El jinete pálido
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Con este film estamos ante una película que representó la resurrección de un género que por aquel entonces parecía agotado. Con claras influencias de Don Siegel y Sergio Leone, Clint Eastwood se inspiró en una pequeña joya titulada ‘Raíces profundas’ para relatar las dificultades de una pequeña comunidad que sufre el acoso de un cruel terrateniente. Con esta película Eastwood alcanzó un punto de inflexión en el western, ofreciéndonos un sabroso anticipo de lo que sería Sin perdón, su obra cumbre en el camino a la desmitificación del género. Ya mismo os invito a leer la crítica de El jinete pálido.

“Y cuando él hubo abierto el cuarto sello oí la voz de la cuarta bestia decir ‘”Ven a ver”. Y yo miré. Y contemplé un caballo pálido, y el nombre de su jinete era la Muerte. Y el infierno le seguía”.

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Crítica de El jinete pálido

Desde 1976, y pese a haberse convertido en un icono del género, Clint Eastwood no había vuelto a rodar ningún western. Eran los años ochenta y parecía que las historias de pistoleros no interesaban a nadie, muy lejos quedaban ya películas como ‘El fuera de la ley’. Quizás movido por la curiosidad y en un claro intento de recuperar el género, decidió producir, dirigir e interpretar este remake de ‘Raíces profundas’ que bebe directamente del estilo de directores como John Ford o Don Siegel. Aunque las similitudes entre ambas películas son evidentes, sobre todo en lo que a los personajes y sus relaciones se refiere, Eastwood optó por dotar a esta cinta de un trasfondo religioso y místico desde un buen principio. El personaje que él mismo interpreta, el jinete, es en parte un predicador y en parte un terrible pistolero, pero de lo que no cabe duda es que personifica la muerte y según el propio Eastwood representa en cierta forma una figura fantasmal enviada por Dios. Este punto queda perfectamente plasmado cuando Megan está leyendo “El Libro de las Revelaciones” y aparece el jinete frente a su ventana como respuesta a sus oraciones.

La idea del ángel vengador en busca de justicia ya fue explotada por el propio Eastwood en ‘Infierno de cobardes’, una película realizada en 1973 donde un misterioso pistolero buscaba vengarse de los hombres que años atrás le habían linchado. En ‘El jinete pálido’ se recupera esa curiosa metafísica, creando un sospechoso vínculo entre los personajes de ambas películas que cada vez se hace más evidente. Como digo, la historia no es nada que no se haya contado antes, pero Eastwood consigue mostrarla con autoridad y un fino sentido del humor, evidenciando que los años de trabajo a las órdenes de Don Siegel y Sergio Leone dieron sus frutos. La película no sólo se beneficia de un espléndido aspecto visual y una narración bien llevada, sino de unas buenas interpretaciones encabezadas por la del propio Eastwood.

El jinete pálido

Y es que como todas sus películas, ‘El jinete pálido’ cuenta con un buen trabajo de casting. Desde que encarnara a un pistolero sin nombre en ‘Por un puñado de dólares’, Clint Eastwood siguió redefiniendo su visión particular del héroe del Oeste minimizando la gestualidad. Podríamos decir que era consciente de sus virtudes y carencias como actor, y no dudaba en eliminar cualquier gesto innecesario para dotar al personaje de una frialdad y un mutismo casi místico que, sin embargo, comunicaba más que suficiente lo que nos quería transmitir.

Los demás actores cumplen correctamente con su cometido, desde Carrie Snodgress a Michael Moriarty, que interpretó al minero honrado que se niega a renunciar a sus sueños. Sydney Penny consigue dotar al personaje de Megan con una mezcla de inocencia y precocidad sexual, aportando la nota morbosa a la cinta mediante un enfrentamiento velado con su madre para ver cual de ellas se hace con los favores del Predicador. Es evidente que esta película busca enfatizar con el espectador, y nada mejor para ello que conseguir que odiemos al malo de turno. Lo consigue gracias al sólido trabajo de Richard Dysart, dando vida al corrupto y cruel LaHood, y no sería justo pasar por alto en esta crítica de El jinete pálido la importancia de John Russell en la piel del despiadado Stockburn, que en todo momento mantiene un tono mítico y aterrador cuya naturaleza se nos mantiene oculta hasta el final. Quizás el lado negativo sean unos cuantos personajes secundarios que parece que sirvan de simple relleno, u otros como el de Chris Penn, que aunque hizo lo que pudo no dejó de presentarnos al típico “niño de papá”.

Como he dicho, se intentó aportar momentos cómicos en su justa medida pero siempre sin caer en la parodia. Un ejemplo perfecto sería el encuentro del Predicador con Club, un gigantón enviado por LaHood al que interpretó el entrañable Richard Kiel, también recordado por su papel de Tiburón en ‘Moonraker’ y ‘La espía que me amó’. En dicha escena podremos ver un inolvidable mazazo en la zona testicular del gigante que, sin duda, despertará nuestras sonrisas y quedará marcado en nuestra memoria. También sirve a tal propósito la manera poco ortodoxa con la que este peculiar siervo de Dios administra justicia para desgracia de los villanos.

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El ritmo no decae en ningún momento y nos mantiene pegados a nuestras butacas mientras vemos a Eastwood repartir cera entre los malos y “educar” a los mineros para que afronten sus miedos. Importante destacar que aquí no hay tiroteos espectaculares o peleas de larga duración, sino violencia en estado puro ofrecida con cuentagotas pero en su justa medida. Es sólo en la parte final cuando el Predicador muestra su oscuro pasado y adquiere el aspecto mítico por el que Eastwood siempre será recordado: su raído guardapolvos, su barba de tres días y ese aspecto desgarbado y amenazador que impone tanto respeto. Un icono en el género del western que ha influido y mucho en obras posteriores.

Aparte de una buena utilización de planos y contraplanos, Eastwood prefirió limitar las líneas de diálogo de su personaje e incluso la forma en que lo vemos. Es decir, se nos ofrecen planos muy cortos de su mirada, de su figura o incluso de su sombra. De hecho, el propio Coy LaHood reconoce a ese hombre sólo por la mirada, todo para potenciar el misterio que gira alrededor suyo. No obstante, creo que hay un punto cuanto menos discutible, y es la tardía aparición de Stockburn y sus ayudantes. Creo que el personaje interpretado por Eastwood se hubiera beneficiado y mucho si hubiera tenido ese contrapunto mucho antes. Pero la verdad es que Stockburn aparece en el último acto, cuando el enfrentamiento ya es inevitable. Para que se entienda mejor lo que quiero decir basta ponerse en situación: imaginemos que en Sin perdón el personaje de Little Bill no apareciera durante la primera mitad de la película. ¿Hubiera llegado tan alto la cinta?… Personalmente lo dudo. Y quizás es el problema que tenemos aquí, que el rival de nivel sólo aparece al final.

El jinete pálido

Finalmente, me parece muy atractiva la forma en que Eastwood presenta su particular visión del Oeste, mediante un sutil juego de luces y sombras que se aprecia, sobre todo, en las escenas de interior. Así, la mayoría de luz proviene siempre de fuentes exteriores, creando estancias oscuras y crepusculares que potencian la sensación que se pretende crear.

Para poner la guinda a este apartado tenemos una correctísima fotografía a cargo de Bruce Surtees, que viste a la película con unos escenarios simplistas pero bellísimos y baña cada escena con una dureza de luces y sombras. Le acompaña la música de Lennie Niehaus, que ya había trabajado con Eastwood y que nuevamente lo haría años más tarde en ‘Sin perdón’.

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Conclusión.
Ojalá todas las películas fueran tan fáciles de despachar. Estamos ante un western clásico que queda postulado como una obra cumbre del género, así de claro. Es una historia que ya ha sido contada de una u otra forma en infinidad de veces, pero esta película aporta frescura y no en vano supuso la resurrección de un género que parecía agotado. Contemplar a Eastwood enfundado en su guardapolvos mientras revólver en mano pone firmes a los villanos no tiene precio, y creo que esta película es imprescindible para todo aquel que le guste el cine, independientemente de si se es un apasionado del western o no. Quizás a su primera media hora le cueste arrancar, y puede que algunas cosas sean mejorables, pero por lo demás es excelente en casi todos los aspectos que la conforman, así que se redime a si misma de los fallos que pueda tener. Dios perdone a aquellos que no quieran darle una oportunidad, porque perderse esta película sería un pecado.