El renacido
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En 1823 en Lemmon (Dakota del Sur, USA) un trampero y explorador llamado Hugh Glass fue atacado por un descomunal oso pardo y traicionado por sus compañeros. Gravemente herido sacó fuerzas de lo más profundo de su ser para sobrevivir y cobrarse su venganza. En 2016, Alejandro González Iñárritu convirtió a Leonardo DiCaprio en Hugh Glass alias… ‘El renacido’.

“No tengo miedo a morir. Eso ya me ha ocurrido”.-Hugh Glass.

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Crítica de El renacido

La primera sensación que experimentas al presenciar la primera hora (más o menos) de esta película es de total asombro. Asombro ante el realismo de la misma, ante la maravillosa belleza y brutalidad de la naturaleza filmada con mano maestra, ante el salvajismo imperante, y ante la descomunal actuación de un Leonardo DiCaprio entregado en cuerpo, alma y espíritu a su personaje de Hugh Glass.

Pero todo este genial asombro termina lastimosamente convertido en cansancio. Cansancio porque llega un momento en que la película termina realmente hartando por la repetición hasta la “santificación” de todo lo anterior. Digamos que con un metraje de unas dos horas habríamos estado ante una obra perfecta o casi perfecta. Sin embargo, la película se va hasta los 160 minutos que terminan haciéndose de complicadísima “digestión”. Amén de que con todos esos minutos de metraje, Iñárritu no ha profundizado del todo bien en temas que toca de manera muy superficial. Además, cierra con un final que casi no es un final… y que se parece mucho al de otra película que, en su momento, dirigió con acierto (y bastantes menos pretensiones) Joe Carnahan.

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La temática del film, por mucho que se quiera disfrazar de misticismo y demás ornamentos, no es otra que la venganza pura y dura. Temática que, dicho sea de paso, siempre me ha gustado y aquí no es una excepción. La venganza es lo que mantiene con vida en todo momento a Hugh Glass y lo que le da fuerzas para seguir adelante. Ahora bien, aquí nos encontramos con otro aspecto no del todo bien resuelto, me refiero a que una cosa es sobrevivir a un brutal ataque de un gigantesco oso… y otra muy diferente convertir a Hugh Glass en un inmortal. De esta manera, se le hace protagonizar otras “machadas” que no vienen a cuento, y que dentro de lo que es el pretendido realismo del film claramente están de sobra, o se podían haber resuelto de otra manera (por ejemplo, hay un momento casi calcado a un film que en 1982 dirigió Ted Kotcheff).

Por otro lado, se agradece el interés de Iñárritu en tratar de ahondar en otros temas. Temas como la supervivencia humana, o el saqueo y maltrato por parte de los europeos a las tribus indias. El instinto de supervivencia funciona a muy alto nivel reflejando el indómito espíritu humano viendo como Glass se las va apañando para sobrevivir estando casi muerto y enterrado. Sin embargo, “la temática india” de la película queda sólo en un “intento”… y queda en un “intento” porque la presencia en el film de tribus como los akikara, los pawnee o los sioux queda reducida a muy pocos minutos y, en algún caso, sólo a menciones (los sioux, por ejemplo). Así las cosas, se profundizando muy poco en ellos. Y es una pena y choca bastante. Es una pena porque, precisamente, el pasado de Glass (al que accedemos por flashbacks y secuencias oníricas que recuerdan a las vistas en otras películas) está estrechamente relacionado con algunos de ellos. Y choca porque Iñárritu contrató como asesor a Loren Yellowbird Sr. (miembro de los akikara, historiador, antropólogo e intérprete principal y ranger en “Fort Union Trading Post de Dakota del Norte”). Así pues, “a priori” parecía que a esta “temática india” se le iba a dar una importancia mucho mayor que luego, en el film, no ha quedado reflejada ni en minutos ni en importancia… más allá de ser los detonantes de todos los sucesos iniciales del film.

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La ambientación natural de la película es magnífica convirtiendo al hostil entorno natural en un personaje más. Como apunte decir que ‘El renacido’ se rodó en entornos naturales de Canadá y Argentina. Se recurrió a regiones famosas por su imprevisible clima y territorios vírgenes. Todo con el fin de llegar a comprender plenamente la experiencia de los tramperos a principios del siglo XIX. Sirvan estos dos ejemplos: se construyó una barcaza de la época (un keelboat) donde tiene lugar una importante parte de la acción, y también se alzó el “Fuerte Kiowa” fabricado artesanalmente en una vieja gravera del Parque Provincial de Spray Valley, cerca de Canmore, Alberta.

A esta conseguidísima ambientación natural hay que sumar la presencia en el film del fuego, un elemento que cuando hace acto de aparición es siempre con un aura de elegancia y misticismo que claramente traspasa la pantalla.

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“Le tengo atrapado y él todavía no lo sabe”… Inmortal Leo.

En el terreno interpretativo destaca ¡cómo no podía ser de otra forma! un descomunal Leonardo DiCaprio que entrega una actuación puramente física, visceral, gestual y con pocas líneas de diálogo. DiCaprio ha ido a por todas con esta película. El actor llevó a cabo muchas de las escenas arriesgadas en vez de dejarse doblar por especialistas, echa espuma por la boca, se arrastra por el barro… Un recital y sin caer en ningún momento en la tan temida sobreactuación y sintiéndose plenamente en el cuerpo físico y mental de su personaje. Un personaje que en este film es el explorador Hugh Glass, un hombre cercano a las costumbres indias que viaja junto a su hijo junto a un grupo de tramperos en busca de pieles para poder hacer negocio.

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El mayor antagonista humano de DiCaprio es Tom Hardy que da vida al trampero y cazapieles John Fitzgerald, un tipo malencarado que obedece las normas porque es lo que hay… pero que, en su interior, tiene sus propias reglas marcadas por su pasado. Como “rival/villano”, Hardy logra una buena actuación (lo que tampoco es noticia). El problema es que su presencia e importancia en la película resulta condenada por el montaje. Un montaje que (salvo el tramo inicial del film) lo limita a apariciones intermitentes y más o menos breves junto a Will Poulter que interpreta al joven Bridger. Estas “entradas y salidas” hacen que el probable “odio” del público hacia Fitzgerald por sus actos se diluya o quede en nada o en casi nada. No hay que olvidar que esta película es, principalmente, “un medio para un fin”… al menos esta es la impresión que a mi me ha causado.

Otros intérpretes que conviene no pasar por alto (pero a los que les pasa lo mismo que al personaje de Tom Hardy) son: un muy convincente Domhnall Gleeson en el papel del capitán Andrew, un tipo honrado que respeta al máximo a la Ley y a sus hombres. Y, finalmente, citar al joven y debutante indio americano en la gran pantalla Forrest Goodluck interpretando a Hawk, el hijo de Hugh Glass que se debate entre su lado blanco y su lado indio.

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En conclusión.
Concluyo ya esta crítica de El renacido, una película que indudablemente es buena y cuyo visionado se me antoja obligatorio por su grandeza visual, y por un Leonardo DiCaprio que juega a ganador. Ahora bien, no es la “obra maestra” que por lo menos yo esperaba. Y no lo es porque Iñárritu la “santifica” tantísimo que, al final, lo que en un principio apuntaba a una grandísima cinta, termina devorada por sí misma logrando cansar al público casual.

“La venganza está en las manos de Dios. No en las mías”.-Hugh Glass.

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