocía al dedillo su personaje y un Pat Morita más metido que nunca en la piel de viejo maestro. Su relación ha ido evolucionando y ahora es Daniel quien presta dinero al anciano para poder abrir su negocio. Pero obviamente se sigue manteniendo esa línea argumental que exige que el alumno reciba la paliza de su vida para que el maestro acepte entrenarle. La chica (una joven y atractiva Robyn Lively) y los bonsáis son un atrezzo que aporta más bien poco. No obstante, sirven para que los matones que le atosigan tengan algo con que pinchar a Larusso. Unos matones liderados por el actor Sean Kanan. Desgraciadamente, su trabajo no resulta tan convincente como los que apalizaban a Daniel en las anteriores entregas.

Los que sí están a la altura de los dos protagonistas son Martin Kove y Thomas Ian Griffith. El primero un actor que nació con cara de cabronazo. Y el segundo un tipo con cara de loco. Quizás por eso John Carpenter le dio el papel de chupasangres enVampiros’. La verdad es que fue todo un acierto reunir a estos dos personajes. La intención era clara: rizar el rizo consiguiendo una dosis de mala leche considerable. Afortunadamente todo lleva al campeonato de kárate. En el evento, Daniel sufrirá como nunca pero se saca de la manga un golpe secreto para sustituir a la famosa patada de la grulla.

Miyagi

Conclusión.
Concluyo esta crítica de Karate Kid III, otro film con el que disfrutamos en los años ochenta. No hay duda de que eran otros tiempos y las sagas mantenían casi siempre una calidad más que aceptable. En este caso se limitaron a repetir la fórmula original una vez más y apelar al cariño que el público sentía por los personajes. El resultado es satisfactorio. Sin embargo, nos deja con la inequívoca certeza de que la cosa ya no da para más y que, como se suele decir, «bien está lo que bien acaba». Aquellos que hayan disfrutado de ‘Karate Kid’ original y con su segunda entrega no saldrán defraudados con la tercera. Amistad, sacrificio y valor. Así empezó la saga y así debe terminar.