Cromosoma 3
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Para aquellos que no son fans del terror conviene advertir que esta cinta no forma parte de ninguna trilogía. Este título español no tiene nada que ver con el original, ‘The Brood’. No obstante, sí que tiene cierta relación con la temática del film que recordamos hoy. Una cinta de la que ya han pasado la friolera de 40 años. Es hora de adentrarnos en la “alteración genética” del ‘Cromosoma 3’.

“¡Muéstrame tu odio!”.-Doctor Raglan.

Crítica de Cromosoma 3

Recuerdo la primera vez que vi ‘Cromosoma 3’ y cómo me impresionaron algunas de sus imágenes. La descubrí en el mítico programa ‘Noche de lobos’ de la vieja Antena3TV y ya no la pude olvidar. Hace bien poco la he vuelto a revisionar y no ha perdido nada. Sigue provocándome los mismos efectos desasosegadores que antaño, especialmente su brutal, revelador e impactante final. Estoy seguro que todo aquel que haya visto este film no ha olvidado sus últimos minutos… Con el paso del tiempo, la cinta fue ganando adeptos hasta alcanzar la clasificación de culto ¡no podía ser menos! Eso sí, lamentablemente, no ha gozado de la fama y trascendencia de otras películas.

El personalísimo David Cronenberg se encargó de escribir y dirigir la película en Toronto. La trama que nos ofrece a través de su libreto es tremendamente interesante. Aquí se tocan varios temas como la psiquiatría, la genética, los malos tratos, los tratamientos experimentales y el crimen. Lógicamente, lo que más llama la atención son las técnicas terapéuticas expuestas en la película. Me refiero a los careos psicológicos y a la “Psicoplasmosis”, ambas técnicas empleadas por el Doctor Raglan. En ellas adopta personajes mentales del pasado de sus pacientes para superar sus bloqueos y miedos. Además les invita a transformar su cuerpo por medio de la mente. Los problemas surgen cuando se empiezan a producir tremebundas e insospechadas consecuencias…

Todo lo anterior lo envuelve Cronenberg con un claro enfoque de drama familiar. El drama de la separación del matrimonio Carveth provocado por la odiosa locura de la esposa, su internamiento y la custodia de la pequeñina Candy. Todo este dolor, drama y efectos que surgen en una separación fueron vividos por el propio director y guionista. De hecho, Cronenberg plasmó en el film su sufrida experiencia personal. Para él, la cinta fue una especie de liberación.

En la dirección estamos ante otra de esas películas que usa el color para lograr una mejor ambientación. En este caso, Cronenberg recurre al uso de colores primarios aplicando en los interiores el amarillo, el marrón de la madera, el rosa de ensoñación en la autopsia o el rojo. Este último lo usa de manera llamativa en el abrigo y pantalón de Candy para resaltarla de todo lo demás. También destaca el intencionado empleo del blanco inmaculado en el camisón de Nola Carveth.

Mucha atención con la banda sonora de Howard Shore. El maestro canadiense entrega una soundtrack con compases espeluznantes y especialmente chillones en las escenas violentas. En este sentido, esas composiciones son totalmente herederas de las que Bernard Herrmann compuso para Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960). Resaltar que esta fue la primera colaboración de Shore con Cronenberg. Una relación que se consolidaría con el paso de los años y las películas.

“¿Estás preparado para mí, Frank?”. Mamá está loca.

En las interpretaciones nuevamente estamos ante una película con un elenco muy corto. Apenas cuatro intérpretes principales. El peso principal lo lleva Art Hindle como Frank Carveth, el padre que se da cuenta de que algo va mal con su hijita. Art lleva a cabo una interpretación muy correcta de esas que no brillan pero que tampoco desentonan. El papel de Candy lo desempeña la pequeña Cindy Hinds. La suya es una performance que raya en el autismo provocado por las tremebundas situaciones por la que pasa a lo largo del metraje. Atención a cómo brilla en los minutos finales siendo acosada tras una puerta. En su aspecto, llama mucho la atención su parecido (pienso que intencionado) con la Carol Anne que veríamos años después enPoltergeist (Tobe Hooper, 1982).

Por el contrario, los que sí que brillan en sus roles son Oliver Reed y Samantha Eggar. Y brillan por el tremendo carácter y personalidad que aplican a sus personajes. Oliver Reed da vida al Doctor Raglan, un especialista en técnicas de vanguardia de la Psiquiatría. Reed asume su papel tan implacablemente que termina por destruir las barreras de protección de sus pacientes y llevarlos más allá… Su actitud tan áspera y cruel llega incluso a causar molestia en el espectador por lo que está viendo. Por su parte, Samantha Eggar encarna a Nola Carveth, una mujer desequilibrada que está internada bajo los cuidados de Raglan. No es que Samantha salga mucho… pero cuando lo hace destaca por lo irascible del temperamento de su personaje. Un temperamento con estallidos de pura furia. Atención a su revelación y secuencias finales. Todo muy violento y desagradable.

En papeles secundarios, y de pocos (pero importantes) minutos, tenemos a Henry Beckman y Nuala Fitzgerald. Ambos interpretan al padre y a la madre de Nola, un matrimonio separado hace tiempo. Finalmente, Susan Hogan interpreta a Ruth, la profesora del jardín de infancia al que acude Candy.

En conclusión.
Acabo ya esta crítica de Cromosoma 3, una película ciertamente interesante. Visionada en su momento causó un gran impacto que ha sabido conservar intacto. Tanto su temática como algunas de sus imágenes no causan indiferencia y pueden desagradar a más de uno. Sin embargo, esto es la esencia del cine de género y cuando se hace bien, sin buscar provocaciones gratuitas, resulta digno de aplaudir. En definitiva, un film reconocido con la etiqueta de culto que mereciera todavía un mayor reconocimiento.

Tráiler de Cromosoma 3