Altamira
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Hugh Hudson, director de la oscarizada ‘Carros de fuego’ (1981) regresó al cine dieciséis años después de su última película, ‘Soñé con África’ (2000), y lo hizo para contar la historia de Marcelino Sanz de Sautuola, un arqueólogo amateur que, a finales del siglo XIX y acompañado por su hija, descubrió en Cantabria una de las obras prehistóricas más importantes de la Historia: las pinturas de… ‘Altamira’.

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Crítica de Altamira

La presencia de Hugh Hudson tras las cámaras es lo que hace que ‘Altamira’ despierte cierto interés en el público, ya que es difícil imaginar que el director, con 80 años, y tras una ausencia tan prolongada en el cine, se haya lanzado a la aventura sin una razón de peso. La respuesta puede estar en el interés de Hudson por nuestro pasado, que se evidencia en su filmografía, donde encontramos ficciones sobre la Guerra de Independencia Americana como ‘Revolución’ (1985), o documentales temáticos como ‘Fangio: Una vita a 300 all’ora’ (1980), sobre el quíntuple campeón mundial de Fórmula 1 Juan Manuel Fangio, o ‘Lumière y compañía’ (1995), sobre los hermanos Lumière y su cinematógrafo. No es de extrañar entonces que Hudson se enamorara de la historia de Sautuola y decidiera rendirle su particular homenaje en forma de película. Aunque ahora debemos preguntarnos si el veterano director le ha hecho justicia o no a tan extraordinaria vida.

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La película no se centra en el descubrimiento en sí sino en la lucha posterior, en los esfuerzos de Sautuola (Antonio Banderas) por demostrar la veracidad de su descubrimiento, que fue repudiado tanto por la Iglesia católica como por la comunidad científica de la época. Incluso Émile Cartaihac, la máxima autoridad en Prehistoria del momento, le acusó de haber falsificado todo. Así, la película compagina esa lucha de Sautuola por encontrar el reconocimiento que, sin duda, merecía con el conflicto familiar al que dio lugar el mismo.

Hudson se preocupa por contextualizar la historia desde los primeros compases del filme. A partir de detalles sitúa al espectador en una época muy convulsa en la que los descubrimientos eran constantes y trascendentales para la sociedad, siendo Francia testigo de muchos de ellos (encontramos un guiño muy evidente en el regalo que el personaje de Banderas trae a su hija de este país, un zoopraxiscopio). Y precisamente por ese esfuerzo palpable de Hudson, que no sólo trabaja el contexto desde la narrativa sino también desde la puesta en escena, sienta tan mal que la película se haya rodado en inglés, restando mucha credibilidad a la historia. Porque si de Autómata (Gabe Ibáñez, 2014) ya salimos con el “Ai am jiuman” clavado a fuego en nuestros oídos, de ‘Altamira’ también podemos sacar perlas semejantes. Pero más allá de la destreza lingüística de los actores, cabe preguntarse si era necesario hacer una película así en un idioma que no fuera español. Y en vista de la naturalidad que resta esta cuestión a la película, la respuesta parece aún más clara.

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La cinta encuentra un extraño equilibrio a la hora de abordar los dos conflictos a los que se enfrenta Sautuola, el personal y el profesional, pero en ningún caso se alcanza la intensidad necesaria para llenar al espectador. La batalla que protagoniza el novato arqueólogo en el campo profesional destapa las miserias de la élite científica de entonces, más preocupada por su propia fama que por la evolución de la historia en sí, y todo esto se representa en la figura de Cartaihac, que decidió dar la espalda al descubrimiento de Altamira antes que reconocer posibles fallos en su trabajo. No obstante, la manera de llevar el conflicto es demasiado facilona como para tener un efecto real en el público, que verá la injusticia cometida pero no la sentirá en exceso.

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El efecto que el descubrimiento de Altamira tuvo en la relación de Sautuola con su familia es de lo más interesante del filme, pero también donde más yerra Hudson. El director construye este conflicto sobre el dilema religioso que supuso el propio descubrimiento en la mujer del arqueólogo, pero lo hace de manera muy torpe, fallando en la definición de subtramas como la de Paul Ratier, o rodando discusiones con muy poco tino para la trascendencia de las mismas. Esta parte de la historia, que atiza sin tapujos a las poco edificantes explicaciones de la Iglesia sobre la evolución y a la corruptela de la organización en sí, podría haber sido mucho más gratificante si Hudson no hubiera dibujado con tan poca sutileza a sus personajes.

La resolución, lejos de mejorar alguno de los fallos de esta cinta tan anodina, añade muchos más al conjunto, porque ante lo realizado no cabe duda de que unos intertítulos habrían funcionado mucho mejor como epílogo.

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Conclusión.
Termino ya esta crítica de Altamira, una película que no hace justicia a la historia de Marcelino Sanz de Sautuola. Todas las ideas de Hudson son evidentes, pero el director abarca demasiado sin profundizar en nada. Podemos aplaudir las buenas intenciones de la cinta pero no cabe duda de que se trata de un producto completamente fallido.

Tráiler de Altamira