Blood Father
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Vuelve Mel Gibson al género “de tiros”, o por lo menos eso nos quieren vender en esta película dirigida por Jean-Francois Richet, un director que regresa casi nueve años después de su interesante debut USA, el minusvalorado, en su momento, aunque notable remake de ‘Asalto al distrito 13’. Es el momento de descubrir si Mel aún tiene lo que hay que tener cuando vienen mal dadas. El momento de descubrir si tiene corriendo por sus venas… ‘Blood Father’.

“Estuve siete años callado por ti. Me lo quitaste todo, me quitaste mi vida y ahora hasta me has quitado la oportunidad de matarte… Mírate, sólo eres un miserable cabrón acabado y arruinado” (John Link).

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Crítica de Blood Father

Advirtámoslo ya, ‘Blood Father’ no es un film de acción… que la hay, sí, pero en su muy justa medida. Tampoco es una cinta de venganzas… aunque sí que se cobran cuentas pendientes. ‘Blood Father’ es, sobre todo, una pequeña historia sobre la búsqueda del perdón, sobre encontrar tu lugar el mundo y aceptar a tus seres queridos como son, en lugar de alejarte de ellos por lo que son.

‘Blood Father’ se sostiene totalmente sobre los hombros de Mel Gibson, cuyo rostro y presencia se bastan (y sobran) para presentarnos a su personaje. Un hombre cuyo duro pasado corre por su rostro en forma de arrugas y cicatrices, las mismas que arrastra su alma en una vida tirada por el retrete, la del personaje de John Link, quien se acabará dando cuenta de lo bajo que cayó tiempo atrás… cuando tenga que volver a reencontrarse con algunos de sus compinches. En este sentido, ¡ojo! a esa farsa andante que es “El predicador” (Michael Parks), un tipo que es pura fachada y que se arrastra por los suelos vendiendo objetos de los nazis por internet en medio del desierto. “Todavía sigues del lado de los perdedores”, le dice Link cuando lo ve, obnubilado, delante de la pantalla del ordenador, actualizando su vergonzante blog.

John Link tuvo una vida de mierda tiempo atrás y pago con nueve años a la sombra por ello: bebió, se drogó y perdió todo lo que tenía. Ahora, en mitad de la nada, con una ex-mujer que no le habla y una hija desaparecida… espera a la muerte. Hasta que una noche el teléfono suena: es su hija que vuelve a su lado. Solos, y de nuevo juntos, deberán volver a conocerse y aprender a entenderse y, quizás, a quererse.

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‘Blood Father’ es un thriller atemperado en donde una joven que frecuentó malas compañías y malos hábitos, ahora debe de rendir cuentas, y donde un padre que ya no reconoce a su propia hija debe de hacer caso a la sangre. Con un intencionado “tempo” bajo-medio, unos paisajes ásperos, dos personajes bien dibujados que son dos caras de la misma moneda, ‘Blood Father’ transita por territorios ya recorridos, cierto, pero lo hace de la mano de un actor comprometido con lo que hace y con un sentimiento universal: el amor padre-hija. Son esas sus grandes bazas.

Como pega, siempre llevará el lastre de no despegar definitivamente, de no encontrar su sitio quedándose a mitad de camino del actioner y del drama, con un estilo hardboiled que no revienta y un villano (Diego Luna) que no es tal, sino otro consentido más (como atrás lo fue Lidya). Es entonces cuando Jean-Francois Richet se saca de la manga un sicario que parece sacado deWarriors: Los amos de la noche (Walter Hill, 1979), y lo hace para crear una amenaza real ante la apasionadora anacrónica de Gibson (ojo a la secuencia en Santa Mónica, donde vemos a John Link con su destartalado coche en mitad de una de las avenidas más chics de la ciudad, viendo el desfile de juventud delante de su arrugado rostro).

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No es esta película el mejor trabajo de Richet. Parece un film incompleto o al que les faltó dinero para llevarlo más allá, amén de que cuando debe de lanzarse no lo hace, sino que opta por finiquitar todo y acabar el asunto en un epílogo que retoma su apertura. Es entonces cuando todas las miradas van hacia su protagonista, un Gibson en plan metralleta humana que no deja hablar prácticamente a ningún otro personaje, ni siquiera a su hija, un paleto simpático que se auto-controla para no caer en pecados ya enterrados.

En el apartado interpretativo, y al margen de Mel Gibson, hay que destacar a la joven Erin Moriarty que no lo hace mal, aunque se queda muy por debajo de Mel. Quien sí que no está para nada a la altura es Diego Luna en un intento de composición que roza el ridículo. Mejor le va a William H. Macy en una repetición de su personaje televisivo en ‘Shame Less’ y un Michael Parks al que le sale lo de ser repugnante muy natural. Al final, la vieja escuela es quien gana claramente a la nueva hornada. Como siempre.

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En resumidas cuentas.
Finalizo ya esta crítica de Blood Father, un film que es sequedad pura y dura. Es tan áspera en su punto de vista como en su acción, en sus tiros y en el carácter de su personaje principal. Un vehículo que levanta Gibson a base de puro y duro porte, y un Gibson que se sitúa incluso por encima de la óptica de su director, un Richet que parece auto-cohibirse. Es este un film que funciona mejor en la soledad de una sala de estar, al fin y al cabo se mueve en sentimientos que hoy día parecen ya olvidados.

Tráiler de Blood Father